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“Todos los que parecen estúpidos, lo son y, además también lo son la mitad de los que no lo parecen.”. Francisco de Quevedo

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Escapadas

El destino turístico ideal para darse un festín de naturalezaIslandia es rara

Vuelta completa a la isla en donde todo resulta sorprendente

Esta tierra de hielo es un cúmulo de rarezas. Y eso que no hablamos de Björk.

Cuando el avión aterriza en Keflavik, es normal pensar que Islandia está sobrevalorada. Hay que recorrer 50 km por un extraño secarral hasta alcanzar Reikiavik, una capital a simple vista bastante pueblerina. El viajero puede llegar a pensar que se ha equivocado de destino. Aunque se encuentre con uno de los 22 días soleados que se dan cada año, cuesta entender por qué John Carlin cree que Islandia es El mejor país del mundo.

Pero la primera impresión dura poco. Enseguida habrá que echar mano de nuestros mejores calificativos porque los vamos va a necesitar todos. Quien viaja a Islandia no puede parar de repetir maravilloso, increíble, grandioso, alucinante

Los islandeses son pocos: 330.000. Así que toda esa gente con la que nos cruzamos probablemente sean turistas como nosotros. Islandia se ha puesto de moda y una cosa está clara: a nadie le gusta sufrir, por lo que el turismo se concentra en los meses de junio, julio y agosto. ¿Cómo distinguir a un islandés? No es verdad que todos sean rubio platino, de ojos clarísimos y piel transparente. Solo son así el 50 por ciento de la población, más o menos. Los islandeses son esos que van en mangas de camisa cuando el resto llevamos anorak y gorro. Ellos ni siquiera temen por la vida de sus abundantes bebés, a los que pasean mucho más ligeros de ropa de lo que una abuela española toleraría.

Se dice que en este país no hace demasiado frío. Es una frase sin terminar. Quieren decir que no hace tanto como cabría esperar para su latitud. Gracias a que confluyen corrientes oceánicas cálidas, a las montañas que forman barreras, a los vientos procedentes de Europa…, el termómetro se mantiene en una media anual razonable, que es 7 ºC de máxima y 1 ºC de mínima. En ocasiones, aunque la temperatura no sea excesivamente baja, la famosa sensación térmica lo arruina todo.

Lo que se consigue con este tiempo endemoniado es que el verano estalle con ganas. Apenas se asoma, los islandeses se lanzan a la calle para que los acaricie, por fin, el sol; las flores crecen por todas partes, en el campo y en las macetas; la capa de nieve se disuelve en estampados irregulares; y el agua se tira de cabeza desde las cumbres y baja haciendo eses por los prados.

Un paisaje raro
Por comparar, Islandia tiene una superficie equivalente a Andalucía más la Comunidad Valenciana, aproximadamente, pero parece inabarcable porque es muy montañosa y su litoral de 5.000 km con puntillas resulta lento de recorrer.

El 14 por ciento de la isla está ocupado por glaciares, entre ellos el más grande de Europa, el Vatnajökull, de 150 km de ancho por unos 100 km de largo (mirándolo de sur a norte). Un glaciar es algo que algunos no vemos todos los días, espectacular.

Solo el 23 por ciento de Islandia tiene vegetación. Esto hace que, a primera vista, parezca un lugar desolado si no se tienen en cuenta las praderas verdes con muchas ovejas, bastantes caballos y algunas vacas. Al parecer, hubo un tiempo en el que abundaron los árboles, ¡pero con algo había que calentarse!, así que a día de hoy no se ven muchos, solo algunos abedules enanos, enebros… y parcelas con repoblación apretada de abetos.

Una vez aceptado que la belleza no solo está en los bosques, es fácil no echarlos de menos porque todo es prodigioso en esta isla volcánica: cada montaña, valle, campo de lava, acantilado, fiordo, playa… y también esas cascadas que nunca se acaban.

Pero lo más raro del paisaje islandés son sus más de 130 volcanes y lo que los rodea. Unos se ven y otros duermen bajo glaciares, los hay que se hacen famosos por paralizar el espacio aéreo europeo, y los hay que triunfan por tener los ríos de lava con más visualizaciones en YouTube. Y luego está ese cráter que le pareció a Julio Verne una puerta verosímil para empezar el Viaje al centro de la Tierra. Y sí, todos tienen nombres rarísimos.

Este país de hielo tiene fuego a poco que se rasque, y a veces ni eso hace falta, así que se le sale el magma en cuanto se descuida. Los géiseres se llaman así por su Geysir, el primero conocido en el mundo y el que escupía con más fuerza, y hay uno del que anuncian que va a encabritarse cada cinco minutos; increíblemente, así es. En numerosos lugares se ven aguas hirviendo, lodos que hacen chupchup, fumarolas, vapores y olores que todo el mundo compara con el de los huevos podridos, aunque la mayoría no hayamos olido nunca un huevo en ese estado.

Hay lagos, lagunas y ríos de aguas termales. De manera que mientras unos se escaldan a 40º C en bañador, otros pasean a su lado embutidos en el anorak con un frío que pela.

Las playas son espectaculares, con arenas finísimas de todos los colores. No existen hoteles en primera línea, ni chiringuitos, ni sombrillas. Son lugares vírgenes que invitarían a lanzarse al mar si no fuera porque la temperatura del agua en verano no supera los 10ºC. En estas playas solo se baña la mirada.

Una gente rara
Los romanos no llegaron aquí, pero por alguna extraña razón, los islandeses heredaron su mismo proceder en los baños. El lugar favorito de reunión son las aguas termales. En las piscinas se conversa, se hacen negocios, se establecen alianzas, se resuelven conflictos, se discuten temas de política, se queda con los amigos… Las normas de uso son estrictas: hay que ducharse antes de entrar, enjabonándose todo el cuerpo y especialmente las zonas que pueden contagiar bacterias y virus. A continuación, uno se coloca el bañador y se va a la piscina a socializarse, con servicio acuático de bebidas incluido. Por cierto, todos los estudiantes islandeses deben superar una prueba de natación obligatoria antes de graduarse.

A los islandeses les encanta ser raros. Lo cuenta su compatriota Alda Sigmundsdóttir en El pequeño libro de los islandeses, y se corrobora en la Xenophobe’s Guide to the Icelanders. Puede que tener una media de una erupción volcánica cada cinco años, provoque un gran sentimiento de unidad, de familia nacional. Aquí funciona el ¿y tú de quién eres? porque muchos están emparentados, hasta el punto de que han diseñado una app para saber si existe algún grado de consanguinidad a la hora de pensar en perpetuar la especie.

En esto de las relaciones, y en casi todo, son las mujeres quienes toman la iniciativa. Tienen niños a edades muy tempranas, incluso antes de ir a la universidad, y pocas se casan. No existen reparos a la hora de separarse y formar nuevas familias. Como son muy civilizados, los críos están plenamente integrados en la sociedad, y celebran los cumpleaños y las navidades, con todos los padres y abuelos de todos los hijos sucesivos.

En este país no se vende alcohol en los supermercados. Las tiendas Vinbudin son las únicas autorizadas, no hay muchas y tienen un horario reducido. Aparte están los bares, donde la bebida es cara. La cerveza, prohibida hasta 1989, tiene hoy un precio mínimo de unos 8 €. Eso no disuade a los islandeses que salen de fiesta por encima de todo, a veces ya bebidos de casa para rematar en los locales de moda.

Aquí los mileuristas son dosmileruristas. El nivel de vida es elevado, se pagan muchos impuestos y nadie defrauda, pero los salarios son altos y hay trabajo para todos, especialmente si es cualificado. El cien por cien de la población está alfabetizada. Toda la enseñanza, al igual que la sanidad, es gratuita.

Los islandeses nos sacan 30 puestos de ventaja en la clasificación de países felices. No está bien generalizar, pero son optimistas por naturaleza y su frase favorita ante cualquier contratiempo es Þetta reddast, algo así como todo va a salir bien.

Una capital rara
Tres de cada cinco islandeses viven en Reikiavik, pero así todo, tiene la misma población que Parla. Por supuesto, sus edificios no son anodinos, sino coloridas construcciones bajas, fachadas artísticamente grafiteadas y edificios públicos diseñados por afamados arquitectos. Es un lugar pequeño, con todo a mano. Hay una calle principal por la que salir a mirar y a dejarse ver, llena de animados bares y restaurantes, donde cobijarse en invierno, y de terrazas, donde disfrutar del sol de medianoche en verano. En las plazas, a menudo hay pantallas gigantescas para ver los partidos de fútbol entre vecinos.

La residencia del presidente está en medio de la ciudad, se parece más a una granja que a un palacio, no tiene vigilancia ni rejas.

En la abarcable Reikiavik existe una intensa vida cultural, con numerosos museos que no hay que perderse y conciertos magníficos en Harpa, su centro premiado con el Mies van der Rohe de Arquitectura Contemporánea.

En la mayor parte de Islandia hace frío hasta cuando hace calor. Las estadísticas dicen que en Reikiavik, que es de lo mejorcito en clima, hiela unos 115 días al año y nieva de mediados de octubre a finales de abril. En verano tienen 13 o 14º durante el día, aunque una vez llegaron a 30,5 ºC, fue en 1939. Por eso esta ciudad tiene calles calefactadas, para pasear sin que se te enfríen los pies.

La otra opción en invierno es quedarse en casa a pasar calor. Este es el único país del mundo donde ningún padre dice a sus hijos que terminen ya de ducharse. El agua abunda, y el agua caliente todavía más. Mana de la tierra y hay que enfriarla un poco para poder transportarla y llevarla prácticamente gratis a todos los hogares. La energía geotérmica, limpia y barata, permite a los islandeses disfrutar del clima del trópico de puertas adentro aunque tengan el polar puertas afuera.

Una luz rara
Despedirse con un buenas noches a plena luz del día es posible en Islandia. Pero la luz que en verano dura 21 horas al día en el sur y 24 en el norte, se acortará a 4 o menos en cuanto llegue el invierno. La ventaja es que de septiembre a mediados de abril se pueden ver las auroras boreales. La oficina meteorológica de Islandia tiene una página de predicción de este fenómeno que se actualiza constantemente en tiempo real.

Esta gente tiene mucho tiempo libre en los meses más fríos, cuando en sus trabajos establecen horarios reducidos para ayudarlos a sobrellevar el clima despiadado. En casa se está bien. No hay islandés que no cuente con un jacuzzi para relajarse y una cama elástica para dar salida a su energía. Por otra parte, el aburrimiento resulta muy creativo. La mayoría escriben, pintan, diseñan, componen. Son grandes artistas. Los menos inspirados hacen trabajos artesanales supuestamente decorativos, como fundas de ganchillo para los cantos rodados.

Aquí abundan las aves. A ellas no les importa que no se haga de noche en verano, cuando llega su hora, se acurrucan y hasta mañana.

Una ventaja de estos días eternos es conducir por sus paisajes sin temor a que se haga de noche, siempre con luz de atardecer, ideal para disfrutar de la capa de miel que cae sobre los campos y perfecta para hincharse a hacer fotos. Islandia es muy agradecida.

Y un museo del pene
No discutimos que el pene sea algo prodigioso, de hecho es medio responsable de la existencia de todas las especies animales. Pero un museo dedicado a él solo tiene interés por ser el único que existe en el mundo.

El museo falológico de Reikiavik es una colección de 217 penes de especies animales de tierra y mar, 60 de ellos pertenecen a diferentes tipos de ballenas, y en la sección folclórica, hay uno de elfo islandés. Los hay gigantescos, ridículos, estándar… También exhibe certificados legales de tres candidatos humanos que van a donar su apéndice cuando ya no lo necesiten.

En este museo, aparte del afán a lo Lorena Bobbitt, hay utensilios con formas fálicas, unos con valor histórico y otros más propios de mesón español. Cuentan también con reproducciones de los atributos de la selección nacional de balonmano que ganó la medalla de plata en Pekín en 2008.

Es una rareza, pero si el turista no tiene tiempo de sobra, no lo dude, cambie esta visita por ir al magnífico Museo Nacional y disfrute de su extraordinaria colección de la historia de Islandia.

Tal vez haya escuchado historias increíbles sobre Islandia, como que no hay hormigas, que carece de ejército, que tiene el parlamento más antiguo del mundo y que casi ganan la Eurocopa 2016. Créaselo todo. Islandia es rara.


Para el viaje

• Los islandeses no solo hablan su idioma inextricable, sino que todos dominan el inglés; muchos, también el danés y el alemán. Es fácil hacerse entender.

• Los mejores meses para viajar son desde mediados de mayo hasta mediados de septiembre, cuando las horas de luz son eternas y las temperaturas suaves. Para ver auroras boreales, hay que esperar a septiembre, se necesita oscuridad y cielos despejados.

• Una semana sabe a poco y no da para hacerse una idea de la variedad de Islandia. Dos es el mínimo.

• Hay internet en todas partes.

• Existen muchos tipos de alojamiento. Aparte de los tradicionales, se ofrecen cabañas, refugios de montaña, granjas y abundantes zonas para acampar, pero con cuidado, porque la naturaleza es frágil y tiene pocos meses para crecer. También hay autocaravanas de todo precio y condición. La demanda creciente está superando la oferta. Es importante reservar con tiempo.

• Numerosas agencias ofrecen circuitos completos, algunos a muy buen precio si se duerme con saco en alojamientos bien acondicionados.

• Este país es el tercero del mundo en tasa automóviles per cápita, pero no existen los atascos ni las aglomeraciones. La carretera principal, la N1 que circunvala la isla, deja bastante que desear, por lo que se conduce despacio, a una velocidad máxima de 90 km/h, ideal para apreciar el paisaje. Hay carreteras peores que habrá que recorrer para llegar a los fiordos y a otros puntos de interés. El carné de conducir español es válido.

• Islandia es un país caro y con un buen nivel de vida. Prácticamente todo es importado. Una comida normalita puede costar unos 40 €; hay buen pescado y carne de cordero, la agricultura es inexistente, pero se encuentran buenas frutas, verduras y hortalizas en cualquier restaurante y en todos los supermercados. Casi siempre se tiene en cuenta a los vegetarianos.

• Quizá quiera probar la carne de ballena, porque aquí es legal su captura. Nuestro consejo es que no lo haga, no es necesario. Cuantos más turistas renuncien, más tiempo podremos disfrutar del mágico placer de observar cetáceos nadando en el mar, algo muy sencillo en Islandia y sus impactantes fiordos.

• Se puede pagar con tarjeta hasta un café o los 50 céntimos que cuestan algunos baños, no hace falta llevar dinero en efectivo ni cambiar a coronas islandesas, pero sí es necesaria una saneada cuenta bancaria.

• En verano, en un mismo día, la temperatura puede variar de 5 a 25 º C, por lo que hay que llevar ropa que se pueda sumar o restar fácilmente. Si no llueve, visitar cascadas, empapa; es imprescindible tener ropa y calzado para el agua.

• No se requiere visado. Islandia está en el espacio Schengen.

• Este es un país muy seguro, las casas están abiertas, no hay rejas, los coches tienen las llaves puestas; si le roban, es probable que sea otro turista.

2 respuestas a Islandia es rara

  1. GABRIELA DOMINGO dijo:

    Una delicia de relato, y las fotos, espectaculares sin necesidad de photoshop! He disfrutado muchísimo.

  2. Mefugo de la Moral dijo:

    Con artículos como este es irremediable necesitar ir dónde nunca quisiste…
    PRECIOSO TODO ¡

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