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Escapadas

Un hotel y un destino fuera de lo comúnKrabi, todavía cabe la sorpresa en Tailandia

El sur tailandés es un paraíso muy conocido por los turistas, pero aún quedan sitios que nos dejan con la boca abierta

Los hoteles ya no nos sorprenden. Los vemos en Internet y buscamos antes las opiniones de otros viajeros. Cuando entramos en nuestra habitación, sabemos si es o no una de las que salen en las fotos. Reconocemos la recepción, el bufé del desayuno y el estampado de la colcha. Por suerte, aún quedan hoteles que nos asombran. Eso ocurre en el Phulay Bay. Si no fuera porque está en Krabi, podríamos quedarnos felices en nuestro alojamiento, pero el mar de Andamán tiene tantas sorpresas que querremos salir a explorarlo.

Cuando el viajero atraviesa la verja del Phulay Bay asciende por unos pocos escalones entre dos muros verticales de color morado con el techo del cielo que toque en cada momento. Hay una moderna pagoda al fondo que parece flotar en medio de un estanque cuadrangular. No tiene paredes, solo columnas que sujetan su tejado y un gong que suena a misterio. A izquierda y a derecha, un camino de losetas negras permite bordear el gran cuadrado y alcanzar finalmente el escenario cubierto de la pagoda. En el centro nos esperan los empleados vestidos con esa elegancia que solo se ve a veces y solo en Oriente. Un té frío, una toalla caliente, una presentación y, enseguida, un mayordomo (o mayordoma) asignado para ocuparse como una madre de su huésped, para lo que necesite y cuando lo necesite. La bellísima teatralización de la bienvenida es solo el aperitivo de lo que sigue.

El famoso lujo asiático

La vida aquí es fácil. Cada lodge es un mundo perfecto con la intimidad garantizada, incluso en su piscina privada al aire libre o en el jacuzzi a cielo raso.

Hay un momento en que quien se aloja en el Phulay Bay se siente como Alicia tras hacer caso del «bébeme» de la botella de Menguativa. Las camas llegan a tener cuatro metros de ancho, como para acoger, al menos, a dos hombres de Vitruvio contiguos, y los techos alcanzan los seis metros de altura, por si, también como Alicia, alguien muerde el pastelito «cómeme».

El viajero verá al despertar de la primera mañana que no ha utilizado más que una cuarta parte de la cama, pero el lujo es lo que tiene: uno se acostumbra enseguida y pronto conquistará todo el territorio mullido y blanquísimo: dormir es una sensación de flotar sobre nubes y estar arropados por ellas.

En el Phulay Bay no es fácil encontrar la taza del váter, porque previamente se pasa por el escritorio, varios vestidores, una bañera redonda, un cuarto para la ducha, un tocador… Las villas van desde los cien metros a los cuatrocientos y pico. Pero si hay que levantarse en mitad de la noche, se podrán encender solo unas luces a ras de suelo, entre las muchas posibles, que iluminarán los pasos hasta el destino.

Maderas de teca pintadas a mano, puertas imponentes y batines de seda colgados en perchas forradas de raso no distraen la atención de los grandes ventanales por donde nos mira la colorida naturaleza, que en Tailandia es el mejor los espectáculos.

El Phulay Bay es uno de los tres hoteles de la división reserve de Ritz-Carlton, que es lo más de lo más en lujo, un cinco estrellas a años luz del firmamento conocido, salido del estudio de arquitectura tailandés Bunnag Aqchitects.

Más allá del alojamiento suntuoso, ofrece actividades como danza tailandesa o clases de mojito; también, tratamientos que prometen dejar al cliente como a un bebé, spas y masajes (tailandeses, claro). Hay también una desmesurada piscina junto a la playa y un bar desde el que mirar cómo cae perezoso el sol sobre este trozo del océano Índico que es el mar de Andamán.

El restaurante y su cocina son otro de los atractivos que pueden hacer que los clientes no deseen salir de aquí porque de ninguna manera encontrarán un lujo similar fuera del recinto. Peor para ellos.

Krabi no parece real

Los futbolistas, actores famosos, chinos con posibles y recién casados, clientela habitual del Phulay Bay, pueden permanecer en este hotel en el que todo está pensado para querer quedarse. Pero les va a costar, porque desde las terrazas de sus villas señoriales se divisa el mar de Krabi y sus caprichosos islotes.

Los farallones son unas formaciones de aspecto extraño. Podemos saber mucho de geología y no por eso dejarán de asombrarnos. Da la impresión de que hubieran emergido como por arte de magia, con sus formas raras, cubiertos de una vegetación que parece estar a punto de resbalar por las paredes de roca.

Los alrededores de Krabi han sido escenarios de películas porque son de película. Como ocurre en la bahía de Ha Long, también en Krabi se apodera de nosotros una sensación de irrealidad.

En el mismo mar, en Phang Nga Bay se rodó El hombre de la pistola de oro y entre sus islotes se enfrentaron James Bond y el malísimo Scaramanga. Phi Phi Island presenció el rodaje de La Playa con Leonardo Di Caprio, playa que a veces hay que cerrar para que se recupere de tantos turistas. Hay muchos, sí, pero también arenas blancas e islas para todos.

Las aguas son de esas que típicamente se definen como cristalinas y en las que puede verse una vida marina de documental al poco de dar unos cuantos aletazos con el atuendo propio de snorkelista. Muchos sitios solo se pueden visitar en barco, y las agencias ofrecen tours por los más conocidos: Four islands, la bahía de Railay, Koh Phi Phi, Hong, algunas cuevas… y también por otras menos transitadas que, igualmente, tienen playas de postal.

El pueblo base para descubrir la provincia de Krabi puede ser Ao Nang. Tiene una zona turística con mercadillos y oficinas que venden excursiones a los sitios de interés, y una obligada es al parque nacional Khao Phanom Bencha, lleno de cascadas y bosques. Otra puede ser un recorrido por los manglares del río Krabi. Los turistas movidos encontrarán todo tipo de ofertas: buceo, escalada, trekking, kayaking y demás ing.

A Krabi se puede llegar de muchas formas; una de ellas es con Qatar Airways, que vuela desde Madrid y Barcelona.

Y no hace falta ser millonario: Tailandia es un destino para todo el mundo. Lo mismo satisface a un mochilero que a una estrella. Hay alojamientos para todos los gustos y bolsillos. Y todavía quedan sitios por descubrir.

Aunque la cocina tailandesa es magnífica, no siempre se puede jurar esto en las zonas más turísticas. Sin embargo, hay muy buenos restaurantes en Ao Nang fuera de su paseo marítimo. Callejear por las alturas del pueblo, con pocos turistas, calles empinadas y encantadores cafés, es otra de las sorpresas de Krabi. Y no digamos si además se puede contemplar desde allí la puesta de sol, ese fenómeno extraordinario que ocurre cada día para nuestro asombro.

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