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Arquitectura

Otro edificio interesante para Helsinki Amos Rex, nunca un museo fue tan divertido

La capital de Finlandia estrena su nueva sala con una exposición inmaterial

Cinco años y cincuenta millones de euros han dado lugar al nuevo espacio de arte en Helsinki, 2200 m² para pasárselo bien, que es como entienden la cultura los finlandeses.

La idea es que el museo Amos Rex sea un cuarto de estar en el centro de la capital de Finlandia, un lugar para reunirse y disfrutar del populoso ambiente que a todas horas llena la plaza donde ha brotado esta inmensa sala de arte.

Desde los años treinta había aquí un pabellón que incluía oficinas, restaurantes y el cine Bio Rex, todo construido para la celebración de unos juegos olímpicos. El complejo, llamado Lasipalatsi, ni era palacio ni de cristal, pese a su nombre; se trataba de un edificio austero, funcional, era para lo que era. De sus calderas subterráneas salía una chimenea sobre la que se plantó un reloj. Se había levantado con idea de provisionalidad, pero cada vez que se iba a demoler a la gente no le parecía bien. Lo viejo, si se le da tiempo, acaba por ser clásico.

Hace algo más de cinco años, la fundación Amos Anderson presentó un proyecto para construir en la plaza Lasipalatsi un nuevo museo que albergara todo su legado. Anderson (1878-1961) fue, aparte de un empresario adinerado, un gran coleccionista de arte.

Como Lasipalatsi ya era un edificio protegido, emblema de la arquitectura funcional que identifica a este país, los encargados de proyectar el nuevo museo lo tenían difícil para gustar a todos: a la fundación privada que iba a pagar el proyecto, a los ciudadanos de Helsinki y al buen gusto.

No era fácil plantar un edificio en el centro de la plaza que armonizara con lo que ya había (además de Lasipalatsi, un cuartel neoclásico del XIX) ni tampoco robar espacio público sin levantar críticas.

Sótano con vistas

Asmo Jaaksi, arquitecto principal del estudio JKMM —«Yo soy la J, dice»—, explica que, tras dar muchas vueltas al asunto de cómo caer bien en medio de tantos estilos, sin cargarse nada y sin robar espacio a los ciudadanos, se le ocurrió la idea de que el museo Amos Rex fuera subterráneo: a seis metros bajo tierra.

Comenzaron los trabajos de destripar la plaza mientras la gente cruzaba los dedos para que ni los edificios ni la chimenea con el reloj se vinieran abajo. Después de cinco años de obras, con lo que sabemos que eso implica, hoy todos parecen contentos del resultado.

La galería subterránea tiene unas suaves cúpulas que emergen en la plaza y dan mucho juego a cualquiera que pase por ahí. Los de arriba quieren trepar por su orografía de redondas colinas, lanzarse a toda velocidad por las amables pendientes, subir manteniendo el equilibrio hasta asomarse a los tragaluces; los de abajo caminan por inmensas salas de techos abovedados y siempre encuentran para su mirada una vía de escape al cielo. Bajo tierra, hay un total de 6230 metros cuadrados, con 2200 para exposiciones. En la superficie, un espacio que invita a divertirse, al ejercicio y a los selfis. En el epicentro de las curvas ahí sigue la torre chimenea.

Arte de algoritmo

El Amos Rex se inauguró en agosto de 2018 con una proyección del colectivo japonés de «arte inmersivo» TeamLab. Esta firma está integrada por más de 500 personas que forman eso que se llama un equipo multidisciplinar, con artistas, diseñadores, matemáticos, animadores gráficos, programadores, ingenieros y arquitectos. Juntos han creado una muestra hipnótica que retiene a los visitantes con un récord de permanencia jamás visto dentro de un museo que no cuelga nada en sus paredes.

Para entrar en el museo Amos Rex, hay que atravesar las puertas de los años 30 del cine Bio Rex, un anacronismo fantástico para acceder a un espacio ultramoderno. Todo el que entra se queda fascinado no solo por la arquitectura diferente, espaciosa, luminosa, sino también por el movimiento, el color, la música, las sensaciones.

Epson ha patrocinado esta exposición que se mueve gracias a 140 proyectores conectados a un centro de supercomputadores. Aparte de mirar a la gente con cara de estar flipando, el visitante puede interactuar con lo que sube y baja de techo a suelo, de lado a lado, de abajo arriba y en derredor. Los niños se divierten muchísimo y los adultos se comportan como si no lo fueran. Ahora se entiende lo de «arte inmersivo».

Por la sala más grande, con un gigantesco techo abovedado concebido como espacio de proyección, fluye un agua que ruge y cambia de comportamiento constantemente. En otro espacio, por una selva de colores, circulan animales y flores que estallan cuando se tocan… y eso que no existen. Los espectadores tienen también un lugar donde dibujar sus propios animales y plantas para que luego repten por la exposición y se reflejen en los espejos que parecen invitar a pasar al otro lado, ese en el que parece que ya estemos. Otro lugar hace sentir, más que ver, cómo es un solo trazo de pincel de caligrafía japonesa… Se llama Enso.

TeamLab dice «explorar una nueva relación entre los humanos y el mundo a través del arte». Hallazgo logrado. Prodigios técnicos aparte, el que pague su entrada se encontrará como en el universo, dentro de una estrella, de un agujero negro, experimentando, más que contemplando, un arte vivo, en constante cambio, que le envuelve y le rodea en 360 grados.

El museo Amos Rex va a seguir ahí, pero la exposición, o lo que sea esto, se acabará el 6 de enero de 2019. Si tienen ocasión, no se la pierdan.

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