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Restaurantes

Cocina cordobesa tradicional con productos de calidad, toques innovadores y presentaciones sugerentesMás que un restaurante: Bodegas Campos

La buena gastronomía de Córdoba sabe aún mejor en este histórico lugar

Hay restaurantes que deberían ser declarados Patrimonio de la Humanidad para que no cambien nunca, para que sean de todos, para nunca cierren. Ese es el deseo cuando se visitan las Bodegas Campos.

No es que corran ningún peligro, al contrario, este restaurante crece y crece cada día, y no solo en tamaño, sino también en clientes que acuden a disfrutar de esa Córdoba que conserva la esencia del patio de vecinos, con flores de colores, sombra fresca y chorros de agua cantarina.

Y así debe perdurar. Bodegas Campos se extiende por el antiguo barrio árabe de la Axerquía y ya tiene una manzana entera que el ayuntamiento ha catalogado dentro de su Plan Especial de Protección del Casco Histórico.

Cerca del centro de Córdoba, ese que la Unesco dice que sí es Patrimonio de la Humanidad, se encuentra este conjunto de casas construidas y reconstruidas, de entre el XVII y el XX, que se han ido restaurando de acuerdo con las necesidades actuales, pero con respeto. Algunas estancias conservan los pavimentos originales, las cocinas de hace dos siglos, los pozos con su brocalitos de piedra, los anaqueles para la loza…, como si fuera un museo antropológico.

Todo en este restaurante representa a Córdoba. Tiene de alma mater la parte nutricia que llena el estómago, pero también la otra, la que alimenta el conocimiento. Su arquitectura popular conservada, las colecciones antiguas y el respeto por las tradiciones, pero sin ataduras, como debe ser, hacen que el visitante coma con los ojos antes de sentarse a la mesa. Así es Córdoba, que enamora a primera vista y también para siempre.

Una ventaja de este lugar es que cualquiera puede conocerlo. Sus precios están entre 25 y 50 €, y su menú de degustación cuesta 45 €. Pero no solo sirve a quienes pidan un plato de jamón con denominación de origen protegida de Los Pedroches, ese que dicen que es el mejor del mundo, sino a quien desee tomar una simple tapa y un vino. O ni eso. Si alguien quiere hacer una visita guiada por las instalaciones de Bodegas Campos sin quedarse a comer, también puede.

Cosas que ver en Bodegas Campos

Su colección de carteles de la Feria de Córdoba es la mejor y más completa. Arranca en 1898. Algunos son obra de Julio Romero de Torres, cordobés que tiene en Córdoba mejor pintura que en otros sitios. Hay también mucho torero, de cuando este oficio era tan venerado como el de ser futbolista hoy. En la visita se pueden apreciar cocinas recreadas como en la era preelectrodoméstica, mobiliario y vajillas del XVIII y el XIX, bibliotecas con ejemplares curiosos y con una colección de libros de gastronomía, o figuritas de barro para los turistas decimonónicos, que debían de pensar que en Córdoba solo había toreros, bailaoras y contrabandistas. Abundan también fotografías de gente ilustre, de la de verdad.

Bodegas Campos es de esos sitios en los que han estado todos los famosos del mundo entero y parece que todos se han dejado fotografiar. Folclóricas, actores, aristócratas, deportistas, políticos… posan con cara de que les ha gustado mucho, y parece que su sonrisa no es de «dientes, dientes», sino de las de verdad, aunque haya podido influir el Montilla-Moriles.

Quienes no encuentren ningún aliciente en que David Bisbal haya comido aquí pueden identificarse con otros comensales poetas, escritores, intelectuales que también quedaron satisfechos. En sus barriles escribieron con prolija caligrafía una frase hecha, la fecha de la visita, la firma…, esas cosas propias de la ocasión.

Pero la belleza de este lugar armonioso es independiente de sus clientes. Las antiguas casas particulares que lo componen se han convertido en un laberinto de salones privados que pueden cobijar desde seis comensales hasta sesenta, 700 comensales a la vez repartidos por comedores y patios con decoraciones temáticas y anécdotas en cada uno. Está el que alberga una mesa tan grande que tuvo que ser fabricada in situ o la sala de los célebres, con fotografías de cordobeses que han hecho algo por Córdoba, como Antonio Gala o Elio Berhanyer. Hay comedores adecuados para negocios de esos que requieren privacidad, para reuniones de trabajo o para familias que organizan las bodas de sus hijos con 300 invitados. Y hay también hermosos patios con la elegancia que solo los patios cordobeses saben tener.

A lo que vamos

Hemos venido a comer. La cocina de Bodegas Campos trabaja las recetas tradicionales cordobesas y andaluzas con toques innovadores. Su distinción son los productos de altísima calidad y los platos de toda la vida, pero echándoles creatividad.

Es maravillosa su mazamorra, esa especie de ajoblanco cremoso que ellos sirven con una sardina ahumada, rábano y ajo negro, o con lo que esté de temporada, porque su carta cambia según los productos del mercado. Exquisitos los patés de perdiz. Las ensaladas están garantizadas por sus ingredientes, como el queso de Zuheros, y por su originalidad. Los huevos de corral o las patatas cortijeras con distintas preparaciones son otra muestra de la aparente sencillez de su carta reinventada.

Hay unos arroces deliciosos de setas, de marisco o de rabo de toro, que este también hay que probar aparte, porque aquí lo bordan, deshuesado, con una crema de patata por encima, o en albóndigas. En carnes también ofrecen los solomillos de vaca retinta, propia la zona, con foie o con guarnición de verduras. Las manitas rellenas de jamón ibérico son otro clásico actualizado.

Los pescados resultan en Córdoba tan habituales como las carnes. Está rico el bacalao a las tres texturas, que incluso lleva una delicada capa de suaves callos; el tartar de atún rojo y los raviolis de bacalao, sepia y gambas.

Si esto no gusta, también han pensado en vegetarianos, veganos, celiacos… La gente acostumbrada al turismo es así de considerada.

Las frituras y rebozados son riquísimos, nada pesados, ligeros; quizá porque solo utilizan aceite de oliva virgen, que aquí se toman muy en serio lo que el poeta Pablo García Baena llamaba «los alimentos sacramentales pan, vino, aceite» en esa joya titulada «Elogio de la gastronomía cordobesa». Normal porque el escritor cordobés estuvo muy vinculado a esta casa y en ella se conserva el original de su artículo-obra de arte.

A la hora del postre, milhojas de hojaldre con crema de queso, frutos y helado de frambuesa. Hay otros, pero este es inolvidable.

Y el vino, imprescindible en Córdoba y más en este restaurante que empezó en 1908 siendo un despacho de vino a granel y que ha hecho de la bodega el corazón de su casa. Al lado de sus botas de vino está el patio de la que fuera «la casa del santo Dios», que se llamaba así porque este era el ruego escrito todo seguido en su fachada: «Santo Dios fuerte e inmortal líbranos Señor de todo mal». Ahí sigue su patio empedrado y la bonita fachada de la calle Lineros, 37, donde antiguamente se fabricaban, claro, paños de lino.

Las Bodegas Campos son tan conocidas en Córdoba como la Mezquita. Y puede que las primeras hayan casado a más gente que la segunda, porque las bodas que no se celebran en sus salones solicitan su servicio de catering. Tienen un montón de premios, organizan actos culturales, poseen una escuela de hostelería, tienen una fundación, han creado la Cátedra de Gastronomía en convenio con la Universidad de Córdoba… y lo más importante: dan muy bien de comer.

En la acera de enfrente, poco antes de llegar, hay que fijarse en un retablo que hace esquina con la calle Candelaria, dedicado a San Rafael. Hay que verlo, pero no es necesario encomendarse a él. Todo irá bien en Bodegas Campos.

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