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Por la Ruta de la Seda (II). Los uzbekos

Un viaje legendario a través de las costumbres y tradiciones de los antiguos nómadas de Asia Central.

Siempre me he preguntado qué recuerdos les quedan a esos turistas extranjeros que recorren fugazmente Europa, brincando de una capital a otra. Les observo caminar en grupo como autómatas, siguiendo disciplinadamente a un guía, mientras van capturando cuadradillos del mundo en la pantalla de su cámara digital o, peor aún, mientras coleccionan ‘selfies’ con un monumento a sus espaldas, y llego a la conclusión de que el recuerdo que les queda es ese: una galería de imágenes. A secas.

Ha transcurrido ya un mes largo desde que regresamos de Uzbekistán, del centro de la Ruta de la Seda, y lo que permanece vivo en nuestro recuerdo son momentos emocionantes y muchas personas. Porque de todas las maravillas que hemos visto y vivido en Uzbekistán, lo que más nos ha impactado son sus gentes.

Nuestro primer encuentro con los uzbekos se produjo nada más aterrizar en el aeropuerto de Tashkent, capital de Uzbekistán. Y cuando decimos ‘encuentro’, no nos referimos al típico cruce de frases con el funcionario de policía o de aduanas de turno. Hablamos de charlar, de conversar. (Un consejo práctico: mejor tener listo el visado en el pasaporte, que optar por la fórmula ‘visa on arrival’; los trámites de entrada son bastante engorrosos en esta parte del mundo.) Así que allí estábamos, en la zona de tránsito del aeropuerto, tomando un té y esperando a que nos diesen luz verde para entrar en el país. Y nos pusimos a charlar con nuestro ‘comité de bienvenida’: dos jóvenes, chico y chica, encantadores. Además de ser bilingües (los idiomas oficiales de Uzbekistán son el ruso y el uzbeko), nos hablaban en perfecto inglés.

Así nos enteramos que en la tradicional sociedad uzbeka, aunque estos chicos realmente nos parecieron muy occidentalizados, son los padres y los parientes de más edad los que eligen pareja para sus hijos. Buscan el candidato o la candidata idóneos entre las buenas familias uzbekas que comparten sus mismos valores, costumbres y tradiciones; los criterios económicos aquí no entran en juego. Una vez realizada la preselección, ya son los jóvenes los que deciden si están de acuerdo o no con la decisión. Y lo bueno es que generalmente lo están. Aunque hoy en día, muchas chicas prefieran estudiar y dejar el matrimonio para más adelante.

Nos enteramos también que los uzbekos viven en familia, familia ampliada se entiende, como la que existía en España hace cien años. Es decir, que ningún miembro del clan se queda fuera, aparcado en una residencia. Las casas se van ampliando, se añaden estancias y más patios interiores al edificio original a medida que los hijos varones se van casando e incorporan a sus respectivas esposas, y van teniendo más hijos que a su vez traen nuevos miembros a la familia. El hijo varón suma, la hija es la que se traslada a vivir fuera, a casa de su familia política. A nosotras, eso de vivir en casa de la suegra nos pareció una pesadilla. Aunque las chicas uzbekas parece que no opinan igual. A la pregunta nuestra de “¿Pero, y si te llevas fatal con tu suegra?”, recibimos como respuesta una mirada de asombro e incredulidad: “No, no…. Es que yo haré todo lo posible por llevarnos bien…”, como si esa opción ni siquiera se pudiese contemplar. Y después de haber asistido como invitados sorpresa a una auténtica boda uzbeka, nos los explicamos: las suegras, las abuelas, las madres y las tías del país son encantadoras. Todo sonrisas mostrando relucientes dientes de oro: imposible llevarse mal con ellas.

Ya nos lo habían advertido: no te vas de Uzbekistán sin que al menos te hayan invitado a una boda o a un bautizo. Y así fue. Nos encontrábamos al atardecer en la espectacular plaza Registan de Samarcanda, el mejor momento del día, junto con el amanecer, para quedarse embelesado con su arquitectura de tierras y ocres y sus cúpulas esmaltadas en azules y esmeraldas. Anochecía y decidimos dar un paseo por un parque cercano, del que nos llegaban melodías de música tradicional, con ritmo trepidante. Resultó ser un local al aire libre donde se celebraba una boda, con decenas de mesas vestidas con manteles blancos y decoradas con centros de flores. Al fondo, una orquesta de 10 o 12 músicos jóvenes con instrumentos tradicionales y alguna guitarra eléctrica, tocaba una música similar a la de Celtas Cortos, versión Asia Central, que hacía levantarse de sus asientos a todo el personal. Dominando el espacio, un altar cual tarta de merengue, formado por una gran pirámide de flores blancas, con telón de fondo de firmamento azul añil del que se desprendían ‘LEDs’ de estrellitas doradas, y en cuya cima se encontraban sentados, presidiendo el evento, los novios. Él, de oscuro; ella, guapísima con el vestido de novia más blanco nuclear y churrigueresco del mundo. Una boda por todo lo alto. Las mesas repletas de platillos con ensaladas y verduras riquísimas y el tradicional plov (pronunciado ploff, y literalmente es así, muy contundente); familiares, amigos y vecinos (y algún viajero infiltrado como nosotros que desentonaba con los tiros largos de las señoras, pero que ellas muy amablemente parecían pasar por alto) celebrando y brindando con vodka; la pista de baile animadísima en una mezcla de ritmos tradicionales de las abuelas y psicodélicos de los más jóvenes. Allí nadie hablaba inglés, pero comprobamos que el ‘body language’ funciona. Nos despedimos pronto, no queriendo abusar de su hospitalidad, y aún recibimos invitaciones para acompañarles al día siguiente.

Pero al día siguiente ya teníamos programada una visita a casa de Oural. La casa de Oural Berdiev es un pequeño bed&breakfast en pleno barrio judío de Samarcanda, uno de esos lugares como quedan ya pocos en el mundo, donde conviven musulmanes y judíos, mezquitas y sinagogas en aparente (y real) armonía. La casa está incluida en la lista Golden Architectural Heritages of Samarkand y tiene más de 170 años de antigüedad. No todo el mundo ha sabido apreciar el valor de estas casas tradicionales, y aunque aquí no cabe esperar ningún tipo de lujo, es un privilegio disfrutar del patio y de la hospitalidad de Oural. Oural es una gran persona, un uzbeko con raíces tayikas que organiza viajes a medida a través de Legendes de Samarcande M7. Como él mismo nos cuenta en un perfecto francés: “Creamos la empresa en 1996, guiados por la pasión por los viajes y la aventura. Pretendemos ofrecer viajes inusuales, a medida, recorriendo regiones poco exploradas de Uzbekistán y Tayikistán. Viajes nómadas y trekking por las montañas, fuera del circuito turístico, con alojamiento en casas particulares y en yurtas tradicionales, donde el visitante pueda saborear el encanto y la hospitalidad de los lugareños. Organizamos rutas de 7 a 21 días, para grupos pequeños de 3 o 4 personas, o más numerosos, que quieran descubrir las ciudades legendarias de Samarcanda, Bukhara, Khiva, Shakhrissabz, Nurata, Tashkent y Penjikent, o ascender a las montañas Fan y pernoctar en Khazrati-Beshir.” Llegamos a la conclusión de que el lujo es esto: el contacto con la naturaleza y con estos pueblos. Y además, el mejor antídoto contra el estrés.

Con Oural Berdiev y su amigo Sergey Danilov, periodista y fotógrafo y promotor de Delicious Uzbekistán recorremos Samarcanda. Una visita imprescindible es a la fábrica de alfombras Silk Carpets donde se siguen aplicando técnicas ancestrales para teñir la seda con tintes naturales. Aquí sucumbimos ante varias piezas de telas ‘suzani‘, auténticas obras de arte bordadas sobre seda o algodón, donde la puntada con hilo de seda es microscópica, de ahí su valor. Querríamos llevárnoslas todas: bastaría con hacer una transferencia bancaria y ellos te las envían a casa.

De allí nos dirigimos a la tienda-galería de una amiga, Alfiya Valieva. Aysel (su web sólo está en cirílico, pero pinchando al tún-tún descubrimos algunos modelos espectaculares, junto con otros sólo aptos para alemanas o inglesas muy ‘etno‘) es el lugar donde Alfiya expone obras de amigos artistas, pintores y creadores uzbekos. Tuvimos ocasión de contemplar en Bukhara un desfile de trajes tradicionales (ya sabemos de dónde les venía la inspiración a Yves Saint Laurent, Galliano y Gaultier) y moda actual uzbeka. La industria de la seda y el algodón tiene un enorme potencial en este país. Por algo Uzbekistán es uno de los mayores productores de algodón del mundo (nuestra guía de español, Kristina, acaba de regresar, junto con el resto de los jóvenes estudiantes del país, de la cosecha del algodón. Reminiscencias de los años de monocultivo de la época soviética). En Aysel se pueden encargar abrigos dignos de Elena Benarroch. Claro que hay que trabajarse mucho a Alfiya, una mujer menuda pero con mucho carácter, que nos regaló una impresionante falda de seda cuando intentamos regatear con ella. ¡Menuda lección! Que nadie se equivoque: los antiguos caranvanserais repletos de sedas y suzanis de Samarcanda y Bukhara no son el Gran Bazar de Estambul.

Nos despedimos de Samarcanda y de Oural y Sergey con una visita memorable al atardecer al mausoleo de Shah-I-Zinda, entre tumbas. Un lugar místico, sagrado para los musulmanes.

Y aún nos fuimos tropezando con más gente encantadora y sonriente: comerciantes del mercado que nos ofrecen dulces y frutos secos; niños entusiasmados que nos saludan desde la barrera al paso del tren Talgo; vendedores de sedas, tubeteikas, el gorro tradicional uzbeko, y suzanis en Bukhara, la impresionante ciudad de adobe del desierto donde justo nos dio tiempo, antes de salir zumbando al aeropuerto, de comprar una bata antigua de seda, o chapan, que no desentonaría sobre una alfombra roja; los maravillosos músicos de Abduhoshim Ismoilov, a los que hay que escuchar en directo porque no les apetece el marketing ni grabar discos, aunque de vez en cuando hacen una gira por Paris y Bruselas, y tantos otros.

Nos queda mucha Ruta de la Seda por recorrer. Es un viaje que hay que preparar y para el que conviene ir preparado. Podemos inspirarnos en el Libro de las Maravillas de Marco Polo, en los relatos de viajes de Ruy González de Clavijo, embajador del Rey Enrique III de Castilla ante la Corte de Tamerlán, o releyendo la novela de Amin Maalouf, Samarcanda. Tenemos todo el invierno por delante para hacerlo, porque el comienzo de la primavera es quizá el mejor momento para lanzarnos a la aventura, cuando el desierto florece.

Con nuestro agradecimiento a Ann Jamar y Sergey Danilov.

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