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Tres ciudades para descubrir una tradición centenaria en torno al aguaRepública Checa: Triángulo de balnearios

Al oeste de la región de Bohemia las aguas medicinales brotan por doquier y conforman un conjunto de históricas villas que beben de sus beneficios.

Chequia es más que su capital, Praga. Aun siendo una ciudad mágica, una de las más bellas de Europa y principal foco turístico del país, esta república en pleno centro neurálgico del viejo continente tiene, en su naturaleza, historia y tradiciones, otros muchos atractivos reclamos para visitarla.

Uno de ellos, tal vez no tan conocido fuera de sus fronteras, es el de sus ciudades balneario. No se trata del concepto SPA que cualquier podría tener en mente, no son resorts de cinco estrellas al uso repletos de lujosas termas y cabinas de estética y terapias, no. El SPA aquí alcanza su significado más literal, “Salutem Per Aquam”, salud a través del agua, una práctica medicinal (que no solo social y vacacional) llegada desde la época romana.

Tanto es así que el sistema sanitario público del país subvenciona los tratamientos. Los médicos los recomiendan para recuperarse de cirugías delicadas, para problemas digestivos, óseos o musculares. Es como si en una receta, en lugar de figurar las tomas de un medicamento, figurara el pasar diez días reposando en un complejo hotelero, recibiendo baños y bebiendo aguas medicinales religiosamente y a horas muy concretas.

Si la República Checa ostenta esta tradición es precisamente gracias a sus aguas, que brotan de forma natural a partir de decenas de manantiales subterráneos por todo el territorio, que salen a la superficie a través de otras tantas fuentes y que son ricas, según la zona, en sal, calcio, bicarbonato o magnesio, en minerales que sanan cuerpo y mente.

Karlovy Vary

En esta preciosa ciudad, puede que la más famosa de las tres que componen el llamado triángulo de balnearios en parte gracias a su festival internacional de cine que trae a estrellas de todo el mundo, es donde se considera que comenzó la explotación de los mismos para usos medicinales. Cuentan que en una de sus cacerías, un sabueso de Carlos IV (de cuyo nacimiento, por cierto, se cumplen 700 años) avistó un ciervo y, al correr detrás de él, cayó en una balsa de aguas termales. El monarca pudo comprobar en primera persona sus beneficios y mandó edificar alrededor para que todos pudieran hacerlo.

Hoy día, uno de los principales manantiales lleva su nombre (Carlsbad) y se muestra al visitante cubierto por una elegante columnata de madera en el centro de la población. Se puede visitar también su castillo gótico, aparte de avistar sus numerosas estatuas o, sencillamente, pasear admirando, a lo largo del río, las coloristas fachadas de Karlovy Vary, Patrimonio de la Humanidad, mientras se va recogiendo y bebiendo el agua (siguiendo las tomas prescritas por el médico, si no vas como simple turista) de otras trece fuentes, cubiertas por otras tantas maravillosas columnatas, en las clásicas jarritas de cerámica que allí se venden por doquier.

DÓNDE DORMIR: El Grandhotel Pupp es el histórico de la zona, un antiguo establecimiento de lujo para retroceder hasta tres siglos atrás a través de sus regias estancias. Aquí sí puedes entregarte al wellness como lo conocemos en el resto del mundo gracias su centro de bienestar con piscinas y saunas.

DÓNDE COMER: El restaurante del propio hotel es excelente, pero si quieres explorar la parte más gourmet de esta ciudad no dudes en probar el menú de Le Marché, que cambia a diario y ofrece recetas de corte local con aires franceses de manos del chef Jan Krajč. Café y postre en el Elefant, no lo dudes. Sus tartas caseras son motivo de regreso para celebridades de todo tipo.

Františkovy Lázně

Dicen que cuando Goethe pasó por aquí la calificó como un paraíso terrenal. La pequeña e idílica población de Františkovy Lázně es un devenir de elegantes paseos, columnatas y edificios clásicos pintados de amarillo (para dar energía y vitalidad), jardines y parques perfectamente cuidados. Caminarla es entregarse a la paz, al sosiego y, por supuesto, a sus aguas (frías en este caso, a diferencia de Karlovy Vary, y repartidas gracias a 23 fuentes) o a sus tratamientos de envoltura en turba, siendo el primer balneario que los patentó gracias a su yacimiento de este gas mineral idóneo para mejorar problemas locomotrices y de fertilidad (también dicen, a modo de curiosidad, que la escultura del niño Francisco a la entrada de la localidad soluciona estos últimos en 9 meses con solo tocarle el pulgar del pie izquierdo).

Esta estatuilla de bronce nada tiene que ver con Francisco I de Austria, usuario de estas maravillas naturales, y que fue quien mandó construir la villa en 1793 (de ahí su nombre). Tras él, nombres tan reconocidos como el citado Goethe o el mismo Beethoven pasaron aquí largas temporadas.

DÓNDE DORMIR: En una antigua casa de SPA enmarcada en un aristocrático edificio se encuentra el hotel Savoy, un punto excelente a partir del que descubrir esta localidad y su cocina, ya que alberga también un conocido restaurante.

DÓNDE COMER: El restaurante gourmet de otro de los hoteles de la zona, el Villa Patriot, cocina una extensa carta de platos internacionales y regionales. No te vayas sin probar la caza, tan típica en la zona, y que podrás degustar en recetas como el venado con zanahoria y jengibre.

Mariánské Lázně

De las tres que conforman este triángulo, esta es la población más joven, lo que no quita que esté considerada una de las ciudades balneario más bellas de toda Europa, además de una de las más completas por su centenar de manantiales alrededor y su composición mineral. Su decadente elegancia nos devuelve a hace más de un siglo cuando Eduardo VII del Reino Unido, Goethe, de nuevo, o Chopin andareaban por ella buscando la cura a sus males.

Sus aguas son ricas en hierro y se utilizan tanto para beber como para baños. La fuente principal se encuentra en la preciosa columnata central de la villa, que data de principios del XIX. Tampoco te pierdas el monasterio de Teplá, a 20 kilómetros, uno de los más importantes y bellos del país y a cuya labor se debe la construcción de Mariánské Lázně allá por 1800. Los monjes supervisaron este territorio hasta la llegada de los nazis en el 42.

DÓNDE DORMIR: Quizá una de las construcciones más bonitas de la zona sea la del hotel Nové Lázně, levantado en 1896 y que aún hoy día conserva sus interiores y, lo que es más importante, sus antiguos baños romanos que son una joya, la cabina personal de Eduardo VII y la del emperador Francisco José. Aquí podrás también entregarte al bienestar más habitual sumergiéndote en su estupendo circuito de hidroterapia o dándote el capricho de alguno de sus tratamientos con sello Clarins.

DÓNDE COMER: Si en este punto aún no te has entregado a los placeres de la gastronomía del país (ni a sus cervezas), hazlo en U Zlaté Koule, un romántico restaurante repleto de antigüedades a la luz de las velas y con el sonido del piano en directo de fondo. Las piezas de caza procedentes del cercano bosque Slavkovsky se llevan todos los honores en este multipremiado establecimiento.

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