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Escapadas

El Egeo más límpido y turquesaLipsos, una perla del Dodecaneso

Si llegas a esta tranquila isla griega, es posible que hayas encontrado tu lugar en el mundo.

Si bien es cierto que navegar entre las islas griegas es una experiencia sin parangón, no es menos cierto que del mismo modo que existe el mal de África, existe también el mal de Grecia: un estado de ánimo que he detectado en la mirada de aquellas personas que una vez han llegado a esta parte del Mediterráneo no han conseguido alejarse de ella.

Lo he visto en los ojos de Carlo, un ingeniero que construyó con sus propias manos un velero en el jardín de su casa y zarpó de Génova para llegar hasta aquí, donde pasa la mayor parte del año. O incluso en los ojos de George, un chef de nivel internacional que a sus sesenta años se ha retirado a una islita y cocina en un pequeño restaurante para pocos clientes; o en los de Lukas, un danés que ha alquilado un bar con muelle anexo donde recibe a las tripulaciones de las embarcaciones. Y está también Paul, holandés, que ha comprado un viejo bote de pesca, lo ha restaurado, le ha colocado mástil y velas, y navega por el Egeo con su mujer y dos niños desde hace ya algunos años. Todos buscamos “nuestro lugar en el mundo”: los hay que lo encuentran y se quedan; otros lo encuentran pero, al final, siempre regresan a casa.

Estamos en Lipsos. Del ferry desembarcan unas pocas decenas de turistas que se dispersan rápido por las calles del pueblo; el sol cae a pico y la luz sobre el muelle es cegadora. A las dos del mediodía, el calor es sofocante; extrañamente hoy no sopla el Meltemi, el fuerte viento del norte, seco, del mar Egeo, el único capaz de hacer soportable el bochorno estival. Nuestros anfitriones pasan a recogernos en una furgonetilla y así, instalados como fardos en la parte trasera, nos llevan dando sacudidas hasta “casa”. Sí, afectuosamente, “casa”, porque la hospitalidad es tal que al cabo de solo pocos minutos uno se siente como en su propio hogar. Angela, la propietaria, lo primero que hace es presentarnos a Theologhia, la abuela nonagenaria que, al igual que todos los ancianos del Dodecaneso, habla un rudimentario italiano, reminiscencia de la guerra. Nos dan la bienvenida en el jardín bajo la morera, con un vaso de vino fresco y un plato de higos dulcísimos.

Lipsos es una isla situada en un punto estratégico, vecina de otras islas más importantes como Samos, Patmos y Leros, y emerge de las aguas más turquesas del Egeo, como la “piscina” de Arki, por ejemplo. Con una población de 650 habitantes, Lipsi es un lugar muy poco frecuentado, sin aeropuerto y con sólo un autobús y dos taxis: una isla para quienes aman la tranquilidad, los pequeños puertos, las playas desiertas…. con cero “movida”.

Los habitantes de Lipsos han sabido apostar por un turismo ecosostenible, rechazando el turismo de masas y recuperando las viejas tradiciones. Han comprendido que el futuro, tras la tremenda crisis que ha masacrado y continúa masacrando el país, pasa por apostar por la autenticidad que atrae un turismo de calidad. Han renunciado a la especulación inmobiliaria, se han recuperado los viejos viñedos, se producen excelentes quesos de cabra y también miel, y el pescado fresco no falta nunca en la mesa.

La jornada en Lipsos comienza con un baño en la playa de Plati Gialos, una pequeña ensenada al norte de la isla con solo dos construcciones en medio del maquis mediterráneo: una iglesita minúscula y un bar-restaurante con capacidad para pocos clientes afortunados. A la sombra de los tamariscos se disfruta del fresco de la mañana, el baño es delicioso en las aguas poco profundas y cristalinas.

En el puerto, la parada obligada es el bar Asprakis, al comienzo del muelle. A cualquier hora apetece un picoteo a base de pescadito frito, aceitunas, tomates y una Mithos, la cerveza griega. En Asprakis se cruzan los únicos veraneantes de la isla, que al volver de la playa disfrutan de la puesta de sol, a la sombra, con un aperitivo y quizá ante una botella de Mostra, un vino de una antigua variedad que se cultiva en las pendientes montañosas de Meteora. A última hora de la tarde van llegando embarcaciones que atracan en el muelle, y al caer la noche comienzan a abrir los restaurantes en torno al puerto. En todas partes se come de maravilla y la atención es siempre amable y hospitalaria.

En Lipsos hay realmente poca actividad. Es, como decíamos, una isla tranquila y en absoluto mundana, aunque hay algunos locales, algunos lugares alejados de todo y de todos que regalan un poco de vidilla en las plácidas noches isleñas. Uno de estos locales es Dilaila, en Katsadia Bay. Este restaurante-bar-café lo gestiona con una varita mágica Christodoulos, que además de ser el propietario y un chef exquisito, cuando cierra la cocina se transforma en un imaginativo DJ. Tuvimos la suerte de vivir la noche de la Fiesta de la Luna Llena: la bahía plateada, la música que inunda el aire, la gente se abandona a los placeres de la vida hasta el alba… Tras esta excepcional experiencia volvimos al día siguiente para probar los platos del menú. Christo nos agasaja con un fresquísimo carpaccio de calamar marinado en zumo de limón y de naranja, pimienta verde, uva, almendras, aceitunitas de Lipsi, y aliñado con aceite de oliva virgen extra. Le sigue un plato de Trelofeta, queso feta desmenuzado con tomates, croutons, láminas de naranja, diferentes hierbas del huerto como albahaca, hojas y tallos de apio, hojas tiernas de alcaparra y cilantro, y todo aliñado con su aceite virgen. A continuación llega el plato fuerte: un Psaroxorto, pescado recién capturado salteado con hierbas y especias y aceite de oliva (más otro ingrediente que Christo no ha querido revelarnos bajo ningún concepto). Y para concluir, un postre dulce-salado Fried feta with honey: una sutil rodajita de queso feta envuelta en pasta filo, frita en aceite de oliva y servida con un generoso chorrito de miel, semillas de sésamo y canela en polvo.

Los días se suceden en total relax entre escapadas al monasterio de Patmos y baños en Macronisi, unas escolleras frente al puerto donde el agua es de un azul límpido exagerado.

Para una cena especial nos vamos a Calypso, uno de tantos restaurantes del puerto, en este caso con una peculiaridad: el chef, Peppo, italiano de origen siciliano, tras muchos años de navegación a bordo de cruceros, ha elegido detenerse aquí y proponer un menú que recoge lo mejor de sus experiencias gastronómicas. Nos prepara un tartar de gambas crudas con tomatitos sobre salsa de albahaca y menta; unos calamares al horno con suave relleno a base de anís picadito, uva pasa, piñones, pan rallado, huevo y hierbas aromáticas. Las preciosas decoracions de los platos corren a cargo de Manuela Cupidi, amiga del chef: también ella pasa sus vacaciones en Lipsos.

Pero ahora toca reposar, que esta noche da comienzo la fiesta del vino. Llegarán gentes de todas las islas vecinas y correrán ríos de vino durante toda la noche, así que hay que estar listos!

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