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Homenaje a la mujer y la intimidadOtoño con Renoir

El Museo Thyssen de Madrid y la Fundación Mapfre de Barcelona compiten con dos exposiciones sobre el gran pintor impresionista.

Es una excelente oportunidad para volver a ver obras que forman parte inseparable de la historia del arte. Un buen momento para sumergirse en la eterna fiesta de sensualidad con la que pintaba Pierre-Auguste Renoir (Limoges 1841, Cagnes-sur-Mer 1919), representada al máximo en sus voluptuosos desnudos. Buen momento también para preguntarse hacia qué bando se inclina uno, si a favor o en contra de tanta alegría sonrosada y aparente frivolidad. Acostumbrados a las biografías tortuosas y a las creaciones con fuertes dosis de metafísica que inundan el arte desde el siglo XX,  Renoir nos recuerda que también se puede disfrutar de la vida sin más trascendencia. En sus cuadros no cabe la tristeza ni el sufrimiento. Aunque vivió atenazado por una poliartritis crónica que le deformó las manos y le acabó dejando en silla de ruedas, en su pintura nunca quiso dar espacio al dolor, prefiriendo investigar sobre los reflejos de la luz en escenas íntimas, alegres y cotidianas, dominadas por mujeres y en particular sus carnosos y luminosos cuerpos desnudos.

La Fundación Mapfre trae a Barcelona préstamos de las magníficas y más completas colecciones del mundo: las obras de la colección de Renoir del Museo d’Orsay y el Orangerie,  que se presentan bajo el tema Renoir entre mujeres. Del ideal moderno al ideal clásico.  Entre las cerca de 60 piezas seleccionadas estará  la obra maestra Baile en el Moulin de la Galette (1876),  un legado a Francia del pintor y mecenas Caillebotte que, con casi dos metros de ancho,  rara vez se ve fuera de París. La pintura refleja una escena alegre y desenfadada del baile popular que se celebraba todos los domingos en Montmatre, en aquellos tiempos a las afueras de la ciudad. En un primer plano aparecen amigos de Renoir en la vida real, junto a  otros personajes bailando o sentados a la sombra, con el reflejo del sol entrando entre las hojas de los árboles. Una joya que estará en la exposición hasta el 8 de enero en la Casa Garriga i Nogués, sede de la Fundación Mapfre en Barcelona.

Por su parte, el Museo Thyssen presenta desde el 18 de octubre y bajo el nombre Renoir y la intimidad, un recorrido por más de 75 obras procedentes de museos y colecciones de todo el mundo como el Museo Marmottan Monet de París, el Art Institute de Chicago, el Museo Pushkin de Moscú, el J. Paul Getty de Los Ángeles, la National Gallery de Londres o el Metropolitan de Nueva York.  La selección vuelve a la mujer como protagonista, buscando descubrir cómo Renoir se servía del volumen, la materia o las texturas para plasmar la intimidad amistosa, familiar o erótica. La muestra se  exhibirá posteriormente en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, entre el 7 de febrero y el 15 de mayo de 2017.

Ambas esposiciones se presentan pocos meses después del estreno del documental de Phil Grabsky  “Renoir, admirado y denigrado”, una biografía sobre los últimos años de la vida del artista con un recorrido por las 181 obras de la Fundación Barnes de Filadelfia, en Estados Unidos, la segunda mayor del mundo después de Francia. El documental aborda su distanciamiento del impresionismo durante unos años para acercarse- tras un viaje a Italia- al estilo de los pintores clásicos del XVIII, un cambio que supuso el rechazo de los críticos. En este periodo pinta con un trazo más definido que tuvo una enorme influencia en dos grandes pintores del siglo XX, Picasso y Matisse.  El film afronta la dicotomía que produce su obra en el público, en particular su imagen de la mujer, provocando desde la devoción más extendida, sobre todo en Europa, al rechazo que lideran algunos norteamericanos, hasta el punto de manifestarse ante el museo de Arte de Boston y crear una cuenta específica en Instagram contra el artista.

Pero para sentir a Renoir hay que trasladarse a finales del XIX, cuando los pintores impresionistas eran duramente criticados. Una época en la todavía las mujeres no tenían derecho a voto y su participación en la vida política y  laboral era  vista con grandes prejuicios y recelos. Inmerso en su pequeño círculo de familia y amigos, Renoir sólo disfrutaba pintando lo más bello y amable de su entorno cercano. Y así dejó un legado de más de 4.000 cuadros.

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