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Escapadas

Jerusalén

La ciudad sagrada para las tres grandes religiones monoteístas, vista desde la obra de Amos Oz.

Jerusalén es una de las ciudades más antiguas del mundo, considerada sagrada por las tres grandes religiones monoteístas: el judaísmo, el cristianismo y el islam, que han ido disputándosela sucesiva y sangrientamente a lo largo de su historia. Pero Jerusalén es mucho más que el aplastante peso de su pasado, más que las religiones que llevan siglos luchando por un mismo espacio. Nosotros hemos querido contemplar Jerusalén desde dentro, conocer cómo es el día a día en esta ciudad heterogénea y confusa. Y para ello recurrimos a Amos Oz y a su obra publicada en 2002 Una noche de amor y oscuridadRaquel Sánchez García, profesora titular de la Universidad Complutense de Madrid y autora del artículoJerusalén en la obra de Amos Oz”, nos hace de guía:

Jerusalén es un popurrí de culturas, costumbres y creencias, que se refleja en un colorido collage humano, complejo, fascinante y dinámico; un espacio abigarrado descrito magníficamente por uno de los más reconocidos escritores israelíes: Amos Oz. Amos Oz nos ofrece una visión de esa Jerusalén que carga con su carácter mítico, desde el punto de vista religioso y político, que gravita permanentemente sobre la vida de sus habitantes de forma aplastante. Jerusalén representa también la condensación del espíritu judío; un espíritu que ahoga a los personajes de Oz, ansiosos de aire fresco lejos de la ciudad agobiante.

Jerusalén es, en la obra de Oz, la ciudad de su infancia y la historia de su familia, que se desarrolla en el barrio pobre de Kerem Abraham, que él abandonará a los quince años buscando la libertad en el kibutz Hulda, en el centro de Israel. El barrio de Kerem Abraham nació en 1853 a partir de un asentamiento de trabajadores judíos. Precisamente a mediados del siglo XIX comenzaron a construirse en Jerusalén los primeros barrios exteriores a las murallas para acoger a los judíos de la diáspora. Hasta entonces, Jerusalén había sido una ciudad amurallada formada por cuatro barrios distintivos: judío, musulmán, armenio y cristiano, y a partir de 1860 en adelante, la creciente población judía pasó a ser mayoría y empezó a construir nuevos barrios fuera de las murallas, que formaron el núcleo de la moderna Jerusalén.

La Jerusalén de Amos Oz se sitúa cronológicamente entre los años cuarenta y los cincuenta del siglo XX, principalmente. Durante esa época, la ciudad vivió una situación especial. Jerusalén formaba parte del Imperio Otomano y después de la derrota de éste en la Primera Guerra Mundial y ya bajo el dominio británico (1918-1948), Jerusalén pasó de ser una descuidada y pobre ciudad provincial a convertirse bajo el Mandato Británico, por encargo de la Sociedad de Naciones, en una floreciente metrópoli. Las líneas de armisticio fijadas al término de la Guerra de Independencia de 1948-49 dividieron a Jerusalén en dos, controlando Jordania la parte oriental, que incluía la Ciudad Vieja, e Israel la sección occidental, que pasó a ser la capital del país. Durante los siguientes 19 años, muros de hormigón y alambradas de púas separaron ambas mitades de la ciudad. A las crecientes hostilidades entre árabes y judíos, se unió la llegada masiva de judíos europeos que huían del antisemitismo. Tras la derrota nazi en 1945, los judíos, impacientes por la creación de un estado propio, recelaron de la actitud ambigua de los británicos, y los más radicales, el Irgún, grupo liderado por Menahem Begin, atacó el Hotel Rey David, que alojaba varios departamentos del Mandato. Este fue el inicio de una hostilidad creciente que perduró hasta la creación del Estado de Israel el 14 de mayo de 1948. El Plan de Partición, votado en la ONU el 29 de noviembre de 1947, había establecido la creación de dos estados, uno judío y otro árabe, quedando Jerusalén como ciudad internacional, hasta que estalló la guerra unos meses después.

El barrio de Kerem Abraham, donde se desarrolla la infancia de Amos Oz, era entonces un barrio pobre, con tejados de uralita y patios llenos de polvo y calor. En Una noche de amor y oscuridad, Kerem Abraham se contrapone a otros barrios de la ciudad como Talpiot y Rehavia. Cuenta Oz: “Kerem Abraham estaba habitado por […] sus vendedores ambulantes, sus tenderos, sus pequeños comercios y sus comerciantes hablando yiddish, con sus ultraortodoxos entonando cánticos sinagogales, su pequeña burguesía desplazada, sus excéntricos intelectuales revolucionarios […]. En casa flotaba siempre el incierto sueño de ir a vivir a un barrio más civilizado”. Su barrio era, como dice el propio autor, un barrio chejoviano. Y frente a esto, el barrio de Talpiot: “la versión jerosolimitana del barrio ajardinado berlinés, una especie de colina tranquila y boscosa entre cuyos árboles resplandecerían con los años los tejados de tejas rojas y en cuyas casas habitarían en paz y prosperidad intelectuales insignes, escritores famosos o investigadores reconocidos”. Estas zonas de Jerusalén son, como escribe el autor, “la ciudad” por la que pasaba de vez en cuando, a la que ir era un acontecimiento.La Jerusalén que mis padres admiraban estaba lejos de nuestro barrio: estaba en la verde Rehavia llena de sonidos de piano, en los tres o cuatro cafés con lámparas doradas de la calle Yafo y Ben Yehuda, en las salas del YMCA y en el hotel Rey David, donde judíos y árabes amantes de la cultura se reunían con británicos amables e instruidos, por donde pululaban señoras fantásticas de largos cuellos vestidas de fiesta del brazo de señores con trajes claros, donde se mezclaban ingleses liberales con judíos cultos y árabes ilustrados, donde se organizaban recitales, bailes, jornadas literarias, recepciones, refinadas charlas artísticas.”

“Lo que me rodeaba no me interesaba”, afirma el escritor, que busca en los relatos y en la literatura un mundo que para él significa libertad y aire, frente a la asfixia de su entorno próximo. Este contraste también se encuentra en las apreciaciones de su abuela Shlomit acerca de Jerusalén: considera la ciudad como un lugar asiático y, por lo tanto, peligroso y sucio. Al narrar el calor y el polvo de las calles de Kerem Abraham, Amos Oz transmite cómo este ambiente ahoga al niño, en un evidente símbolo del peso cultural e histórico del judaísmo que aplasta su crecimiento como persona. En otras novelas de Oz, la ciudad también ahoga: “Jerusalén es una ciudad que produce tristeza”, dice Jana, la protagonista de Mi querido Mijael, “pero en cada momento y en cada estación la tristeza es diferente”.

En Una historia de amor y oscuridad,  la Jerusalén santa, la ciudad de las tres religiones, está ausente. El niño Oz cuenta las impresiones que le producía el centro de la ciudad, la Ciudad Vieja, en las pocas ocasiones en que pasaba por allí: “[…] y penetramos en el mundo de los cipreses, las murallas, las rejas, las cornisas y los muros de piedra de una Jerusalén extraña, una Jerusalén que casi no conocía, la etíope, la árabe, la peregrina, la otomana, la misionera, la alemana, la griega, la astuta, la armenia, la americana, la monacal, la italiana, la rusa, la repleta de pinos, la temerosa y la cautivadora con sus campanas y sus encantamientos alados prohibidos para ti por ser un extraño, una ciudad velada, guardiana de peligrosos secretos, llena de cruces, torres, mezquitas y misterios, altanera y silenciosa; por sus calles vagaban como sombras oscuras sacerdotes de religiones extranjeras cubiertos con túnicas negras y sotanas negras, curas, monjas, cadíes, muecines, notables, devotos, peregrinos, velos de mujeres y capuchas de frailes.”

Afirma Amos Oz: “En cada barrio, en cada suburbio, hay una realidad oculta por una alta muralla. Fortalezas hostiles cerradas a los viandantes. Me pregunto si alguien podría integrarse en Jerusalén aunque viviera en ella cien años. Es una ciudad de patios cerrados, su alma está sellada tras muros sombríos con afilados cristales clavados en lo alto. Jerusalén no existe. Migas arrojadas a propósito para confundir a los ingenios. Una piel debajo de otra y el hueso preso dentro.

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Imágenes: Maurizio Cristofolini.
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