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Más que un cinco estrellas: es un hotel con historiaIberostar Grand Perast, nuestra nave nodriza en la bahía de Kotor

El hotel del grupo español está en un pueblo de arquitectura barroca declarado patrimonio de la humanidad frente a la más hermosa de las bahías en la costa adriática.

Hay lugares en el mundo donde la naturaleza parece haberse puesto creativa. Eso pasa en la bahía de Kotor, en Montenegro, un sitio patrimonio de la humanidad que hemos recorrido desde la base de un hotel español: Iberostar Grand Perast.

En cuanto amanece, empieza el espectáculo. Las gaviotas salen animadas a desayunar, las barcas de pescadores vuelven remoloneando a casa, los botes para turistas se lavan la cara a la espera de su mercancía. La vida comienza a desperezarse en este gigantesco patio de vecinos que es la bahía de Kotor. Más de cien kilómetros de costa rodean un mar cercado por formas raras y penínsulas avasalladoras, amurallado por montañas imponentes que caen de golpe y, a sus pies, un montón de pueblecitos encaramados, como de puntillas, al borde del mar.

Mejor que la mejor de las películas, esta bahía es para sentarse a mirarla de la mañana a la noche y sin que se te haga larga. Desde cualquier punto, el observador ve a los vecinos de enfrente y a los de al lado. Se entretiene observando los barcos-taxi que comunican unas casas con otras, los barcos de mercancías que se dirigen a un comercio de aquí y a otro de allá, los barcos de placer que se hamacan silenciosos con el agua. Hay también una estrecha carretera, una sola, que rodea la bahía a paso lento, en el poco sitio que queda para transitar en llano por suelo firme.

Puede que entre algún crucero en esta bahía que, en realidad, son dos comunicadas por un estrechísimo paso, y será impresionante ver cómo se arrastra despacio para enfilar esa puerta de solo 340 m de ancho. Da igual que dentro traiga cinco mil turistas porque su tamaño, formidable en otros puertos, queda aquí ridículo comparado con los Alpes Dináricos, que sobrepasan los 1700 metros.

Cuando llegue la noche, todo quedará callado y quieto. Los picos altísimos pintarán de negrura la bahía y solo el reflejo de las luces del vecindario seguirá acunándose con unas olitas tranquilas.

Contemplar esta bahía con forma de ocho o de un seis y un cuatro es uno de los grandes placeres. Es tan peculiar que invita al hedonismo, a no hacer nada más que soñar, a inventar cualquier teoría filosófica o a reformular el principio de Arquímedes. Cabe imaginar cómo se habrán sentido todos aquellos, que han sido muchos, al entrar aquí antes de la era Google Maps y encontrarse con este lugar extraño, un laberinto en el que es imposible pasar inadvertido (consultar mapa).

Los vecinos de enfrente

La curiosidad es la principal cualidad de todo turista que se precie. Así que, aunque estaría bien quedarse con la boca abierta sin más, urge salir a conocer a los vecinos, sobre todo porque alguien que haya nacido en un lugar tan extraordinario no puede ser igual que los demás.

Montenegro es un país del tamaño aproximado de la provincia de Córdoba. Como está muy bien situado, siempre ha gustado mucho a todo el mundo: eslavos, ilirios, romanos… Por suerte, encantó también a los venecianos, de los que se podrá decir de todo menos que no tenían buen gusto. Desde el siglo XI hasta el XVIII, los montenegrinos estuvieron bajo su dominio, así que las ciudades que rodean la bahía de Kotor están llenas de delicados palacios y de elegantes plazas con arcos presididos por leones con su libro abierto. Hay también edificios bizantinos y orientales, ciudades amuralladas, bastiones medievales de colosales pedruscos, casas con mosaicos romanos y más de trescientas iglesias, cuatro de ellas románicas.

Montenegro fue una de las seis repúblicas agrupadas bajo el nombre de Yugoslavia, pero supo salirse a tiempo de la sociedad. Hoy tiene en el turismo su mayor fuente de recursos, sobre todo por méritos propios. La bahía figura en todos esos rankings de los nosecuantos lugares que hay que visitar (sobra la obviedad «antes de morir»).

De la bahía de Kotor ya dijo la Unesco en 1979 que es patrimonio de la humanidad porque constituye un testimonio único y bien conservado de la difusión de las culturas mediterráneas en los Balcanes, tanto en su paisaje como en sus monumentos históricos.

Donde uno ponga el dedo en el mapa de la bahía encontrará lugares de interés cercanos, pero que nadie se engañe por la distancia en kilómetros que arroje Google Maps: costará más de lo previsto llegar a cualquier destino por su carreterita urbana llena de conductores, ciclistas y peatones sin prisa… Es lento, igual que visitar el resto del país, sembrado de montañas.

Cruzar la bahía por el medio es otra opción para visitar los sitios recomendables, que son casi todos, o para llegar hasta la isla de Mamula, de triste historia. También para bañarse en la Cueva Azul, que tanto gusta a los turistas.

Perast, el pueblo de la abundancia

Son imprescindibles las villas de Herceg Novi, Risan, Kotor y Tivat y la favorita: Perast. Hay gustos, pero Perast podría ser declarado el lugar más encantador de la bahía casi por unanimidad, y también el más acaparador: un pueblito de una sola calle que aglutina 19 palacios y 16 iglesias, porque aquí hubo un tiempo en que cada noble tenía la suya, ¡para qué compartir cuando tu vecino también nada en la abundancia!

En Perast se establecieron un montón de familias con posibles durante la época veneciana, en los siglos XVII y XVIII. Querían dejar claro a los otomanos, que andaban por las inmediaciones, que no pensaban cederles su sitio, así que levantaron un lugar defensivo, de ricos comerciantes y navegantes expertos.

Y allí siguen sus casas de piedra, diez torres de vigilancia, un castillo, un museo y dos islotes: el de Nuestra Señora de las Rocas, con una iglesia de 1630, y el de San Jorge, que tiene plantado un monasterio benedictino.

La vida en palacio

El más grande de los palacios de Perast es hoy un hotel de Iberostar. Alojamientos de cinco estrellas hay muchos, pero residir en un palacio del siglo XVIII es otra historia, en concreto esta: perteneció a la familia Smecchia, nobles con título de condes, y se construyó con piedra traída directamente de la hoy turística isla de Korcula, en Croacia. El edificio tenía y tiene tres pisos, con un mirador en la planta baja para ver esa bahía fascinante que le queda justo delante de las narices y con balcones de balaustradas de piedra para no perderse nada de lo que pasa en el agua.

Por fuera todo sigue igual que entonces; por dentro está renovado, en «estilo vanguardista», dicen. En realidad, es estilo comodidad con buen gusto. El Iberostar Gran Perast tiene 129 habitaciones (repartidas en tres edificios), que se dividen en dobles, dobles de lujo, suites junior, una suite dúplex y una suite real. Todas tienen baño y ducha, minibar y pantallas de tele muy grandes.

Hay que hablar aparte de lo bien que se come aquí, en sus restaurantes con vistas. El bufé de desayuno es pura imaginación. Por si fuera poco, incluye muchos platos a la carta y tiene esos detalles de sin gluten, sin lactosa, halal, para bebés…

La carta del spa también es larga. Un edificio anexo reúne las instalaciones de bienestar y relax para turistas que lo han dado todo a lo largo del día, como exige la zona. El Iberostar Grand Perast organiza excursiones por mar y por montaña, rutas a los parques naturales, visitas culturales o traslados a Duvrovnik, a 60 kilómetros… Hay muchas tentaciones para quienes no sucumban a su playa privada, a la piscina o al solárium.

Aquí hay bastante que hacer, y entre lo más divertido está sobrevolar en avioneta Cessna el lago Skadar, que Montenegro comparte con su vecina Albania, uno de esos parajes impresionantes que parecen más hermosos aún vistos desde el cielo.

Una opción menos bucólica es ir al Casino Royale, que la película de James Bond sitúa en Montenegro no por casualidad.

La mejor forma de llegar es tomar un vuelo a Duvrovnik y desde allí alquilar un coche, o bien ir al aeropuerto de Tivat, a 20 km.

Ola de cambio

La bahía de Kotor, que los montenegrinos llaman solo Boka, es un sitio raro, un fiordo, un cañón sumergido, una ría… Un entorno así es frágil por su propia naturaleza y porque son muchos los que desean disfrutarlo.

Iberostar merece nuestros elogios. La multinacional española  tiene una política de turismo responsable que ha llamado «ola de cambio». En este hotel, como en el resto de los hoteles del grupo, se eliminarán durante este año los plásticos de un solo uso en las habitaciones; los uniformes de poliéster han sido sustituidos por otros fabricados con plásticos reciclados y tiene un compromiso con el consumo responsable de pescado, local y de temporada, en sus restaurantes. Más muestras de su buen hacer: subvenciona proyectos de investigación de arrecifes coralinos y participa con la Universidad de las Islas Baleares en los estudios de ecología marina. ¡Y ni siquiera usa cápsulas de Nespresso!

El emplazamiento, la calidad, la belleza, la comodidad y el respeto por el medioambiente son solo algunas cualidades del Iberostar Grand Perast. Si nos alojamos aquí, cada día habrá que salir a conquistar un fuerte, invadir una isla o desembarcar en una dulce playa del Adriático. Será cansado, pero podremos volver cada noche a dormir en este palacio, nuestra nave nodriza en la bahía de Kotor.

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