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Escapadas

Cuando en Europa llega el invierno, Marruecos siempre es una buena opciónMarruecos en invierno

Arte y buen tiempo desde Marrakech a Casablanca pasando por Taroudannt, Agadir, Essaouira y El Jadida.

Marruecos nos da la bienvenida con un sol cálido. Por fin cumplimos el deseo de escapar del frío europeo, que ya ha llegado para quedarse unos meses. Nada como este país para vivir una experiencia que mezcla pasado y presente, y  que reconforta de tantas cosas.

Marrakech
Marrakech, la más importante de los cuatro “ciudades imperiales” de Marruecos, se encuentra al pie de las montañas del Atlas. Junto con Fez, Rabat y Meknes, es la expresión más antigua del poder de las dinastías gobernantes desde hace 700 años. Los almorávides, los almohades y los meriníes construyeron alrededor murallas alrededor de sus para proteger mezquitas, palacios y jardines. Las paredes de arenisca roja de la ciudad y varios edificios construidos en ese período dieron a la ciudad el apodo de “ciudad roja”.

El corazón de Marrakech es sin duda la plaza Djemaa El Fna. Desde media tarde el lugar se transforma y lo que en principio es un enjambre de carros aparentemente normales, en un par de horas cambia para dar paso al escenario nocturno. Decenas de puestos a modo de restaurantes ofrecen deliciosos platos de comida callejera, desde brochetas de carne a sopa de caracol, con profusión también de puestos de venta de frutas y verduras de todo tipo de entre las que crecen en este gran jardín llamado Marruecos. Al mismo tiempo, el espectáculo continúa durante la noche con encantadores de serpientes, músicos, narradores orales, tatuadores de henna y vendedores de agua envueltos en sus trajes tradicionales.

Atravesando el antiguo barrio judío y el mercado de las especias se llega al Palacio El Badii, o lo que de él queda de lo que en tiempos fue residencia del sultán. Caminar por sus patios, la tranquilidad y el silencio crean el momento adecuado para dejar vagar la imaginación y recrear la magnificiencia de un tiempo pasado; pasear sobre las ruinas disfrutando de las vistas de la ciudad, custodiados por las cigüeñas que anidan en sus muros es un placer. Abajo, eso sí, la locura del tráfico de coches, motos, bibicletas y carruajes podría volver loco a cualquiera. Se necesita tiempo para habiturase al ritmo y al bullicio de esta ciudad.

Las grandes avenidas que llevan al centro de Marrakech están rodeadas por los hoteles de lujo que se esconden entre exuberantes jardines. Uno de estos jardines, quizás el más famoso, es el jardín de Majorelle. El jardín tiene una gran colección de plantas que crecen alrededor de una casa de estilo Art Deco. Fue diseñado por el pintor francés Jacques Majorelle, un amante de la botánica, y está inspirado en los jardines tradicionales de Marruecos. El resultado final es una obra de varias habitaciones en torno a un depósito de agua lleno de nenúfares. El objetivo de su creador era no sólo crear una colección de plantas de todo el mundo, sino construir un lugar donde los pájaros pudieran anidar. Este jardín es aún hoy una obra de arte viviente. En 1937, el artista creó un color azul especial, el azul profundo y brillante Majorelle que puede verse en la villa y en las decoraciones. Majorelle murió en un accidente de coche en el 62 y después de unos años de abandono, el jardín fue comprado por el modisto Yves Saint Laurent, que desde la primera visita quedó fascinado a primera vista por el lugar. Se dice que Yves Saint Laurent amaba tanto este jardín, inspirador de tantas de sus creaciones, que a su muerte sus cenizas fueron esparcidas en este lugar.

Situado a unos diez kilómetros de Marrakech se encuentra el oasis de La Palmeraie, que alberga en una superficie de 13.000 hectáreas más de 150.000 palmeras. La Palmeraie fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y en la actualidad alberga residencias y hoteles de lujo, campos de golf, restaurantes, y también ha sido recientemente abierto a la construcción privada, aunque con muchas restricciones. Pero lo curioso de este jardín especial es el sistema de tuberías subterráneas que transportan el agua desde las montañas cercanas y frondosos bosques que hacen de esta zona un oasis, incluso en los calurosos meses de verano. Marruecos ha elegido seguir el camino de las fuentes de energía renovables, y la reciente política del rey Mohamed VI en este sentido está renovando el país, y se espera que en el año 2020 el 42% de las necesidades energéticas nacionales quedarán cubiertas por este tipo de. En 2016, Marruecos será sede de la próxima edición de la conferencia climática de la ONU, la Conferencia de las Partes o “Cop22”, que se celebrará entre el 7 y 18 de noviembre.

Por el desierto hacia la costa
Dejamos Marrakech y cruzamos la cadena del Alto Atlas en busca del desierto que comienza detrás de esas montañas, ahora parcialmente cubiertas de nieve, lo que hace que se sienta el frío. A nuestra derecha la montaña Aoulime, con 3.550 m.;  a nuestra izquierda el monte Toubkal, con 4.167 m. Las carreteras están heladas y no sin cierta dificultad conseguimos llegar al desierto, donde aparece la hermosa ciudad de Taroudant, en la que nos detendremos antes de ir hacia al Océano, hacia Agadir.

Taroudannt supone una agradable sorpresa. Dentro de la muralla que la rodea y que se puede recorrer con un agradable paseo a pie o en coche de caballos, hay pequeños riads como mucho encanto y restaurantes que sirven carne de cordero y cuscús de verduras marroquí perfumado con azafrán Taliouine. Taroudannt está considerada, junto con otra espectacular ciudad bereber llamada Ouarzazate, el Hollywood de Marruecos. En estos pocos kilómetros hacia el desierto se han filmado decenas de películas como Alí Babá y los 40 ladrones, Laurence de Arabia, Té en el desierto de Bernardo Bertolucci, Kundun, de Martin Scorsese y otras muchas.

Dejamos Taroudannt y nos dirigimos a la costa, al encuentro de un antiguo agadir (granero fotificado). La búsqueda no es fácil, hay indicios, sólo tenemos un mapa dibujado a mano en una hoja de papel, pero después de una larga búsqueda de casi medio día aparece a lo lejos en la cima de una colina. Apenas llegamos a los alrededores, aparecen un hombre y una mujer que, con gran orgullo y amabilidad, abren el portal de la estructura y cuentan la historia de este ‘agadir’. Los graneros fortificados, considerados arquitectura monumental, eran una institución en la vida de las comunidades bereberes: almacenes colectivos que contenían maíz, armas, municiones y otros objetos de valor. Una especie de banco donde cada familia tenía su propia celda en la que almacenar sus bienes y estaban equipados con torres de guardia, que los convertían en fortalezas inexpugnables.

La ciudad de Agadir, en la costa del Atlántico, nos recibe con toda su belleza extendida a lo largo de un kilometro de playa, un lugar perfecto para unas vacaciones de invierno. Tal vez no sea tan típica como otras ciudades marroquíes, ya que fue reconstruida después del terremoto de 1960, pero es sin duda un punto de partida cómodo para muchas actividades: excursiones en 4×4 por el desierto, visitas al zoco, paseos a caballo, caminatas a las cascadas. Muy interesante e instructiva resulta la visita a los astilleros donde se construyen los barcos de pesca. Los trabajadores son muy amables y siempre están dispuestos a explicar los procedimientos de construcción. Agadir es un destino agradable y seguro, con servicios de calidad, por eso muchos jubilados del norte de Europa pasan allí  el invierno de una forma barata y divertida.

Nuestro viaje continúa por la carretera nacional costera, donde a 170 km al norte de Agadir están Essaouira. Un sueño, una respiración larga y profunda para recordar y describir esta ciudad. Desde el sur nos da la bienvenida una larga playa con aguas poco profundas, la marea se aleja, la gente camina descalza por la orilla frente a las terrazas de los pequeños bares del paseo marítimo, donde alguno que otro intenta disfrutar de un invierno bronceado. Este es el portal que da acceso a la ciudad vieja. Además, la estructura del mercado de pescado en una gran plaza da la bienvenida e invita a perderse por las calles de su medina, con un lugar en la lista de monumentos Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Desde la fortaleza, construida en piedra ocre y con los cañones todavía apuntando hacia el mar abierto, las bandadas de gaviotas vuelan rodeándola. A partir de sus muros emergen construcciones de un blanco brillante. La tranquilidad y la amabilidad de sus gentes, acostumbrados durante siglos a la presencia de los occidentales, hacen que esta ciudad afro-europea tenga un sabor único: fenicios, romanos, judíos, portugueses, españoles, franceses, todos han dejado su huella en la historia, un buen ejemplo de  multiculturalidad.

Perderse en las callejuelas de la Kasbah de Essaouira es un placer para los ojos y para la nariz. Hemosas alfombras multicolores adornan las calles, mientras los aromas de las especias acompañan al visitante. Un artesano martillea su trabajo en plata entre la tienda de un comerciante de antigüedades y la de un vendedor de cilantro y mandarina.
Los restaurantes de Essaouira, incluso los más pequeños, tiene una excelente calidad gracias a las materias primas de origen local, siempre abundantes. En primer lugar los peces recién pescados, siempre frescos y de gran variedad, con los que preparan un cuscús excepcional. Vale la pena detenerse en cada esquina de la medina  para tomar un té de menta contemplando el ir y venir de la gente y saboreando la sensación de este lugar. Essaouira es hermosa, maravilloso y poética, un lugar que poco a poco consigue meterse en la sangre.

Sin embargo, nuestra ruta continúa, y seguimos hacia el norte otros 250 kilómetros hasta llegar a El Jadida. La ciudad en sí no es gran cosa y tiene poco que ofrecer, pero vale la pena detenerse a visitar una ciudadela portuguesa de 1500. El dominio portugués duró aquí más de 250 años y lo que queda es una ciudadela fortificada y cuatro impresionantes bastiones. A pesar de ser bastante pequeña, la fortificación encierra algunas bellezas de gran valor histórico como la Iglesia de Santa María de la Asunción, construida en estilo gótico tardío, la cisterna portuguesa (una habitación subterránea de más de mil metros cuadrados construida en 1515 y utilizada como una reserva de agua), la capilla de la Inquisición, un hermoso minarete y un horno de pan.
A estas joyas, se unen edificios antiguos a los que una buena restauración ha conseguido devolverles todo su esplendor. Uno de ellos es el hotel y La Iglesia Capitainerie, un pequeño y encantador hotel que combina el refinamiento de la modernidad con las tradiciones marroquíes decó. Los colores cálidos, fuertes, pero no del todo invasivos, abrazan el visitante. Los muebles, tanto étnicos como ultramodernos, dan la sensación de estar en una verdadera obra de arte en la que nada se deja al azar. A poca distancia está Le Café Do Mar, de la misma propiedad, el lugar perfecto para un desayuno con vistas a la muralla.

Nuestra última parada en este viaje a Marruecos es Casablanca. Vamos a pasar los últimos días antes del regreso dedicándonos a disfrutar de la gastronomía local. Hay muchos y variados restaurantes en Casablanca: franceses, españoles e italianos, que se fusionaron con la cocina local; incluso la comida de la calle es estupenda, pero nos hemos propuesto que la última comida sea muy especial y 100% marroquí, por lo elegimos  el restaurante La Scala, que se encuentra en las murallas fortificadas del siglo XVIII, y que se encuentra en el Boulevard des Almohades. Allí estamos seguros de encontrar una exquisita comida y un entorno con gran encanto.

Aquí termina la aventura del Océano, de las ciudades imperiales, las montañas del Atlas y las dunas del desierto. En este recorrido por Marruecos descubrimos un país extraordinario de gente hospitalaria, amable y siempre dispuesta a sonreír. Se nos encoge el corazón al tener que partir, y hacer frente aún a tres meses 3 meses de frío invierno. Pero ahora sabemos que ‘tenemos amigos’ a tan sólo dos horas de vuelo de casa, donde el sol brilla 300 días al año.

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