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“Creo que moriré de poesía”.Nicanor Parra

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Escapadas

Un paseo por tierras de Gengis Khan y un retrato de sus gentesRetrato de Mongolia

Tiene 3 veces la extensión de España, dos tercios de la población es nómada, y sus cielos enamoran.

Un todo terreno me lleva por una inmensa llanura verde, cerrada por cordilleras no muy altas a las que, curiosamente, parece que nunca se llega. La carretera, unas veces asfaltada otras un camino de tierra, es una recta aburrida que solo altera alguna curva diseñada para salvar un río o una pequeña depresión. A lo lejos, las mismas montañas o eso me parece.

Tres veces la extensión de España, este vasto territorio que hoy conocemos como Mongolia y que hasta hace poco se conocía como Mongolia Exterior es, sin embargo, lo que queda del enorme imperio mongol que durante el siglo XIII dominó caso todo el mundo asiático durante el reinado del famoso Temuujin, convertido por su habilidad e inteligencia en Chingis Jaan o Gengis Khan. Su nieto, Kublai Khan, lo ensanchó conquistando el mismo Pekín y creando la dinastía Yuang que muchos años después sería derrotada por la poderosa familia Ming. Es la época en la que el intrépido comerciante Marco Polo lo dio a conocer sus viajes a las naciones europeas.

Los mongoleses, orgullosos de aquel pasado y de las gestas imperiales de su Chingis Jaan que no desean olvidar, han levantado museos en su honor o enormes estatuas como la que guarda la entrada al Parlamento de Mongolia o como la que se encuentra a pocos kilómetros de Ulan Bator, la capital. Un gigantesco monumento ecuestre, recubierto de aluminio y acero brillante en memoria del inmortal emperador.

En Ulan Bator aún quedan vestigios de un pasado soviético que los mongoleses no ocultan, pero que tratan de superar mirando hacia Occidente, copiando sus costumbres y forma de vida. Grandes edificios modernos adornan las amplias avenidas de la ciudad en las que ya se han instalado las principales marcas mundiales de la moda o de la restauración rápida. Marcas indelebles de que la diversidad se está convirtiendo en única.

Ulan Bator es una inmensa urbe en la que se concentra nada menos que un tercio de la población mongolesa, de unos 3 millones de habitantes. La vida de los otro dos tercios sigue siendo nómada, acampando allí donde hay mejor pasto o más abrigo en invierno. La tierra es de todos y no hay leyes que impidan la trashumancia y acampar en las mejores zonas. Por eso, durante el camino hacia Kharkhorin, donde se encuentra el primer monasterio budista de Mongolia, Erdene Zuu, la eterna pradera, está salpicada de yurtas blancas, atadas con una especie de cíngulo gigante que evita se desmoronen. Son las casas móviles de los mongoleses cuyas vidas cambian de lugar así venga el frío del invierno o el sol del estío. Dentro de ellas, una estufa central calienta las frías noches, que no son pocas, incluso en verano. Y pegadas a la lona de aquella casa móvil, los muebles de la familia, las camas y una cocina. Este aparente atraso es compatible con la luz eléctrica, generada con motores de explosión, y con parábolas de televisión para ver la globalización mundial. Y, al lado, uno o dos coches o furgonetas aparcadas.

Junto a las yurtas, rebaños de cabras, ovejas, camellos y vacas pacen vorazmente, mientras manadas de caballos van y vienen trotando por la llanura. Si encuentran una charca, enfrían su calentado cuerpo metiendo sus patas en medio del agua, porque el sol en verano, sin apretar mucho, no es en Mongolia misericordioso.

La vida nómada de los mongoleses no impide que muchos de sus hijos vayan a la escuela en invierno, que es la época escolar. Sus padres los internan en los colegios de las ciudades. Luego en verano vuelven junto a sus padres para ayudarles en las tareas cotidianas: esquilar, reunir por la noche a las bestias en improvisadas majadas o darles agua. El alimento ya se lo han procurado ellas mismas durante todo el día pastando hasta hartarse en las fecundas praderas. En vacaciones, también es tiempo de jugar con elementales juguetes que a nuestros niños de por aquí resultarían extraños y seguramente aburridos.

Los hombres preparan la leche de yegua removiendo sin cesar con un largo palo en una tinaja el kumis, la bebida láctea fermentada algo amarga. Las mujeres, mientras, cocinan el khuushuur o empanadillas de cordero, el buuz o riquísima albóndiga o la carne con arroz o fideos.

Cuando se ha ido la última gota de luz, aparece un inimaginable espectáculo: cientos de miles, millones, billones de estrellas que cubren el negro firmamento convertido en un infinito escenario. En él, los soles más lejanos aparecen tras los más cercanos que a su vez se iluminan con los que casi podemos tocar con la mano. Es un cielo tridimensional que jamás había visto en otro lugar.

Las sencillas y amables gentes de Mongolia no se detienen para contemplarlo. Hace algunas horas que duermen. Al día siguiente, antes de la salida de nuestra estrella más cercana, ya se habrán puesto en pie.

Elvira Vila es fotógrafa. Más sobre su obra en:
http://www.elviravila.com/

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