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La ruta de la seda (I). Samarcanda y Bukhara

Visitamos las míticas ciudades de Uzbekistán, en Asia Central.

Aunque nuestro eurocentrismo a veces nos impida ver más allá de nuestras narices y Asia central nos parezca un espacio vacío en el mapa de aquí a Pekín, lo cierto es que pocos lugares del mundo han sido testigos tan directos del constante trasiego de la Historia como esta región del mundo atravesada horizontalmente por la Ruta de la Seda. Lo reconocemos: Uzbekistán no era una prioridad en nuestra lista de viajes pendientes, pero la suerte quiso que fuésemos a parar allí y nos consideramos unos afortunados por ello, sobre todo porque nos hemos topado con uno de los pueblos más amables y acogedores del mundo. Hemos visitado Samarcanda y Bukhara (o Bujará), dos de las tres ciudades históricas, junto con Khiva (o Jiva), también en Uzbekistán, más bellas de la Ruta de la Seda.

Samarcanda, a medio camino entre Venecia y Pekín, evoca un lugar mítico rodeado de leyendas, cuya visita hoy nos sigue sorprendiendo y maravillando, como sorprendió y maravilló en su día a grandes viajeros y conquistadores, desde Alejandro Magno y Marco Polo, hasta Ruy González de Clavijo, caballero castellano enviado a la Corte de Tamerlán por Enrique III, rey de Castilla y León y abuelo de Isabel la Católica, cuya crónica de un viaje que duró tres años nos hace añorar tiempos pasados. Sólo un pequeño detalle: el trayecto entre Samarcanda y Pekín por carretera ni siquiera figura hoy en Google maps. Va a resultar que las caravanas de camellos nos llevan ventaja.

Conquistada por Alejandro Magno en el año 330 a.C., centro neurálgico de la Ruta de la Seda desde que chinos y partos (hoy iraníes) inaugurasen sus relaciones comerciales a lo largo de las rutas de las caravanas de Asia central en el 105 a.C., nexo budista entre India y China en el año 630, conquistada por los árabes para el Islam a principios del siglo VIII, que a su vez trajeron las enseñanzas de grandes hombres de las ciencias, las matemáticas, la astronomía y la medicina; destruida, saqueada y diezmada su población por los ejércitos mongoles de Gengis Khan en 1220; citada por Marco Polo en su “Libro de las Maravillas”, Samarcanda se convirtió, por obra y gracia de Timur-i-Lenk o Timur «el cojo», en la capital de un gran imperio, un vasto territorio que entre los siglos XIV y XV se extendía desde Anatolia en Turquía hasta el Océano Índico. Esta fue la época gloriosa de Samarcanda, su momento de mayor esplendor bajo Tamerlán, el omnipresente héroe de Uzbekistán hasta nuestros días. Luego llegarían los emires que trasladaron la capital a Bukhara, después los rusos zaristas y más tarde los rusos soviéticos. Parece como si esta vasta región llana y desértica, sin barreras ni accidentes naturales, estuviese pidiendo a gritos ser ocupada.

Disponemos de un testimonio excepcional sobre la mítica Samarcanda del gran Tamerlán: el del caballero castellano Ruy González de Clavijo. A principios del XV, los reyes de la Europa cristiana deseaban entablar buenas relaciones con la potencia emergente de Asia, entre otras cosas para guerrear contra los turcos y poder circular libremente por la Ruta de la Seda. Enrique III envió a de Clavijo cargado de regalos para Tamerlán, el victorioso soberano oriental que había conseguido doblegar al Imperio Otomano en esa parte del mundo. Tras un largo viaje de más de un año por Grecia, Anatolia y Mesopotamia, el 31 de agosto de 1404 Clavijo llegó a Samarcanda. Permanecería allí casi tres meses, y tan maravillado quedó por la visión de aquella remota ciudad que a su vuelta escribió un relato de su experiencia en la corte de Tamerlán.

Nada más entrar en la ciudad, de Clavijo comprobó que Tamerlán había sabido unir en ella lo mejor de Oriente y Occidente. Artesanos capturados en sus conquistas: los más hábiles tejedores, vidrieros y armeros sirios; los mejores albañiles, constructores y talladores de gemas indios; maestros orfebres, cordeleros y maestros armeros de Anatolia; todos se daban cita en Samarcanda, una de las ciudades más grandes y populosas de Asia central por aquel entonces. González de Clavijo recorrió los bazares de la ciudad y observó cómo en las calles se mezclaban lenguas y religiones, desde el Islam hasta el zoroastrismo y el cristianismo nestoriano. En sus mercados abundaban todo tipo de productos procedentes de la Ruta de la Seda: de Rusia y Mongolia venían cueros y lienzos; de China, además de la seda, llegaban rubíes y diamantes, ruibarbo y perlas, y de la India, especias como nuez moscada, jengibre, flor de canela y clavo de olor.  Como consecuencia de esta ilustre visita, existe un barrio en la ciudad llamado Madrid.

Y de Madrid llegamos de nuevo a Samarcanda al cabo de seis siglos. Esta vez no a lomos de un camello, sino a bordo de un flamante Talgo que cubre el trayecto entre la capital, Tashkent, y Samarcanda.

Quizá lo más interesante de este viaje, además de entusiasmarnos con las joyas arquitectónicas de Samarcanda y Bukhara y quedar fascinados con las maravillosas telas ‘Suzani’ bordadas en seda, haya sido comprobar que el legado de la Ruta de la Seda y las tradiciones de las gentes del desierto permanecen aquí prácticamente intactos. Gracias a los intercambios comerciales, la Ruta de la Seda ha acercado culturas, razas y religiones. En Samarcanda y en Bukhara se respira tolerancia. La gente acoge con amabilidad al extranjero, es obsequiosa sin atosigar. El Islam se presenta aquí en su versión más moderada (y no olvidemos que nos encontramos a menos de 400 kms de Afganistán), y en los barrios conviven sin tensión alguna judíos, con sus rabinos y sinagogas, musulmanes, con sus mezquitas y escuelas del Corán, y habitantes de etnia gitana. Observamos todo tipo de rasgos diferenciados en los rostros de la gente. Se habla ruso y uzbeko, y los jóvenes aprenden inglés, francés y español. La población utiliza el alfabeto cirílico y el latino, y antiguamente incluso escribía en árabe. Tantas invasiones llegadas desde todos los puntos cardinales no han podido con el espíritu abierto y ejemplarmente acogedor de este pueblo del desierto, de costumbres muy arraigadas pero que ha sabido incorporar otras sin perder por ello un ápice de su personalidad.

Seguiremos hablando de la Ruta de la Seda, de Uzbekistán y de sus gentes.

Con nuestro agradecimiento a la Organización Mundial del Turismo, y muy especialmente a Alla Peressolova y Dimitry Ilin. Gracias a Sergey Danilov por las magníficas imágenes del cementerio de Shahr-i-Zindah.

2 respuestas a La ruta de la seda (I). Samarcanda y Bukhara

  1. Pablo dijo:

    Le entran las ganas a uno de salir pintando para allá ;-)

  2. Barbara J-A dijo:

    Precioso. Dan ganas de ir… para no volver. O al menos, traernos un poco de la sabiduria y armonía que hemos perdido

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