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Capital mediterránea, multirracial y acogedoraMarsella

Marinera, luminosa, llena de vida y animación, Marsella está como nueva.

No importa si has estado antes: visitar Marsella ahora es (re)descubrir una nueva y revitalizada ciudad. Su nombramiento como capital de la Cultura Europea en 2013 y sede de los Juegos del Mediterráneo dio el impulso definitivo a un proyecto de renovación urbana colosal. El resultado es tan espectacular que los marselleses no ocultan su entusiasmo.

Finalizada la renovación del Vieux Port, la construcción de nuevos museos y la restauración y regeneración de barrios enteros, los marselleses han vuelto a ocupar su ciudad llenándola de vida en paseos, terrazas y monumentos, entre los que destacan obras singulares firmadas por arquitectos de renombre internacional como el japonés Kengo Kuma (centro FRAC), Norman Foster (Vieux Port) Stefano Boeri (Villa Méditerranée) y Rudy Ricciotti (MuCEM).

El Vieux Port, esencia de la ciudad
Con 57 kilómetros de costa, Marsella es una luminosa urbe rodeada de colinas con un marcado carácter mediterráneo tremendamente humano, multirracial, acogedor y a la vez bullicioso y apacible, la síntesis de lo mejor de la cultura y la filosofía de vida mediterráneas. Debe gran parte de su personalidad a sus 2.600 años de historia, en la que el Vieux Port es el eje y principal centro de actividad. Con la última renovación y peatonalización, proyectada por el paisajista Michel Desvigne en colaboración con Norman Foster – un proyecto que ganó el Premio al Mejor Espacio Público Europeo 2014 que concede el centro de la Cultura Contemporánea de Barcelona, y en el que pasa casi desapercibido El Pabellón de Foster situado en el Quai de la Fraternité, un simple techado de acero inoxidable reflectante abierto por los cuatro costados y apoyado en finos pilares – el Vieux Port se ha deshecho del caos de multitud de obstáculos y vehículos para recuperar belleza sin perder su alma. Desde este centro neurálgico se visualizan una buena parte de los tesoros de Marsella: flanqueado por los fuertes del S. XVII de Saint Jean y Saint-Nicolas y con las islas Friul y la isla y el castillo de If enfrente, la mirada recorre, a uno y otro lado del estrecho puerto (que podemos cruzar a bordo de un barquito que cubre ese tramo), el palacio del Faro, la Abadía Saint-Victor, fundada en el siglo V, el teatro de la Criée, la iglesia de Saint-Laurent, y arriba en la colina, la basílica de Nuestra Señora de la Guardia. Disfrutar del puerto es también pasear por la lonja donde los pescadores, que en su día fundaron la Cámara de Comercio más antigua del mundo, venden su captura fresca de la mañana, y regalarse con su mercadillo de flores, contemplar sus grandes veleros, pesqueros y yates o recorrer sus múltiples terrazas. En Marsella se diría que no hay prisa.

Nuestra recomendación es alojarnos en este punto de la ciudad. El hotel La Residence du Vieux Port está perfectamente ubicado: desde sus habitaciones tenemos una vista inmejorable sobre el Vieux Port; nos encantan además su terraza junto al paseo, ideal para un pastis a la hora del aperitivo, y el desayuno-buffet absolutamente delicioso en el primer piso, con un par de balconcillos donde comenzar la mañana disfrutando del sol. Aparte de que el personal del hotel es encantador y habla un perfecto español, nos gestionan la compra del citypass e incluyen un pase para nadar en la piscina olímpica de Marsella. Muy cerca se encuentra el restaurante Une Table au Sud del chef Ludovic Turac, el estrella Michelin más joven de Francia. Y si queremos cenar con las mejores vistas en pleno verano, nada como Le Chalet.

Marsella desde la Bonne Mère y paseo por La Corniche
El city pass permite acceder a los museos y a todos los transportes públicos, incluido el barco al castillo de If y la isla de Frioul, donde en otros tiempos cumplían cuarentena los viajeros que pretendían entrar en Marsella. Se trata de una tarjeta muy recomendable para acceder a los distintos enclaves turísticos de la ciudad pues en Marsella hay pocos taxis y aunque la ciudad ofrece también alquiler de bicicletas, las grandes pendientes complican su uso. Así, un tren casi de juguete nos simplifica el acceso a la colina más alta donde domina la Bonne Mère protectora y protegida de los marselleses, Nuestra Señora de la Guardia, una bella basílica de estilo neo-bizantino desde donde se divisa toda Marsella. Nos quedamos maravillados en el interior de la basílica, deslumbrados por los preciosos mosaicos coloristas y la cantidad de exvotos en forma de barcos que cuelgan del techo. Este es un buen plan para el domingo, cuando las tiendas están cerradas y el centro de la ciudad dormido. Merece la pena luego descender a pie a través del Bois Sacré, cruzar el barrio de Endoume, el de los marselleses de toda la vida, el de los pescadores, llenos de restaurantes y cafés du quartier: Café de l’Abbaye, Maison Saint Honoré, la famosísima boulangerie de Pierre Ragot, y acercarse al pequeño puerto pesquero Vallon des Auffes, un coqueto enclave que anuncia los encantos de las Calanques, una sucesión de calas abruptas más al sureste de la ciudad con aguas transparentes color turquesa en un parque protegido de 20 kilómetros de costa. Con buen tiempo, evitando los meses de más calor, Les Calanques es una escapada obligada, siempre provistos de buen calzado y vituallas y agua para la marcha. También se puede navegar hasta Les Calanques en excursiones organizadas desde el Vieux Port, un plan ideal desde finales de abril hasta finales de septiembre. Hay que calcular como mínimo tres horas de travesía, entre ida y vuelta. Desde el puertecito de Vallon des Auffres o su cala vecina Anse de Malmousque, a cual más bonita, podemos volver al centro de la ciudad en el autobús 83, o quedarnos a comer al borde del mar en el Petit Pavillion – tan pequeño que hay que reservar con antelación- o en el restaurante Le Rhul, elevado sobre la Corniche y con vistas a las islas, junto al puente de la Fausse Monnaie, o tomar la tradicional bouillabaisse en el clásico Chez Michel (según muchos, la mejor bullabesa de la ciudad), entre la playa de los Catalanes y el Faro.

Recorrido por la Canebière
Cumplido el primer vistazo panorámico, podemos pasear remontando la Canebière, una ancha avenida comercial perpendicular al puerto. Nada más cogerla, los amantes del hogar tienen como visita obligada las tres tiendas de Maison Empereur: una ferretería antiquísima, el paraíso de los instrumentos de cocina y objetos para la casa de-toda-la-vida que hará las delicias de cualquiera: desde ropa artesanal hecha en Francia, como chaquetas marineras bretonas, patucos de lana y camisas, hasta paños de cocina por metros, cacerolas, jabones de Marsella en diferentes versiones y mil y un cachivaches utilísimos. A la vuelta de la esquina está el restaurante Le Femina: según nuestros amigos de Marsella, el mejor couscous de la ciudad. Un poco más arriba se encuentra el mercado árabe con la mejor representación del sur del Mediterráneo: panaderías, frutas y verduras, tiendas de especias orientales como Saladin, donde se venden todo tipo de tés e infusiones a granel, la harissa y el ras el hanout, imprescindibles en la cocina del norte de África y a los que somos adictos, y un sinfín de frutos secos…, todo ello a lo largo del Marché des Capuçins. Abierto todos los días, es un zoco bullicioso donde se mezclan productos de todos los rincones del Oriente, perfecto para tomar un té a la menta, comprar dulces del norte de África o especias de la India. Justo al final de la Canebière, se encuentra el simpático bistrot marinero La Boite à Sardine, famoso por su decoración con latas de sardinas y por sus ostras, pescados y mariscos.

De marcha en Cours Julien
A los más alternativos les gustará remontar la colina, una de tantas que existen en Marsella, y subir hasta el barrio de la Plaine y su plaza Jean Jaurès o Cours Julien (Cours Ju para los amigos), llena de terrazas, bares, restaurantes étnicos y comercios underground. Un barrio destartalado y contracultural donde el tiempo se para y los marselleses pasan las horas charlando, pintando graffities o jugando a la petanca en la animada plaza de Boule Carli. Los marselleses saben integrar y sacar partido del punto canalla y transgresor fruto de la vida portuaria multi-racial, policultural y comerciante. Ya sea con música rap, nuevas tendencias artísticas, clases de yoga o mercadillos orgánicos, por todo el centro de la ciudad se respira cohabitación, con ofertas eclécticas y centros culturales peculiares como la vieja fábrica de La Friche o la Station Alexandre. Para comer o cenar en Cours Ju, son perfectos Les pieds dans le plat y Les Gamins.

El barrio de la Ópera y la rue Paradis
Del barrio alternativo de la Plaine damos un salto al cercano y más chic de la Ópera. Marsella está orgullosa de apoyar a sus artistas y jóvenes creadores y las tiendas de la ciudad rebosan diseño y originalidad. Descubrimos que marcas tan conocidas como American Vintage, Les temps de cerises, Gas, Un jour mon prince, son marsellesas. Las boutiques de moda, las galerías de arte, los concept stores y los pequeños bistrots se concentran en torno a la rue Paradis, la más trendy, aunque en Marsella todo tiene un aire décontracté, sumamente relajado, y nada destaca por ser despampanante ni ostentoso. Son interesantes todas las calles que salen de la rue Paradis hacia la derecha: rue Sainte, rue Grignan, rue Montgrand… El carácter alegre e imaginativo de los marselleses se refleja en locales como Jogging, una tienda multimarca muy exclusiva y versátil que ocupa una antigua carnicería, La Boucherie. Es obra de la imaginación de dos amigos, Charlotte Brunet, quien fue responsable de Comunicación y Marketing de Marsella 2013, y Olivier Amsellem, fotógrafo de moda y diseño, artífices también de la tienda pop-up que ha estado representada este año en el 30º Festival de la Moda y la Fotografía Hyères que organiza Karl Lagerfeld. Por aquí se encuentra también el nuevo centro de arte, moda y diseño Jardin Montgrand, un espacio de 300 m2 en un antiguo palacete que comparten 30 marcas de creadores locales, con un agradable jardín interior ideal para tomar algo. Y muy cerca también encontramos el barrio de los anticuarios en la rue Edmond Rostand. En cuanto a bares, la opción es infinita y basta con pasear y elegir la terraza y el ambiente que más nos seduzcan. Uno de nuestros favoritos es el conocido Bistrot L´Horloge, en 11 Cours Honoré d’Estienne d’Orves, una gran plaza con terrazas muy concurridas. Y en cuanto a restaurantes, esta zona está repleta de pequeños y encantadores bistrots, como Le Poisson Rouge, subiendo hacia el barrio de Notre Dame, L’Orgasme, con toque asiático, el fantástico Le grain de sel o Boudiou. Como dicen por aquí: l’embarras du choix! Difícil elección. Merece la pena, aunque no estemos hospedados en él, pasar por el hotel C2: está muy bien ubicado, tiene un bar ideal, muy animado antes y después de la cena, presidido por una lámpara maravillosa de Ingo Maurer, y los miércoles por la tarde organizan conciertos en directo. En la decoración no faltan sillones de Patricia Urquiola, las habitaciones son luminosas, con pared de ladrillo visto, suelos muy originales enmoquetados con vistas aéreas de Marsella, un spa en la cave muy acogedor que en verano se traslada a la playa privada del hotel, a donde llevan a los huéspedes en zodiac. Y si lo que queremos es un buen tratamiento relajante, nada mejor que un hammam en La Bastide des Bains. Las pastelerías y panaderías no faltan tampoco en este barrio tan comercial, a destacar la tradicional y lujosa librería salón de té Les Arsenaulx, o la pequeña Minoofi Bakery, famosa por sus cup-cakes. Si lo que nos gusta es el pan tradicional, no muy lejos está el antiguo horno la Four de Navettes, fundado en 1781, en la rue Sainte, que finaliza en la Abadía Saint-Victor, desde donde muchos se paran a ver la puesta de sol.

Por la Villa de la Mediterranée hasta Le Panier
Desde el Vieux Port hay un paseo muy agradable bordeando el fuerte San Juan por mar hasta el malecón donde literalmente emergen dos grandes edificios: en blanco, la Villa Mediterranée y en gris oscuro, cubierto con un encaje de cemento, el MuCEM. Ambos edificios son museos que rinden homenaje al crisol de culturas de la ciudad y al mar Mediterráneo. No sólo destaca su arquitectura singular, sino su original integración con la fortaleza medieval de St. Jean y la catedral Sta. María La Mayor, al fondo de la explanada. Desde el MuCEM se puede llegar por dos caminos igual de atractivos al barrio de Le Panier. Uno, desde dentro del museo, cruzando la pasarela de acero hasta la fortaleza y de ahí a Le Panier, no sin parar un momento frente a la iglesia de Saint-Laurent y aprovechar para disfrutar de las vistas del puerto y la ciudad. Otra opción es acercarse a la catedral Santa María La Mayor, y de ahí subir hasta Le Panier. O quizá apetezca pasear a lo largo del barrio de La Juliette por los edificios reformados de Les Arcades hasta el nuevo centro comercial Les Terrasses du Port, donde los domingos soleados la gente se reúne a pasear y tomar algo en sus terrazas.

Le Panier es uno de los barrio más antiguos de la ciudad, fundado por la primera oleada de emigrantes italianos: un entramado de callejuelas y plazoletas con coloridas fachadas y contraventanas en tonos pastel donde abundan las galerías de arte, talleres de jóvenes creadores, tiendas de ropa, pequeños bistrots y acogedoras terrazas. Bohemio y chic a la vez, lo mejor es perderse entre sus cuestas y bajadas, sin olvidar una visita a la Vieille Charité, un antiguo hospicio del siglo XVII restaurado y reconvertido en centro de eventos culturales. La bajada al puerto es un paseo agradable que puede finalizar con un té en Cup of Tea (1 Rue Caisserie), una librería bistrot con terraza. Si os queréis alojar en el barrio, el hotel Au vieux panier es la mejor opción.

La ruta Madrid-Marsella está atendida por Air Nostrum con tres frecuencias diarias. Air Nostrum, que lidera las conexiones entre Madrid y ciudades francesas, vuela desde aeropuertos españoles a los siguientes destinos galos: Burdeos, Estrasburgo, Lourdes, Lyon, Marsella, Nantes, Niza, París, Perpiñán y Toulouse. Además, en las semanas centrales de verano se activan nuevos enlaces de destinos franceses con ciudades españolas como Carcasona- Alicante o Ibiza-Perpiñán.

Una respuesta a Marsella

  1. Pris Deckard dijo:

    Un artículo estupendo; incluso sin esas preciosas fotos consigue crear la impresión de que se está recorriendo esas calles y disfrutando de la ciudad… ¡Y hace que te den ganas de visitar Marsella!. Enhorabuena, ¡un gran trabajo! :)

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