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“¡Si uno conociera lo que tiene, con tanta claridad como conoce lo que le falta!”. Mario Benedetti

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Escapadas

Seis días recorriendo 7.600 kilómetrosEn el Transmongoliano: desde Moscú a Pekín

El Transmongoliano viaja entre Moscú y Pekín pasando por Ulán Bator. Nada menos que 7.600 kilómetros.

La mullida alfombra carmesí, extendida a lo largo del vagón sobre la moqueta roja en una reiteración de colores, silenciaba mis pasos. Mi caminar, pues, era tan silencioso que iba y venía por aquel corredor observando los compartimentos de mis vecinos viajeros sin ser advertida. Solo se escuchaba el eterno traqueteo del tren que tras varios miles de kilómetros de recorrido ya ni siquiera resultaba molesto. Iba siguiendo emocionada aquel larguísimo trazo grueso en rojo que mi tableta iba dibujando en un mapa virtual gracias a la conexión con GPS. El viaje por la taiga siberiana me había devuelto la monotonía necesaria para ahogar las prisas y los nervios de un año entero enterrada tras mi escritorio. Iba en el Transmongoliano desde Moscú a Pekín pasando por Ulán Bator. Nada menos que 7.600 kilómetros.

La salida en Moscú de noche impide ver los arrabales moscovitas, pero sobre aquella oscuridad iba dibujando en los cristales del vagón un virtual mapa en el que mentalmente imaginaba cómo sería mi viaje. Pero en aquel escenario solo aparecían la belleza de la catedral de san Basilio, con su cúpulas en forma de turbantes, sus colores llamativos que el sol del atardecer enciende como antorchas, su interior laberíntico con sus pinturas y frescos y sus retablos con iconos de santos en oro. Una inesperada sacudida del tren borró aquellas imágenes del negro cristal y me devolvió a la tranquila velocidad del tren que avanzaba despacio hacia un lejano destino.

En silencio, acompañada de la débil luz de mi cama, me acosté viendo en mi ordenador portátil una obra de teatro de Chejov. Quería relajarme de tantas emociones y, efectivamente, el sueño me vino a mitad de Tío Vania.

Al amanecer pude ver el esplendor del río Volga partiendo en varios trozos la ciudad de Kazan. Su Kremlin no es tan poderoso como el de Moscú pero en él conviven una mezquita y una catedral cristiana sin que aquella le degüelle su torre o esta le acuse de ocultar armas químicas en su cripta. La ciudad tiene un bello barrio tártaro vestigio de su triunfal pasado como capital de los tártaros hasta que Iván el Terrible la conquistó y destruyó.

El nuevo tren regional que me llevaba a Ekaterimburgo no era tan antiguo como para deleitarse con un restaurante como el que había visto en postales, adornado con cortinas emborladas o con las elegantes lámparas de tulipas en forma de hoja de acanto, y pestillos de latón. Era tan convencional, frío y feo que me conformé pensando que pertenecía a la época soviética y que debía ser uno de los pocos vestigios que quedan de aquel pasado. Venir hoy a Rusia o China es como viajar a occidente y ver dos países uniformados con las leyes del capitalismo. Tanta es la dictadura de la globalización.

En los compartimentos, abiertos como escaparates, la calma había anestesiado el lento paso del tiempo. Se leía, se charlaba, se observaba, se descansaba… No todos los que viajábamos en el convoy éramos turistas. Aquí, sobre todo, había viajantes y hombres negocios, soldados de permiso, funcionarios y empleados; familias que se movían obligados por alguna inevitable razón con sus pacientes hijos que se entretenían asomándose a la ventana subidos en los poyetes de la calefacción. El pasillo es el lugar de encuentro y charla porque el camino es largo y es bueno hacer compañeros, efímeros compañeros. Son muy pocos los que entienden los motivos por los que me he embarcado durante 6 días en mi estrecho compartimento. Vano intento por explicar un sentimiento.

La taiga rusa hastía. Millones de pinos y abedules corriendo sin descanso horas y horas de izquierda a derecha por la ventanilla forman el escenario de una tramoya sin fin, pintada sobre un lienzo en la que parece que el mismo árbol y el mismo matorral pasan una y otra vez ante el espectador. No veía ni un animal, ni un ser humano en cientos de kilómetros. De vez en cuando observaba sorprendida, gracias a las curvas pronunciadas, que delante del mío había más vagones. También me acompañaban esporádicamente las casitas de madera, reunidas para formar extensos pueblos con sus calles sin asfaltar y en las que, curiosamente, tampoco veía gentes que fuesen o viniesen. Tanta es la soledad siberiana. O su enormidad.

En las paradas largas, en las que la máquina del tren agotada es sustituida por otra, mujeres con cestos de pescado ahumado o seco, bien omul o arenque, pirozhkis o bollos rellenos, blinis o pankakes dulces, roscos o bebidas, se acercaban para vender su mercancía. Las provonitza o encargadas de atender cada vagón, esperaban a pie de escalera la orden para indicar a los viajeros que era hora de partir.

Con el agua hirviendo del samoval calentaba mis nuddles o hacía mi te. Y me preguntaba para qué se necesitan tantas habitaciones y cosas que no colman la felicidad.

Cuando pasé la frontera rusa me pidieron el pasaporte, inspeccionaron el compartimento y un policía pasó con un perro cansado que simulaba olfatear. Ya estaba en Mongolia y el escenario de mi pequeño teatro era, ahora, infinito y verde. Aunque el manto de la noche iba oscureciendo el paisaje, adivinaba las plácidas ondulaciones del terreno cercano, coronadas a lo lejos por una diadema de montañas azules. Varias yurtas desperdigadas moteaban la verde alfombra oscura. Con la llegada del día vi manadas de caballos y ovejas chapotear en lagunas y charcas agobiados por el calor del verano.

Ulán Bator era distinta a como me la había imaginado: limpia, con algunos rascacielos, amplias avenidas, modernos comercios y un ansia de sus habitantes por parecer occidentales. Sus arrabales estaban llenos de yurtas, habitadas por nómadas cansados de tanto vagar y deseosos de encontrar un trabajo mejor remunerado. Esta enorme ciudad alberga a la mitad de la población mongolesa de sólo 3 millones de habitantes. Enseguida me enamoré del país.

Pasé por el desierto del Gobi pero no lo vi porque el tren lo cruzó como de puntillas, de noche. Los paisajes chinos hasta Pekín no me llamaron la atención, tal vez por acumulación del cansancio. La capital china se preparaba para el 70 aniversario del final de la guerra con Japón y había miles de soldados y policías por sus calles. La plaza de Tiananmen me impresionó más por lo que recuerdo de los sucesos tras los que se hizo famosa que por su belleza, que es ciertamente magnífica. También me sorprendió la amabilidad de sus gentes y la enormidad de sus avenidas y edificios centrales.

El espantoso rugir de un avión en la pista 18L del aeropuerto internacional Pekín Capital rompió el encanto y la magia de mi viaje. Subida en él, aún soñaba con los paisajes vividos y hasta podía jurar que mi cuerpo se movía al compás del tren imaginado traqueteo. Hoy, pasadas algunas semanas, aún pienso dormida con aquel viaje.

Elvira Vila es fotógrafa. Más sobre su obra en:
http://www.elviravila.com/

 

 

 

 

 

 

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