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Escapadas

Nuestro desconocido vecino europeoMoldavia, el país donde el único turista puedes ser tú

Verde y lleno de lagos, el país viene a ser del tamaño de Cataluña, pero con la mitad de habitantes; a un lado tiene a Rumanía y al otro a Ucrania.

El título es una exageración, pero Moldavia recibió en todo el año 2018 unos ciento cincuenta mil visitantes extranjeros. O sea, que lo que sí está garantizado es que en nuestro álbum de fotos del viaje nunca aparecerán más turistas que nosotros.

A simple vista, el principal encanto de la República de Moldavia es su color verde y sus miles de lagos. Tiene bosques para aburrir. Hay mucha agricultura, pero incluso sus campos monótonos de girasoles o de maíz están cercados por filas interminables de nogales. La variedad de árboles es inmensa, una mezcla de hayas, moreras, robles, acacias, abedules, avellanos, tilos, álamos… y unos sauces con ramas que arrastran como vestidos de novia.

Recorrer este país es una alegría para los ojos, siempre que no miremos las carreteras, generalmente malas y excepcionalmente aceptables. ¡Pero quién tiene prisa!

Un país sin mar lleno de playas
Chisináu es la capital de Moldavia. Exhibe avenidas y edificios de proporciones comunistas, pero también tiene calles y bulevares agradables, con terrazas en verano, tiendecitas tradicionales y puestos de flores. Las visitas culturales estrictamente obligadas son al Museo Nacional de Historia y a la casa de Pushkin. Hay otros museos que están bien, como el de arte o el de etnografía, para quien tenga tiempo, y el militar, para quien le guste.

El centro es abarcable a pie, incluida la catedral y la Torre del Agua, a la que conviene subir para tener una vista elevada de por dónde nos movemos.

Chisináu tiene centros comerciales al uso, como los de cualquier lugar del mundo con las tiendas de cualquier lugar del mundo, pero por suerte conserva comercios locales. Es maravilloso visitar su mercado central, abarrotado cada mañana, con puestos agrupados por especialidades y enormes naves para la carne, para pollos y patos, para lácteos o para el pescado de agua dulce. Un espectáculo de olores y colores.

La capital de Moldavia tiene cemento, como todas, pero sus colosales árboles se encargan de reventar las aceras para que quede claro quién manda también en la ciudad. Hay parques, muchísimos parques, con lagos rodeados de arena fina donde en verano la gente planta la toalla y toma el sol con vistas a las torres de hormigón que acaban por emerger, inevitablemente.

Valea Morilor es un jardín inacabable donde se puede remar, nadar, montar en bici y tomar helados. Trandafirilor es otro parque con zonas muy cuidadas junto a espacios donde la naturaleza crece porque sí, porque no le queda otro remedio, igual que pasa en su jardín botánico, que no hay que perderse, aunque pilla a trasmano del centro.

Se puede llegar a los parques más alejados en coche, porque hay donde aparcar, en taxi o en los trolebuses que inundan la ciudad y que si no fuera por Photoshop fastidiarían todas las imágenes con su cableado.

El viajero dirá que para ver parques no se va hasta Moldavia, pero se equivoca: estos sitios son diferentes en diversidad y uno no podría decidir si están más bonitos en primavera, con flores a reventar; en verano, con sus pintorescos bañistas; en otoño, con millones de hojas de colores; o en invierno, cubiertos por la nieve silenciosa… Y en cualquier estación se puede encontrar en ellos al todo Moldavia en su salsa.

De excursión por los alrededores
Con base en Chisináu se pueden hacer excursiones muy interesantes. La principal es a Orheiul Vechi, un sitio más en el mundo de esos que llaman «museo a cielo abierto», pendiente de ser incluido en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco. Es un ancho y largo espacio que a la humanidad le ha gustado desde siempre. Tiene ruinas de viviendas, fortificaciones y espacios para el culto desde los siglos XI al XVI. También hay habitaciones excavadas en la roca, de un pasado troglodita, una iglesia y un monasterio.

El paisaje es espectacular, un valle con gargantas y ríos circundado por terrazas aluviales. Y al otro lado, restaurantes y hospederías. Aquí sí vienen gentes de todas partes, según dice Nikolay, un joven ruso al que avisan para informar a los turistas porque es el único que habla inglés. «Tenemos alemanes, franceses, italianos…, pero españoles, hasta ahora, no había visto a ninguno», dice mientras muestra el local más lujoso de Orheiul Vechi. Nikolay corrige cuando le dan las gracias en rumano: «Nada de multumesc, mejor en ruso: spa-see-ba».

Desde la capital hasta el sitio hay poco más de 50 km, pero se tarda más de una hora.

Dios está en todas partes
Moldavia no tiene religión oficial, aunque como ocurre en todos los países de pasado comunista se han lanzado de cabeza a practicar el cristianismo. El 98 % se declaran ortodoxos, unos siguen al patriarca ruso y otros al rumano.

A la entrada de todo pueblo que se precie hay un Cristo. También un pozo. Es una especie de meeting point además del lugar donde abastecerse. Las infraestructuras deficitarias y las sequías periódicas no dan agua para todos. Nina carga con cubos varias veces al día, desde el pozo de la carretera hasta su casa, que está cerca, señala dónde vive y se ríe enseñando sus dientes de oro. Dice o parece decir, que eso mantiene sus brazos fuertes. Nina se santigua varias veces.

Para los amantes de los monasterios hay una grandísima oferta: cuatro en la misma zona, que llaman la Cruz de Besarabia, obviamente por su colocación: Harjauca, Raciula, Harbovat y Frumoasa. Están a unos 100 km de Chisináu.

Los monasterios son todos en tecnicolor, con muchos brillos. Tienen su interés histórico, y abundan no solo cerca de la capital. También está el de Tipova, excavado en la roca, con celdas e iglesias de los siglos XI-XII y del XIV; el de Saharna, con cascadas en su camino… Interesantes por la arquitectura, porque siempre hay gente y por sus curas con aspecto hípster.

Las mujeres se cubren la cabeza para entrar en estos lugares. Si no queremos que nos presten un pañuelo, no hay que olvidar meter uno en la maleta.

Turismo de vino
Muy relacionado con la Iglesia está el vino. El 8 % de la superficie cultivable de Moldavia se destina a viñedos. En sus valles crecen uvas desde hace cuatro mil años, hoy tienen más de 30 variedades, algunas nativas, y cuentan con cuatro regiones con denominación de origen: Balti (norte), Codru (centro), Purcari (sureste) y Cahul, al sur, la más importante. Moldavia figura ya en el top ten de los exportadores mundiales y subiendo. Entre sus clientes están Polonia, Dinamarca, Rumanía, Estados Unidos, Canadá, China, Japón, e incluso Italia y Francia.

Hay unas 170 bodegas por todo el país, pero las más populares son las de Cricova y las de Mileştii Mici. Son tan tremendas que se visitan en coche: 120 km de galerías subterráneas en las primeras y 240 en las segundas. Dos millones de botellas y otras cifras que las han puesto en el libro Guinness de los récords. Se puede reservar la visita en sus páginas web, con degustación incluida y con anécdotas sobre la visita de Yuri Gagarin o chascarrillos sobre las botellas que Angela Merkel conserva en sus bodegas. Una experiencia verdaderamente turística. «Cada día organizamos visitas —dice Valentina, de Mileştii Mici—. Durante todo el año, viene mucha gente de todas partes del mundo. Tenemos un tour de una hora y veinte minutos, que podemos hacer en rumano, inglés o ruso. Los turistas entran con su propio coche, pero también pueden tomar un taxi que les cobra una tarifa única. Muchos son de Rusia, Rumanía, Ucrania… Hay turismo de interior y no nos faltan alemanes, franceses, incluso norteamericanos… Españoles, no; es raro».

La bebida concita el mayor interés turístico en Moldavia. Como también su multitudinario festival del vino, en septiembre.

Una vuelta por Moldavia
Moldavia viene a ser del tamaño de Cataluña con aproximadamente la mitad de habitantes, tres millones y medio. A un lado tiene a Rumanía y al otro a Ucrania. Así que sus nacionales se dividen entre los que miran a la Unión Europea y los que se mantienen fieles a Rusia.

Este país es muy joven, se declaró independiente justo cuando la Unión Soviética se hizo pedazos, en 1991, pero una parte dijo que ni hablar, que iban a ser más rusistas que Rusia. Desde entonces, mantienen desempolvadas las estatuas de Lenin en sus plazas. Ahora ese trozo es Transnistria, una franja en su parte oriental que existe como país en la teoría, pero no en la práctica, o quizá sea al revés. Nadie lo reconoce, excepto Abjasia, Nagorno-Karabaj y Osetia del Sur, que están también en precaria situación; hasta su mentor, Rusia, los ha dejado en el limbo.

Tiráspol, la capital de la franja separatista de Transnistria, está a unos setenta kilómetros de Chisináu. Cuando uno pregunta a los moldavos por ese diez por ciento segregado de su territorio siempre contestan que les da pena. «No es bueno para el país», opina Vasya, el propietario de un restaurante donde cuelga una señera, pero es solo porque le encanta Barcelona, dice. Los transnistrios, en cambio, se perciben como víctimas. «Somos otro país; ustedes deben aceptarlo», se queja un soldado del impresionante castillo de Bender, una ciudad muy interesante y populosa, con calles, comercios y bares animados, menos avenidas de arquitectura mostrenca y más gente abierta.

El Ministerio de Asuntos Exteriores de España desaconseja la visita a Transnistria, pero todo está tranquilo. Se atraviesa un puesto fronterizo normal, como pasaba en la era pre-UE, cuando íbamos a Francia o a Portugal en coche; se muestra el pasaporte y se pagan unos tres euros al cambio, y ya. La gente es igual que en todas partes: no muerde.

En Transnistria todo es de la cadena Sheriff: supermercados, gasolineras, su equipo de fútbol… Incluso los políticos pertenecen a Sheriff, o quizá sea al revés.

En Sheriff están acostumbrados al turismo. Se sienten exóticos. «¿Quiere que le dé monedas para coleccionarlas?», pregunta la encargada de la primera oficina de cambio nada más pasar el puesto fronterizo.

Arquitectura mostrenca
Y también les hace gracia visitar el parlamento, que es horrible, y que está precedido por una no menos horrible estatua de Lenin. Es hermoso el Dniéster, claro, donde la gente toma el sol en verano y se baña en sus playas, al gusto moldavo. Enfrente hay un gran memorial, que recuerda a quienes en 1992 se dejaron la vida por querer separarse unos y por no dejarlos los otros.

Aquí se ve que hay más dinero, proceda de donde proceda. Las carreteras están mejor que en el resto de Moldavia y todo parece más pulcro. Entenderse es más complicado, porque nada está escrito en caracteres latinos, todo en cirílico, y porque la gente habla ruso sí o sí, sin parar, como si les diera igual no ser entendidos. Eso hacen Dimitri y Serguei, que se pasan más de veinte minutos diciendo, al parecer, cosas interesantes.

Desde Tiráspol se puede subir hacia el norte, viendo más de Transnistria. Carretera arriba está Dubasari, también con su estatua de Lenin bien puesta. Y poco después se sale de este trozo desgarrado por Ribnita, para visitar Soroca, y su impresionante fortaleza circular del siglo XV.

Si bien en Transnistria todo lo preside Lenin, en Moldavia es Stefan cel Mare el encargado; su héroe local tiene estatuas en todas las poblaciones y a él le brindan la mejor avenida de cada sitio. Para poner en el navegador que nos lleve al centro de un lugar no hay más que teclear su nombre.

Recorrer con calma el país da lugar a sorpresas muy agradables, como encontrarse con el puente construido por Eiffel en Ungheni. Apenas se ve en verano, por los árboles frondosos y porque está pegado a Rumanía y la policía de fronteras no permite el paso, pero los alrededores son muy agradables.

Reserva de la biosfera
Moldavia tiene dos ríos importantes el Dniéster y el Prut, que es un afluente del Danubio. En su parte baja forma este río unos humedales que ya estaban en la lista Ramsar por su importancia. Se considera que los humedales son vitales no solo para las especies vegetales y animales que viven en ellos, sino para la supervivencia humana, porque suministran agua y alimentos a las poblaciones cercanas, contribuyen al control de las crecidas de ríos y mares, enriquecen las aguas subterráneas, frenan el cambio climático… Ahora la Unesco ha declarado Reserva de la Biosfera esta zona del bajo Prut.

Sin embargo, en Cahul, la ciudad más cercana ni siquiera se han enterado. «¿Ah, sí? Yo hace años que no voy», dice Irina, empleada en un hotel que queda a unos 20 minutos en coche del humedal. «Eso es un terreno encharcado en el que ni siquiera te puedes bañar —comenta una mujer en la recepción—, pero se lo diré a mi hermano, que es guía turístico y seguro que se va a alegrar».

No piensan lo mismo los pescadores de Crihana Veche y Slobozia Mare, que acuden al humedal y lago Beleu cada tarde con sus cañas y sus redes. A ellos no les gusta que declaren nada, temen que afecte a su modus vivendi.

En la reserva del bajo Prut, especialmente al caer el sol, se pueden ver garcetas y garzas, cigüeñas blancas, cisnes, pelícanos, avetorillos… hasta hartarse. La sola visita a esta zona justifica un viaje a Moldavia. Aunque hay mucho más. Y lo mejor de todo es que aquí el único turista puedes ser tú.


Recomendaciones de viaje
Cómo llegar
Hay vuelos directos desde Madrid y Barcelona con AirMoldova, una compañía cómoda y agradable. Lufthansa, Turkish, Aeroflot y Tarom, la rumana, también viajan a Chisináu con escalas. Lo mejor es reservar un coche con antelación en una compañía internacional y recogerlo en el mismo aeropuerto. Como no es un país de la UE, viene bien contratar wifi móvil en vez de navegador. De este modo, tendremos conexión para buscar cualquier destino desde nuestro teléfono, en cualquier momento y a lo largo de todo el país. El aeropuerto está cerca de la capital, a unos 12 km.

Cambio de moneda
Se puede cambiar al llegar en el aeropuerto, pero poco, porque es más caro. En todas partes hay lugares de cambio, en bancos, joyerías, supermercados… Casi todos tienen el mismo precio. Nadie engaña. En Transnistria se cambia en cualquier supermercado Sheriff.

Idioma
Los moldavos hablan moldavo, que viene a ser el rumano, pero que prefieren llamarlo de otra forma. Utilizan caracteres latinos o cirílicos. En el primer caso, al ser una lengua derivada, como la nuestra, del latín, se entienden muchas palabras cuando las vemos escritas; en el otro, tendremos que practicar. El segundo idioma más hablado en Moldavia es el ruso, que casi todo el mundo conoce, especialmente en las zonas del este y sur del país. Y el tercero es el ucraniano. Aquí no ha llegado la colonización del inglés. Poca gente lo habla, solo algunos jóvenes, los recepcionistas de la mayoría de los hoteles, los camareros de los restaurantes más internacionales… Por suerte, el lenguaje gestual es el único verdaderamente universal. En este país de emigrantes (cerca de un 30 % de su población) encontraremos de vez en cuando personas que hablan español porque han estado trabajando en España.

Conducción
Moldavia es bastante llano, apenas hay montañas; así que escasean las curvas. Es fácil encontrar dónde aparcar, incluso en la capital; por suerte, aún no conocen la ORA. Las carreteras se comparten con coches, pero también con patos, tractores, carros… y están llenas de agujeros, lo cual induce a los conductores a invadir a menudo el carril contrario. No suelen estar pintadas ni señalizadas; o sea, que lo mejor es abstenerse de conducir de noche. Al planificar los viajes, no hay que tener en cuenta los kilómetros que dice Google Maps, sino el tiempo. La tasa máxima de alcohol permitida para conducir es cero.

La policía, como ocurre en todas partes, se coloca donde más puede recaudar; la diferencia es que aquí el criterio de recaudación depende de cada policía y de sus necesidades particulares para llegar a fin de mes.

Seguridad
Tienen una injusta mala fama en España. Los moldavos son gente tranquila, respetuosa, nada amigos de lo ajeno. Se puede y se debe ir a Transnistria. Aunque nuestro Ministerio de Asuntos Exteriores lo desaconseja en su página, es un lugar muy tranquilo, con mejores carreteras que el resto del país. A la entrada, habrá que mostrar el pasaporte y pagar tres euros; a la salida, pasaremos otro control fronterizo. Por ese precio podremos permanecer allí una semana. Son amables.

Comida
Se come bien, abundante y barato. En Chisináu, dos platos y dos bebidas en un buen restaurante pueden estar en torno a los 10 €; en otras ciudades, la mitad. Sus verduras, frutas y hortalizas son exquisitas. Tienen una verdadera cocina de proximidad. Hacen buenos guisos de carne de cerdo y vaca. El pollo es muy sabroso. Las sopas más típicas son las de verduras con pollo y tallarines o las cremas de champiñones. Por las calles se puede tomar su tentempié clásico: las placintas, una especie de hojaldre relleno de queso, patata o col, generalmente.

Bebida
Vinos, claro. Tienen una increíble variedad, de todas las uvas y de todos los colores. Y también cervezas locales, como la Chişināu o la Moldova, junto a muchas otras artesanas, que sirven bien frías y en jarras grandotas.

Alojamiento
Es barato para nosotros. Si uno es algo tiquismiquis, mejor reservar en buenos sitios para no llevarse disgustos, y así y todo es barato. Hay oferta solo en las grandes ciudades, pero no todos los hoteles están en Booking o TripAdvisor. Lo mejor es preguntar al llegar o buscar en otras webs. No suele haber problemas para encontrar alojamiento sobre la marcha, pero en verano es cuando se celebran las bodas y muchos hoteles están copados por los convites.

Algunas direcciones
Chisináu
Hotel City Park. Cómodo, muy céntrico y con increíble relación calidad precio.  

Orheiul vechi
Vila Etnica, un complejo con museo, lugar para dormir y el restaurante La Butuc para comer o cenar junto al río. Agradable.

Ungheni
Para ver el puente de Eiffel, que se ve poco y mal, se puede dormir en el Vila Verde, lo más céntrico.

Rezina
Si no se desea pernoctar en Transnistria, es posible recorrerla en un día de sur a norte y salir por Ribnita. Una vez en Rezina, la primera localidad moldava tras salir del país que no existe, hay un hotel difícil de encontrar, Anastasia, sin página web; mejor preguntar.
Para cenar o comer cerca, el Galanto. Está allí toda la ciudad.

Bajo Prut
Reserva de la biosfera del Bajo Prut, en Cahul.
Marco Polo, ideal para comer o cenar bien y barato. Tiene apartamentos.
También hay hoteles, el más grande y al lado del mercado es el Azalia, con restaurante.

Por todo el país
Andy’s Pizza, incluso en Transnistria. Es una cadena que viene a ser como Pizza Hut, socorrida para casos de desesperación.

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