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Escapadas

Por el mar de Dalmacia, Croacia

Recorremos la costa dálmata y sus cientos de islas en velero. Este es el Mediterráneo, tal como era.

Henos aquí, una vez más, en Croacia. Sí, hace tiempo que Croacia cautivó nuestros corazones. La hemos recorrido por tierra y por mar, hemos viajado por su costa y hasta sus islas, y este año visitaremos Dalmacia en velero.

Lo que distingue a Dalmacia de las islas del norte de Croacia es que aquí la vegetación es exuberante. Al contrario que en las Islas Kornati, barridas por la Bora, el viento del norte/nordeste cargado de salmuera que seca y desraíza la tierra, en este trecho de mar ese mismo viento llega limpio del interior y con la humedad indispensable para que brote la vegetación y prospere la agricultura.

Zarpamos desde un puerto inusual para un charter: Sibenik, una localidad preciosa a orillas de un mar interior. Llegamos a la plaza de la catedral de Santiago justo la noche que celebran un concierto de música popular en que los artistas visten trajes tradicionales. Sibenik es una ciudad del año 1000, época de la dominación veneciana que nos ha dejado ejemplos de arquitectura por toda la costa. Antes de iniciar la travesía hacia el sur, merece la pena pasar un par de días remontando el rio Krka a través del cañón por donde discurre plácidamente el río hasta llegar a Skradin, un agradable pueblo con algún restaurante, una bonita iglesia, un parque y mucha vegetación. Atracamos en el ACI Marina y desde allí, a bordo de una pequeña embarcación, navegamos río arriba hasta llegar a las cascadas. En el parque hay senderos bien señalizados y después de la excursión nos refrescamos con un buen baño bajo la cascada. Regresamos a mar abierto cruzando el canal de Sibenik hasta la desembocadura del río, junto a la fortaleza de San Nicolás. Desde aquí navegamos a vela hacia el sur por un laberinto de islas. A sólo 10 millas naúticas se encuentra Primosten, cuyo casco histórico está sobre un islote unido a la tierra firme por un istmo de arena. Este es uno de los lugares más fotografiados de Croacia. Aquí merece la pena atracar en la rada y aprovechar para visitar el pueblo.

A 20 millas al sur de Primosten, tras media jornada de navegación, alcanzamos Trogir. Esta localidad es una de las joyas de Dalmacia, declarada patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Trogir es un lugar ideal para unas vacaciones marineras: hay buenos atraques, buena asistencia técnica, fantásticos restaurantes y en verano se celebran muchos eventos culturales. Trogir está dividida en dos partes conectadas por un puente giratorio: una situada sobre la isla de Bua y la otra en tierra firme. En el canal que la divide, tanto hacia el norte como hacia el sur, se puede elegir entre atracar en la rada o en el puerto deportivo ACI Marina, muy bien gestionado y equipado. En la parte antigua de la ciudad, entre los muchos monumentos podemos visitar el espléndido convento de Santo Domingo y el castillo del Camarlengo, que en tiempos no era más que una simple torre de vigía construida por los genoveses en el siglo XIV, que los venecianos ampliaron más tarde convirtiéndola en fortaleza militar. Pero en la ciudad hay muchísimos más vestigios históricos, las calles están empedradas y uno puede perderse por el lugar y admirar las magníficas vistas.

Si hemos atracado en la laguna al sur de Trogir, ya estamos en la bahía de Split y navegando llegamos en pocos minutos a la ciudad. Split es una gran ciudad perfectamente conectada, con aeropuerto internacional y ferries que conectan con las islas. También aquí merece la pena recorrer la ciudad e impregnarse de la arquitectura y el estilo venecianos. Aunque lo más sorprendente de Split es una inmensa construcción romana del año 300 a. C., el Palacio de Diocleciano. En Split, al igual que en muchas otras ciudades croatas, se impone una mezcla de arquitecturas, aunque el estilo veneciano predomina sobre elementos helénicos, eslavos y bizantinos.

Dejamos atrás la bahía de Split y continuamos navegando hacia sur atravesando el estrecho entre la isla de Solda y la isla de Brac, hasta llegar a mar abierto. Navegando a vela por el lado sur de la isla de Brac llegamos a un sitio sin duda agradable para hacer una parada y darse un baño: la playa de Zlatni Rat, cerca del pueblo Bolt. Este lugar es muy escenográfico, desde su costa, cubierta por viñedos y pueblitos, se extiende una gran lengua de arena hacia mar adentro.

Continuamos hacia el sur, rodeando el cabo cuyo faro está situado sobre una torre octogonal, y llegamos a esa lámina de agua, como un espejo, entre la isla de Hvar y las islas Palkinski. Hvar es, junto a Dubrovnik, una de las localidades más visitadas de Dalmacia. Obviamente en temporada alta el puerto está llenísimo y sólo se puede fondear en unas boyas donde las embarcaciones cabecean como agitadas por el temporal, de modo que lo mejor es dirigirse directamente al ACI Marina de Palmizana, en el islote de en frente. Sin duda la mejor elección, ya que Palmizana, además de ofrecer todo el confort posible, está alejada del barullo de los muelles de la ciudad y está conectada con Hvar por lancha rápida, que en 5 minutos te deja en el centro. En el lado sur de Palmizana, en cambio, se abre una bahía muy protegida en donde se puede fondear. En este pequeño paraíso, descubrimos entre la vegetación algunos bares y restaurancitos con hamacas colgadas de los árboles y vistas al atardecer, en una atmósfera muy bohemia. Es imprescindible hacer parada en Hvar y disfrutar con calma de una visita a fondo. Al desembarcar se queda uno boquiabierto: su plaza central, su catedral, el puerto y sus muelles parecen un pedazo de Venecia que se hubiera desprendido de la Laguna y hubiera llegado hasta aquí empujado por la Bora. Hvar no es sólo historia y “pedruscos” antiguos, sino que además es la capital de la vida nocturna. Es más, está considerada uno de los lugares más animados y transgresores del Adriático.

Al cabo de un par de días continuamos nuestra travesía y nos dirigimos hacia Korcula pasando bajo el istmo de Sedro, donde paramos para bañarnos en el faro de Plocica. Aquí el agua es tan transparente que alcanzamos a ver el ancla a 15 metros de profundidad. La mágica Korcula, cuna de Marco Polo, de belleza sin igual, está enclavada como una joya sobre las murallas circulares que la protegen y la hacen aún más valiosa. Diseñada en forma de espina de pez para frenar el viento de Bora que sopla del norte, es un laberinto de callejuelas sorprendente. Se accede a la ciudad, situada en una península que se asoma al mar, subiendo una escalinata majestuosa que desemboca en su entrada principal. En la parte inferior se encuentra el mercado, muy útil para abastecerse de uva dulce, higos y tomates maduros, mientras que en la parte superior asoma la torrecita por encima de la casa de Marco Polo, una terracita de 3×3 metros desde donde Marco soñaba y planeaba sus grandes viajes. En Korcula abundan los amarres, bajo la muralla al oeste de la ciudad, o en el ACI Marina al este, o en la gran bahía al sur, que casi siempre está llena, o sinó ante el fascinante espejo de agua frente al monasterio franciscano del siglo XIV de la isla de Badija. Este es un lugar mágico para fondear. Esta noche no hay luna pero el cielo está limpio y estrellado, y la tripulación, tumbada boca arriba, permanece absorta en sus ensoñaciones, escuchando el silencio… y por almohada, un cabrestante de acero: nada más incómodo, pero ¡que más da!, uno se mece en este dolce far niente. Un poco más allá otra joyita de esta isla: Lumbarda, un puerto minúsculo rodeado de viñedos y olivos con bodegas típicas para disfrutar de un estupendo vino.

A sólo 15 millas al sureste está la isla de Mljet, un parque nacional. En el lado norte de la isla y escondida entre islotes está la bahía de Polace, en donde se puede fondear. Aquí, entre pinos y encinas parece que estemos en un lago de los Alpes suizos. En lugar de fondear, también se puede atracar gratis en los amarres de algún restaurante, con tal de cenar ahí. Despues de amarrar el velero en un sitio seguro, tomamos el autobus cuya parada está enfrente de las ruinas de una villa de Diocleciano. Desde la bahía se llega en pocos minutos a la orilla de un lago interior situado en el lado sur de la isla y allí una embarcación a motor conduce a los visitantes a otro islote en el centro del lago donde hay un monasterio. Lo curioso de este sitio es que el agua de mar, según las mareas y las corrientes, entra y sale del lago a través de un estrecho canal de sólo 3 metros de ancho, y así el agua se renueva constantemente. Cada isla de este archipiélago tiene sus propias peculiaridades y Mljet es famosa por la miel.

Después de esta bonita etapa totalmente dedicada a la naturaleza dejamos Mljet y entramos en ese mar interior protegido por infinidad de islas estrechas y alargadas paralelas a la costa, las Elafiti, que nos llevarán hasta Dubrovnik. Pero antes hacemos una paradita en Trsteno. Aquí hay un pequeño muelle siempre vacío con una vieja roca semi abandonada, y poco más arriba, subiendo la colina hacia Cannosa, está el Arboretum, un singular jardin botánico, muy cuidado y con una interesante selección de plantas mediterráneas.

A sólo 7 millas de navegación llegamos por fin a Dubrovnik, también Patrimonio de la UNESCO. Dubrovnik es sin duda la ciudad más bella de la costa croata: el poeta Lord Byron la bautizó como ”la perla del Adriático”. No hay nada más fascinante para un navegante que llegar por la tarde, echar el ancla en la rada ante el puerto de la vieja ciudad y gozar de las últimas luces del atardecer. Esas murallas son imponentes y se siente uno infinitamente pequeño y a la vez protegido por las mismas. Paseando por la calle más famosa, “Stradun”, se pueden visitar muchas bonitas iglesias y palacios como la Catedral de la Asunción, el Palacio del Rector, el monasterio franciscano, la plaza de la Loggia o la famosa plaza Sponza y la sinagoga más antigua de Europa. Dubrovnik es un auténtico museo al aire libre. Se puede caminar por encima de las murallas y rodear toda la ciudad disfrutando de unas vistas privilegiadas alejados del bullicio. Esta increíble ciudad ha sufrido daños a lo largo de los siglos provocados por terremotos, fue invadida por piratas, conquistada por turcos, italianos, austríacos y por si fuera poco arrasada por los bombardeos. Pero Dubrovnik, gracias a esos continuos embates de la historia que han contruibuido a forjar su personalidad y gracias también a la tenacidad de sus habitantes, ha resurgido más bella y espléndida que nunca.

Dejamos la embarcación en el ACI Marina de Dubrovnik, al final del fiordo al norte de la ciudad, y nos disponemos a volver a casa, muy a nuestro pesar, ya que este trozo de Croacia merecería una visita mucho más detallada. En dos semanas es imposible descubrir todas las bellezas de estas islas. Pero quizá sea mejor así: tenemos un buen motivo para regresar.

Traducción de Isabel Labayen.

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