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“Creo que moriré de poesía”.Nicanor Parra

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Explosión cromática.Selva de Irati y el milagro

El otoño es la estación idónea para recorrer sus bosques. Y respirar profundo.

La Selva de Irati es uno de esos lugares que, al menos, hay que pisar una vez en la vida. Pisarlo y recorrerlo. Más o menos kilómetros y, sobre todo, abrir los ojos, los oídos y dejar que la sabia y generosa naturaleza obre el milagro.

La mayoría ha oído hablar de este gran hayedo, uno de los más importantes de Europa, situado entre Navarra y Francia. Junto con las hayas, crecen abetos, pinos, robles y alerces. Ocupa más de 17.000 hectáreas de una cuenca, rodeada por montañas, que pertenece a cuatro valles, dos en cada vertiente del Pirineo. Son los de Aezkoa, Salazar, Cize y Soule.

Siempre es una suerte para el espíritu y los sentidos visitarlo, pero en otoño, el regalo, es mayor si cabe. Incluso puede causar tal impacto que sea preciso guardar silencio o, quién sabe, si gritar. Gritar de alegría.

En primavera, estallan las hojas nuevas, verdes y brillantes; en verano el amarillo cubre los pastos y es ahora, en otoño, cuando, como si de un cuadro impresionista se tratara, se observan rojos, amarillos, naranjas, marrones y ocres, en definitiva. Luego, llegará el invierno y su desnudez. También bella.

El acceso se realiza a través de dos lugares: Ochagavía, en el Valle de Salazar, y Orbaizeta, en Aezkoa. El segundo está más próximo a Francia y un desvío conduce hasta el embalse de Irabia, que brilla en medio de la inmensidad del bosque.

Caminando poco más de 9 kilómetros, se consigue rodearlo y admirarlo desde cerca. No lejos se encuentra otro bonito rincón: la Ermita Nuestra Señora de las Nieves.

Sea cual sea la ruta de acceso, lo importante es programar la visita. Y hacerlo con tiempo porque para los hoteles y casas rurales de la zona, es temporada alta y resulta complicado encontrar disponibilidad.

Además de la cuestión relativa al descanso, también es aconsejable echar un vistazo al mapa o a las webs de referencia y saber la distancia que se puede o se quiere recorrer a pie o en bici. Y es que el coche siempre es obligatorio dejarlo en el parking de entrada.

Las posibilidades son múltiples. La red de senderos señalizados en verde y blanco, y de hasta 10 kilómetros, son una buena opción para quienes no están habituados a salir a la montaña. Siempre hay una primera vez y, sin duda, la Selva de Irati puede ser un bautismo inolvidable.

Entre los recorridos más suaves, está la cascada del Cubo o el Mirador de Pikatua, desde donde contemplar la Selva, la Sierra de Abodi y el pico Ori.

No olvide que antes de morir debería conocer en primera persona la Selva de Irati. Seguro que le han hablado de ella, seguro que ha leído o visto reportajes acerca de este espacio, pero sea usted el que lo viva en primera persona.

Solo así tomará conciencia de la inmensidad de la naturaleza y podrá escuchar el silencio y respirar aire límpido. Si es receptivo, seguro que se produce el milagro de encontrar el equilibrio y cargar las pilas hasta la próxima salida al aire libre.

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