El Hedonista El original y único desde 2011

“Para viajar lejos, no hay mejor nave que un libro”. Emily Dickinson

Menu abrir sidebar

Escapadas

A unos ochenta kilómetros de Huelva y a otros tantos de SevillaLos colores marcianos de Riotinto

El parque minero tiene varios enclaves de interés que permiten conocer su historia y disfrutar de un paisaje único en el planeta Tierra.

Tener recursos naturales puede ser una fuente de ingresos o de desgracias. Esto sucede, por ejemplo, en muchos países del continente africano que, pese a sus fuentes de riqueza, mantienen a la población en la miseria. Lo mismo ocurrió en Riotinto, el pueblo minero de Huelva al que todos han querido arrancarle las entrañas a cambio de poco o de nada.

Riotinto lleva cinco mil años de explotación minera. Los romanos fueron los que se emplearon más a fondo en la zona. Extrajeron sobre todo plata, hierro, azufre y cobre. Luego la tierra quedó destripada pero sin actividad durante trece siglos, hasta que, en 1873, el Gobierno de la Primera República se salvó de la bancarrota vendiendo la mina y lo que no era la mina a una corporación inglesa, la Río Tinto Limited Company. Con ello se inició una colonización en toda regla.

Bajo los ingleses, el pueblo de Riotinto floreció no para beneficio de los habitantes locales, sino para disfrute del staff británico que manejaba la mina y el cotarro. Imprenta, hospital, ferrocarril… todo fue creado por ellos, pero también para ellos. Levantaron su colonia de lujosas casitas victorianas, construyeron un auténtico club inglés para no contaminar sus tradiciones y elevaron una iglesia presbiteriana donde agradecer a Dios haber nacido en el lado bueno. También crearon lugares para practicar sus deportes favoritos: el golf, el críquet, el polo y uno desconocido en la España de la época, el football, que en 1889 dio lugar a nuestro equipo más antiguo, el Recreativo de Huelva.

Los vestigios ingleses forman parte de la visita, pero la verdadera belleza del viaje, obviamente, no está en el vilipendiado gusto inglés, sino en el alarde que aquí se ha marcado la naturaleza. Dicen que la cuenca minera de Riotinto es lo más parecido a viajar a Marte sin salir de la Tierra.

Lo que hay que ver no se ve en un rato. Conviene echarle un día completo, y mejor si son dos para empaparse de la historia y pasmarse a gusto con el paisaje. Las localizaciones están a pocos kilómetros unas de otras, pero es casi obligado moverse en coche. En la web del Parque Minero de Riotinto se pueden comprar las entradas para cuatro enclaves distintos: el museo, la Peña del Hierro, la Casa 21 y el ferrocarril. Ya que estamos, mejor verlo todo.

Primera manifestación ecologista

El museo es la primera visita absolutamente imprescindible para entender la historia terrible de la minería en Riotinto. Hay que leer, sí, para conocer el número de pueblos devorados por el ansia minera, unos desaparecidos y otros desplazados.

Conviene también enterarse en sus salas bien documentadas con fotos, periódicos y paneles de lo que pasó el 4 de febrero de 1888, «el año de los tiros», cuando impunemente disolvieron con balas una concentración de mineros con sus mujeres y sus hijos que protestaban por la contaminación generada por las calcinaciones de la pirita. El humo, que se veía desde Sevilla, destrozaba los cultivos de Huelva y envenenaba el agua, pero las autoridades se empeñaban en decir que la lluvia ácida no era mala para las personas y que los muertos no lo estaban siendo por enfermedades pulmonares adquiridas, sino que las traían ya de serie.

Los trabajadores estaban mosqueados por eso y por las condiciones laborales, por la miseria y por el abuso. Murieron doscientos tiroteados y rematados a bayoneta de los doce mil que huían despavoridos de la plaza del pueblo. Pero el Gobierno español no solo había vendido a la Río Tinto Limited Company la explotación minera, sino también el dominio absoluto de la economía y la política en la provincia de Huelva. Con ello, la corrupción española había pasado a manos inglesas y unos y otros se repartían la manipulación de informes médicos, el empleo de niños en la mina y la ocultación de los cadáveres. Los muertos salieron en la prensa reducidos a trece anarquistas que se habían enfrentado a la guardia civil; sus cuerpos y sus derechos quedaron sepultados en la mina.

Hay otras salas en el museo, con explicaciones geológicas, colecciones minerales para alucinar con los sofisticados diseños de la naturaleza, instrumentos, útiles y herramientas desde el 3000 antes de nuestra era, pasando por la Edad del Cobre, la del Bronce, la del Hierro… a la época romana, la Edad Media y la etapa británica.

El edificio cuenta también con la inquietante reproducción de lo que debió de ser una mina de la antigua Roma, un recorrido subterráneo de 200 metros con galerías y pozos donde se ve cómo trataban a los esclavos sepultados de por vida y condenados a extraer el mineral.

El tren de la fascinación

Ya con el corazón lastimado, es el momento de pasar a la alegría del tren minero. Solo por este medio es posible recorrer el paisaje rojo y ver de cerca el extraño río Tinto. Recorre parte del trazado original de la vía que construyeron los ingleses. Son 22 km para quedarse pasmado con la tierra abierta, los restos de vagonetas oxidadas, las construcciones abandonadas y los pocos árboles que los británicos dejaron vivos. Se disfrutan los vagones de madera, el traqueteo por la vía estrecha y, sobre todo, los colores marcianos de Riotinto. No hace falta ser un geoturista para dar saltos de emoción. Al final del viaje por ese paisaje raro, mientras se espera a que la locomotora histórica cambie de sentido, el visitante puede meter la mano en las aguas como de vino.

No hay que perderse el mirador de Cerro Colorado, fuera del circuito de pago, donde se puede otear la gigantesca mina a cielo abierto que actualmente taladra la multinacional Atalaya Mining para arrancarle el cobre. El enjambre de perforadoras, excavadoras y volquetes que van y vienen moviendo materiales no ensombrece la belleza espectacular del yacimiento.

Para muestra de cómo se lo montaron los ingleses, perdura el barrio de Bellavista. No era, como a veces se dice, para los trabajadores, sino para los directivos de la compañía, que vivían sin mezclarse con los pobres locales, que en aquella época eran prácticamente todos los habitantes. La Casa 21 es visitable. Se conserva tal como fue, con sus dependencias para amos y criados, con el mobiliario, los juguetes, esas cosas.

Más interesante y hermosa es la Peña de Hierro. Una mina que tenía nueve niveles con gente trabajando día y noche en épocas en las que la esperanza de vida de un minero se acababa a los 35 años. Hoy es un ecosistema único en el mundo, declarado Paraje Natural Protegido y Monumento Natural. Se accede por una antigua galería, con una bóveda de cañón construida a fines del XIX, hasta asomarse a una corta anegada de agua roja, una especie de lago rodeado de rocas en tecnicolor. Allí, como en otras zonas del río Tinto, nadan unas microbacterias capaces de metabolizar los metales que tiñen sus aguas, algunas se las apañan bien a más de seiscientos metros de profundidad, una proeza que estudia el Centro de Astrobiología español, asociado al de la NASA, con vistas al futuro.

Dicen que para la década de los treinta se enviará la primera nave tripulada a Marte. Se calcula que el viaje durará unos dos años. A Riotinto se puede uno acercar cualquiera de estas tardes.

Escapadas

Escapadas

La fiesta de las rosas de Kelaa M’gouna

Miguel de Santos

El primer fin de semana de mayo se celebra cada año en la población de Kelaa M’gouna la Fiesta de las Rosas, una excelente oportunidad para organizar un viaje e ir un paso más allá en el conocimiento de las tradiciones vivas de esta región del Atlas. leer

Todo esto
y mucho más
en Escapadas
+