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La antigua Tebas es el museo al aire libre más grande del mundoLuxor, bañada por el Nilo

Nos hemos sentido arqueólogos aventureros al penetrar en lo más profundo del Valle de los Reyes. Nada perturba la magia del lugar.

Hace unos 5.000 años, los egipcios construían fabulosas pirámides mediante métodos que siguen siendo un enigma en pleno siglo XXI. Mientras tanto, en Europa conseguíamos a lo sumo colocar piedras en círculo, véase Stonehenge. La civilización egipcia, la más grande de las antiguas civilizaciones, nos sigue fascinando hoy por su halo de misterio y la grandiosidad de sus obras. Una civilización que no habría existido sin el Nilo, en cuya orilla se erigió, magnífica, la ciudad de Luxor, la antigua Tebas, capital del Imperio Medio y el Imperio Nuevo de Egipto.

Los turistas han abandonado Egipto. Contra el temor infundado de que aquello es menos seguro que esto, poco podemos hacer. Lo que sí podemos es contar nuestra experiencia en Luxor, ciudad que visitamos por tercera vez y que en cada nueva ocasión nos fascina más y más. Personalmente, no echamos de menos a las hordas de turistas trotando en tropel tras el guía. Para Luxor y sus habitantes, sin embargo, la huida del turismo es una tragedia. Poco a poco, los viajeros independientes estamos regresando y lo hacemos encantados. Porque visitar Egipto ahora es un verdadero lujo. Hay momentos en que el instante se detiene mientras el Nilo fluye tranquilo y el paisaje parece levitar bajo la luz rosada del atardecer sin ruidos. Nada perturba la paz y la magia del lugar.

Una pincelada de Historia
Lo dijo el historiador griego Herodoto: Egipto es un regalo del Nilo. Hasta el río más largo del mundo (ahora parece que hay nuevas mediciones y el Amazonas quiere arrebatarle el título) llegaron hace unos 9.000 años los primeros pobladores huyendo de la sequía rampante en el Sahara. Pues sí, resulta que el cambio climático no es un fenómeno nuevo, y lo que hoy conocemos como desierto del Sahara fue hace miles de años un paisaje similar a la sabana africana, con sus laguitos, sus acacias, sus jirafas y gacelas. Lo ilustra muy bien Alastair Sooke en su extraordinario documental de la BBC sobre el arte egipcio: siguiendo la pista a unas incisiones en la roca que muestran una procesión de mujeres y jirafas de formas geométricas y abstractas encontradas en el Sahara, a miles de kilómetros de Egipto, llega Sooke a la conclusión de que aquellas tribus seminómadas del Neolítico se vieron obligadas a trasladarse más y más hacia el este en busca de agua y vida. Hasta que se toparon con el Nilo. Allí se asentaron y gracias a sus aguas y a las fértiles tierras, que permitían el desarrollo de la agricultura y la ganadería sin apenas esfuerzo, pudieron dedicar su tiempo y recursos a actividades más sofisticadas como la cultura, la arquitectura y el arte, creando una de las civilizaciones antiguas más grandiosas de la Historia.

La ciudad de Luxor, hoy
Si la historia oficial de Egipto comienza alrededor del 3050 a. C., la ciudad de Luxor -Tebas para los griegos- alcanzó su máximo esplendor hacia el 2.000 a.C. Durante más de mil años fue la capital del Antiguo Egipto, residencia de faraones, ciudad sagrada y morada de los sumos sacerdotes del dios Amón.

Luxor presume justificadamente de ser el mayor museo al aire libre del mundo. En 1979, el conjunto de Tebas con los templos colosales de Luxor y Karnak y las necrópolis de la orilla occidental (Valle de los Reyes, Valle de las Reinas, el Templo de Deir el-Bahari o Templo de Hatshepsut) fue declarado Patrimonio Mundial por la Unesco. Si contemplamos desde arriba el curso del Nilo a la altura de Luxor, podemos trazar unas líneas imaginarias que discurren paralelas al río. De este a oeste nos encontramos con una franja de desierto que nace en el Mar Rojo. La ciudad de Luxor se extiende a lo largo de la margen derecha del Nilo y justo cuando va a tocar sus aguas, una hilera de hoteles de 5 estrellas con vistas privilegiadas marca la frontera entre la ciudad bulliciosa y el Nilo, un mundo aparte que divide la realidad en dos. La otra orilla, la orilla occidental, parece anclada en el pasado: las vacas pastan en los fértiles campos junto a maizales, huertas y palmeras; los burros tiran del arado; viejos y niños se desplazan en carros arrastrados por mulas; en las aldeas diseminadas por aquí y por allá unos señores mayores cubiertos con chilabas y elegantes turbantes pasan el día charlando ante sus puestos de legumbres a pie de calle; el pan se hornea de forma tradicional, muy semejante seguramente a como se hacía en la antigüedad -se dice que los egipcios inventaron este alimento, que fueron los primeros en fermentar y hornear el pan. Y de golpe, tras el gran oasis, irrumpe de nuevo el desierto árido, parduzco y formidable donde duermen los antiguos faraones en sus tumbas.

Recorrer la antigua Tebas de este a oeste es viajar en el tiempo, no hay puentes que conecten físicamente las dos orillas, hay que cruzar en faluca y muchos habitantes de Luxor ni siquiera han pisado nunca la margen derecha, o viceversa. Nos fascina ese contraste abrupto entre los vestigios del antiguo Egipto en parajes desérticos imponentes y la ciudad nueva típicamente árabe, donde se mezclan coches y bocinazos con el canto del muecín, las mezquitas con las iglesias coptas, y bullen por doquier motocicletas con familia numerosa a bordo (y sin casco), calesas tiradas por caballos escuálidos, tiendas de especias, bazares, vendedores de todo tipo, mujeres cubiertas con un simple hiyab, con el chador o el más estricto niqab.

Nuestros imprescindibles
Pasamos por alto lo que aparece en todas las guías y nos detenemos en algunos lugares menos visitados que nos han dejado maravillados por lo sorprendente e inesperado del hallazgo. Hemos tenido la suerte de que alguien con mucho y buen criterio nos ha guiado hasta allí. Hablamos de Deir al-Madina, una antigua aldea egipcia, una comunidad cerrada donde vivían los artistas y artesanos -arquitectos, escultores, picapedreros, capataces- que trabajaban en las tumbas del Valle de los Reyes entre 1.500 y 1.000 a.C. Nos referimos también a la comparativamente humilde tumba de Pashedu, una de las más bonitas de la medina, y al templo de Habu, la faraónica construcción en honor a Ramsés III, menos visitado que Luxor y Karnak pero igualmente imponente dentro de su perfecta simetría y profunda perspectiva. Dudamos entre mantener en secreto “nuestros descubrimientos” y permitir que cada uno se sorprenda a la llegada, como nos hemos sorprendido nosotros, o sucumbir al ansia de querer contarlo todo, tal es nuestra emoción al sentirnos por un momento auténticos arqueólogos, maravillados al encontrarnos ante algo grandioso que nos supera, sintiendo de forma intangible la conexión con nuestros antepasados.

No queremos destripar el misterio, tan sólo diremos que el entorno de Deir al Madina, un valle pequeño y apartado, desértico y vacío, donde el tono pardo del adobe se confunde con la aridez de la montaña, es un lugar único por su riqueza arqueológica y artística que nos permite recrear muchos aspectos de la vida diaria de sus antiguos habitantes. Junto a los asentamientos encontramos templos abandonados, un monasterio, capillas, un enorme pozo, cuevas y tumbas. Penetrar en el interior de la montaña por un oscuro agujero, emulando a Indiana Jones, arrastrarnos agachados y a veces en cuclillas por estrechos pasadizos, ahora cuesta arriba, ahora cuesta abajo, respirando un aire un tanto viciado y caliente, para desembocar al fin en una cámara donde descansa un sarcófago y las pinturas y los jeroglíficos se mantienen casi intactos tras el paso de los siglos, es algo indescriptible. La tumba de Pashedu, posiblemente un capataz o un importante artesano de la época, es un ejemplo de lo que los artistas egipcios eran capaces de hacer cuando tenían libertad total para pintar: vemos una explosión colorista de escenas de la vida diaria, con personajes más vivos y reales, menos rígidos, que los que adornan las tumbas de los faraones. Estos artistas y artesanos tenían una imagen bien optimista de la vida después de la muerte y así el ‘más allá’ está representado de forma alegre, primaveral y lúdica, con flora exuberante y rica fauna, y escenas donde mujeres desnudas, palmeras cuajadas de dátiles, plantas de cannabis y adormidera y ríos de agua auguran una vida feliz después de la muerte.

En el Valle de los Reyes recomendamos no perderse la tumba de Ramsés IV, un prodigio de simetría y perspectiva perfectas, con jeroglíficos de colores fascinantes: turquesas, amarillos, rojos.

¡Y hay tanto aún por desenterrar y descubrir! Según escribimos estas líneas leemos en El País que una misión dirigida por la arqueóloga sevillana Myriam Seco acaba de hallar un hermoso enterramiento anexo al santuario de Tutmosis III. En el Valle de los Reyes hemos coincidido con un equipo de rodaje británico que está realizando un reportaje para la BBC. También con un equipo de más de 30 expertos que han comenzado a escanear la tumba del faraón Seti I, la más grande del Valle de los Reyes. El estudio Factum Arte -con sede en Madrid- proyecta, como ya hizo con el facsímil de la tumba de Tutankamon, crear una réplica idéntica, en alta resolución, en tres dimensiones y en color, del sepulcro de quien fuera hijo de Ramses I y padre de Ramses II, de más de 3.000 años de antigüedad y que aún conserva su rica decoración, oculta a los ojos del público, precisamente para evitar que sufra daños. Cerca de Deir al-Madina encontramos una aldea fantasma cuyos pobres edificios en tonos ocre deslavazado permanecen vacíos, abandonados. Se trata de un pequeño barrio cuyos habitantes fueron desahuciados para evitar pillajes en las tumbas bajo las casas, que ahora están siendo excavadas.

Picaresca y comisionistas
De picaresca los españoles sabemos un rato -nuestro es el Lazarillo de Tormes. Los amigos egipcios no nos van a la zaga, así que nos resignamos, como buenos turistas, a que nos tanguen de vez en cuando, mejor si es poco que mucho. Consolémonos pensando que por cada libra que gastamos (en cruzar el Nilo en barca, en coger un taxi, en comprar un cuenco de alabastro….), parte de ese dinero se va a repartir generosamente a lo largo de una larga cadena de comisionistas. Reparto de la riqueza, justicia distributiva, o como queramos llamarlo. De cualquier manera, lo que está claro es que aquí sobra tiempo: para regatear, tomar un té mientras se regatea y charlar y conocer un poco a la gente que se busca la vida a diario fuera de la burbuja de los hoteles de 5 estrellas. Así que tomémonos nuestro tiempo y regateemos: es un arte que ayuda a comunicarse, conocerse y compartir, y eso forma parte también del placer de viajar.

Guía práctica
– Vuelos: Egyptair tiene vuelos directos desde Madrid y Barcelona a El Cairo, y desde allí a Luxor. El vuelo a El Cairo dura entre 4 y 5 horas y el de Luxor una hora aproximadamente.
– Horarios y temperatura: los egipcios no han cambiado la hora en octubre, con lo que allí es ahora una hora más. En invierno hay unas once horas de luz: amanece sobre las 6 am y anochece sobre las 5 pm. Conviene madrugar. La temperatura es perfecta en esta época del año: de día hace calor, pero no sofocante. En el Nilo sopla casi siempre una suave brisa y por la noche hay que ponerse un jersey o abrigarse con una pashmina.
– Moneda: antes de salir hacia Egipto a finales de octubre, una libra egipcia equivalía a 8€. Al llegar, cambiamos a 13€. Es muy probable que hoy la libra siga cayendo, al haber decidido el gobierno no sostenerla artificialmente por más tiempo.
– Hoteles: El hotel Steigenberger es un 5 estrellas con ambiente agradable y un servicio atento, cordial y profesional. Los desayunos en la terraza junto a la piscina y frente al Nilo son un regalazo, y tomar una cerveza y unos meze por la noche, quizá acompañados de una shisha o narguile, en el bar-chill out pegado a la orilla del río, la mejor manera de despedir el día. Este lugar es especialmente encantador, rodeado de palmeras, alguna jacaranda y buganvillas. En el hotel vecino, el Sonesta, las vistas desde la última planta son imbatibles. El sofisticado y decadente Sofitel Winter Palace merece una visita y un paseo por sus espectaculares jardines y salones, aunque no da directamente al Nilo y eso en Luxor es un hándicap. Para evadirse, el hotel-palacio Al Moudira en la orilla occidental, perfecto también para una cena romántica.
– Compras: sinceramente, las compras mejor reservarlas para El Cairo. En Luxor se pueden comprar especias en las tiendas locales junto a la faraónica estación de tren. También alguna pieza de plata en el zoco detrás del templo de Luxor, un mercado desgraciadamente muy turístico. En los alrededores del Winter Palace hay algunas tiendas donde adquirir buenos tejidos de algodón.
– Costumbres y gentes: nuestra máxima de “donde fueres haz lo que vieres” nos ha dado siempre muy buenos resultados. Lo mismo que a nosotros no nos gusta ver a las mujeres con el burkini en la playa, a ellos nos les gusta ver a los turistas (ellos y ellas) en pantalón corto y tirantes. Cuestión de sensibilidad y consideración hacia el anfitrión. Los egipcios son gente simpática y amable, te tratan y reciben muy bien, siempre con una sonrisa franca a pesar de que las están pasando canutas.
– Visitas y falsos guías: en cada templo, en cada tumba, nos encontraremos con vigilantes dispuestos a dejarnos acceder a lugares “cerrados al público” o a permitirnos hacer fotos donde está prohibido hacerlo, a cambio de una propina. Cada uno sabrá lo que hace. Es muy gracioso encontrarse por la calle con algún “conocido” que nos saluda efusivamente y sale a nuestro encuentro gritando “¡Hola, ¿no me conoce?, soy el camarero de su hotel!”, con una sonrisa de oreja a oreja y dispuesto a guiarnos a cualquier sitio, mostrarnos una tienda o lo que haga falta. Los habitantes de Luxor son muy simpáticos, se puede uno fiar al 100% a pesar de la picaresca.
– Salud: aunque Moctezuma es mexicano, sus ansias de venganza llegan hasta aquí, así que ojo con la lechuga.

Estamos deseando volver a Egipto por cuarta vez y remontar el Nilo hacia Asuán, parando en Edfu para visitar el Templo de Horus y quizá volar a Abu Simbel. Y cómo no, regresar a El Cairo, una de las ciudades más caóticas y apasionantes que hemos visitado nunca. Y al delta de Nilo, que conocimos hace años y donde los niños ríen a carcajadas con la mirada, entusiasmados ante la visita del turista.

Sí, definitivamente Egipto es un regalo del Nilo. Y lo es también para quienes decidimos visitarlo ahora.

2 respuestas a Luxor, bañada por el Nilo

  1. Ana Cañizal dijo:

    Genial propuesta, muy bien contada y con todos los datos necesarios. ¡Me muero por volver!

  2. Chelo dijo:

    Ganas de salir corriendo a conocerlo

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