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Madeira, mar y montaña

En Madeira encontramos un destino de mar y montaña para todo el año.

Nos vamos de vacaciones. ¿Elegimos mar o montaña? Unos adoran el sol, otros quieren huir de la canícula. Los hay adictos al golf y al senderismo, aficionados a la pesca, el surf y la vela. Ornitólogos, amantes de la jardinería, gastrónomos y buenos catadores. Unos buscan planes activos, otros necesitan relajar cuerpo y mente.
He aquí la solución para todos los gustos: hemos recorrido la isla de Madeira de punta a punta y en tan solo 57 km de largo por 22 de ancho hemos encontrado playas y delfines, bosques de laurisilva y jardines tropicales, acantilados de vértigo y piscinas naturales de lava, paisajes jurásicos y de la guerra de las galaxias, hoteles de época y casitas de los 7 enanitos. Y sobre todo, hemos conocido personas hospitalarias, amables y apacibles que nos han hecho la vida agradable.
Los madeirenses sólo han exagerado en un punto: nos contaron que en Madeira se viven las 4 estaciones del año en un mismo día, y sin embargo nevar, lo que se dice nevar, en verano no ha nevado. Eso sí, a lo largo de nuestro recorrido por la isla, hemos sacado el bañador y el pareo para tostarnos al sol en la costa, nos hemos puesto el jersey y el chubasquero y calzado las chirucas para internarnos en las brumas y nieblas de la magnífica laurisilva, y nos hemos embadurnado de crema protectora para no acabar como cangrejos ¡a 1800 metros de altura!

Salimos prontito por la mañana de Funchal, la capital de Madeira a la que dedicaremos capítulo aparte, y nos dirigimos desde nuestro hotel Quinta das Vistas hacia el oeste. Dejamos atrás la zona turística del Lido y por la costa, atravesando plantaciones de plátanos, alcanzamos enseguida el encantador puerto pesquero de Câmara de Lobos, que está en plena celebración de sus fiestas. Bullicio mañanero, hombres jugando a las cartas sobre las proas de las barcas varadas, “sapata” y “bacalhau” puestos a secar al viento del mar, algún pescador que aprovecha el día festivo para trajinar con los aparejos… Nos llaman la atención que en la zona del puerto no hay mujeres: nos explican que ellas prefieren quedarse en los bares y cafés de la parte alta. Descubrimos el rincón bajo un árbol donde se sentaba a pintar Winston Churchill, allá por 1950, cerca del restaurante Villa do Peixe, donde acostumbraba a comer.
Câmara de Lobos es el lugar al que acuden los jóvenes de Funchal los fines de semana, donde la marcha se anima con un par de Ponchas, la deliciosa bebida típica de Madeira a base de aguardiente de caña, miel y zumo de limón o de una de las 10 variedades riquísimas de maracuyá. Con hielo, bien fría, está tan buena y entra tan bien que hay que andarse con cuidado.

Seguimos adelante por la carretera de la costa, admirando los huertos verticales en terrazas que desembocan en el mar y llegamos al Cabo Girão, el acantilado más alto de Europa y el segundo del mundo, con sus 580 m de altura. Espectacular. Abajo, a nuestros pies, aguas turquesas a través del suelo de cristal. ¡Qué vértigo!

Hace muchos años, cuando visitamos Madeira por primera vez, nos parecía que tardábamos siglos en recorrer unos pocos kilómetros. Hoy alcanzamos Ponta do Sol y Calheta, atravesando puentes, túneles y hasta una pequeña cascada, en un periquete.
En Calheta se encuentra el centro de arte Casa das Mudas, formado por una casa blanca del XVII, donde se atendía a las personas mudas de la isla, de ahí su nombre, y el nuevo edificio vanguardista del arquitecto madeirense Paulo David, construido en basalto a partir de la piedra volcánica extraída de las obras de perforación de los túneles. Lo que más nos gusta de este centro dedicado al arte, que programa también conciertos y festivales, es que no sólo está dedicado a artistas portugueses de renombre sino que ha reservado un espacio donde niños y jóvenes de la escuela vecina exponen sus obras. Y, sinceramente, después de haber contemplado algunas obras de artistas y “performers” en museos de arte contemporáneo de todo el mundo, creemos que estos chicos se merecen este espacio por mérito propio.
En Calheta hay una pequeña marina y dos playitas encantadoras de arena blanca traída de Marruecos.

La carretera de Calheta a Porto Moniz, en la costa norte, es un jardín paradisíaco. Tuvimos la suerte de recorrerla a finales de junio, cuando sus curvas están delimitadas a ambos lados por setos naturales de hortensias blancas y azules y agapantos lilas y morados. ¡Cuánto nos cuesta en Madrid que no se nos quemen las hortensias en verano y qué fácil brota aquí todo! La publicidad de la isla no miente cuando describe a Madeira como un jardín flotante. Miguel de Santos: ¡te volverías loco aquí con tu Instagram!

A partir de Porto Moniz comienza la costa norte, más salvaje, más espectacular si cabe, menos habitada. Los cultivos de vid en terrazas llegan hasta el mar esmeralda y los acantilados verdes y frondosos, coronados por la bruma, parecen sacados de la película Parque Jurásico. En Puerto Moniz encontramos más veraneantes portugueses que turistas extranjeros bañándose en las preciosas piscinas naturales de lava.
Y seguimos hacia Seixal, fascinados con el paisaje potente y virgen. Aquí paramos a repostar en el restaurante Brisa Mar, un lugar tranquilo, casero, con vistas maravillosas a los acantilados y a la playita negra de lava junto al puerto pesquero.

Regresamos a Funchal desde Sao Vicente, el único pueblo de la isla que no saquearon los piratas corsarios. Su iglesia del XVII, construida sin la alta torre del reloj, permanece oculta para los navegantes, agazapada tras las rocas.
Al atravesar la isla de norte a sur por un túnel de 3km, dejamos atrás las brumas y retornamos al verano.

El día siguiente lo dedicamos a explorar la parte oriental de Madeira. Nos hace de guía Cristiano, de Madeira Mountain Expedition, una de las muchas empresas de la isla que se dedican al turismo activo, quien nos recoge en la Quinta das Vistas a bordo de un flamante Land Rover con el que vamos a adentrarnos en los bosques de laurisilva.

Laurisilva, o bosque de laureles, es el nombre que recibe un tipo de bosque húmedo subtropical, endémico de Macaronesia, la región formada por los archipiélagos de Madeira, Azores, Canarias y Cabo Verde. En Madeira y desde 1999 es Patrimonio de la Humanidad.
Nadie se pone totalmente de acuerdo y las cifras bailan, pero parece ser que 5 M2 de laurisilva “producen” entre 2 y 3 litros de agua al día. Durante los tres meses de verano en Madeira no llueve, pero se forma una precipitación horizontal provocada por la humedad en forma de niebla que traen los vientos alisios.
Circulamos por una carretera seca y de pronto, al internarnos en la laurisilva, parece que empieza a llover. El bosque es mágico, la bruma se pasea por los árboles inmensos cubiertos de líquenes y musgos. Cuando alcanzamos una determinada altura (1.100-1.500m) y remontamos la niebla, la vegetación desaparece y a nuestros pies se extiende un mar de nubes por donde sólo se asoman las cumbres peladas.

Una de las mejores maneras de conocer la laurisilva, este fantástico legado medioambiental, es caminando por las «levadas», los antiguos canales de irrigación construidos a partir del siglo XVI para transportar grandes cantidades de agua de las vertientes orientadas al norte hasta el sur de la isla, donde el agua escasea. En Madeira hay nada menos que 1.500 km de levadas y se pueden recorrer a pie, permitiéndonos acceder al corazón de la isla desde la costa hasta la cima más alta a 1.800m de altitud. Nos encanta hacer senderismo, sentir que estamos rodeados de naturaleza, y hemos quedado fascinados por estos recorridos, que podemos planificar, comprobando su trazado y grado de dificultad a través de la app de walk me Madeira. Durante nuestra caminata por las levadas nos hemos topado hasta con senderistas en busca de tesoros e incluso con un iglú de lava donde en el siglo XIX almacenaban nieve para luego servir los cocktails en el famoso Reid’s de Funchal.

Salimos del bosque de laurisilva y nos dirigimos hacia el nordeste, al pueblo de Santana, donde encontramos esas casitas que parecen salidas del cuento de los siete enanitos, y más allá, en el extremo más oriental de Madeira, volvemos a quedar impactados por el soberbio paisaje rojo y rocoso de la Punta de San Lorenzo. George Lucas filmó aquí una escena de su Guerra de las Galaxias. Merece la pena perderse por estos senderos al amanecer, al atardecer o incluso en noches de luna llena. Es sin duda, uno de los momentos memorables de este viaje.

Madeira es un destino ideal para todo el año. La isla ha sabido conservar su esencia y sus tradiciones, apuesta por el turismo ecológico, activo y de salud, tranquilo e individual. Y además, los portugueses nos hablan en español. Aquí nos sentimos en casa.

Una respuesta a Madeira, mar y montaña

  1. maribel vives dijo:

    QUe maravilla de reportaje, el paraiso…

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