El Hedonista El original y único desde 2011

“Todos los que parecen estúpidos, lo son y, además también lo son la mitad de los que no lo parecen.”. Francisco de Quevedo

Menu abrir sidebar

Escapadas

Subir montañas y descender a los valles y lagos alpinos, a pie o en BTTUn verano en Austria

Recorrer la inmensa y apabullante naturaleza alpina nos cambia por fuera y por dentro.

El autor y moderador Manuel Andrack viaja al oeste de Austria, donde experimenta cómo una caminata en la naturaleza nos cambia. También Goethe era un gran andarín. Quizá se nos pegue algo…

“Tengo taquicardias. Noto los latidos de mi corazón en el cuello. Siento las consabidas mariposas revoloteando en el estómago. Mi euforia crece más y más. ¿Es por una cita? ¿Por un plan con una amante secreta? ¿Por un encuentro a ciegas? En cierto modo, sí: pronto voy a caminar por el estado de Vorarlberg. Hoy voy a escribir no solo sobre lo que viva durante esta experiencia como senderista, sobre lo que vea en torno a mí. Por encima de todo, voy explicar lo que vea en mi interior, lo que sienta al andar, sea positivo o negativo. Por decirlo de alguna manera, voy a plasmar un viaje por el mundo de mis sensaciones. Hoy tengo una cita con la naturaleza, con ese Vorarlberg que está más allá de la ciudad de Dornbirn. Se trata en buena medida de una cita a ciegas, porque nunca he recorrido a pie esta región de Austria. La alegría que siento por anticipado (que, como ya se sabe, es la más hermosa de todas las alegrías) es enorme.

Me bajo del autobús que cubre la ruta entre Dornbirn y Schwarzenberg. Empiezo a caminar. Bueno, no, en realidad no empiezo todavía. Tengo que detenerme. Y maravillarme frente un imponente paraje de montaña y unas extensas vistas ante las que dan ganas de arrodillarse: el sol va saliendo, abriéndose paso a través de las nubes. Las cimas de los alrededores están coronadas por bancos de niebla. Es profundamente conmovedor. Un espectáculo que me hace feliz. La amplitud del paisaje levanta el ánimo. Los horizontes extensos como este son alimento para mi euforia como senderista.

Penetro en un tramo del bosque, al final del camino, que me hace tener la sensación de atravesar un túnel. Al fondo, el sol de la mañana, aún muy bajo, aparece luminoso ante mí. Sigo las señales amarillas. En los prados que se extienden a la izquierda y a la derecha del camino me observan varias vacas mientras pastan. La mayoría de ellas llevan cencerros. Estos animales son para mí el elemento cómico de cualquier ruta. Me hacen reír. Con su cándida mirada, las vacas siempre me provocan una sonrisa.

En la ermita de Santa Ilga tengo que dar media vuelta: el camino está cortado por trabajos forestales. Suelo ignorar este tipo de advertencias, pero el ruido ambiente, con motosierras y sonidos de árboles crujiendo y cayendo, no deja lugar a dudas: ¡Atrás! ¡Es mejor! ¡Un rodeo! El plan bonito se me ha venido abajo, así que me siento frustrado. Pero la frustración cede rápidamente ante el impulso de la creatividad. La improvisación es para mí (sobre todo cuando me da buenos resultados) un motivo de genuina alegría. De la frustración nace la motivación. Y la verdad es que andar a través de un angosto camino de listones de madera que encuentro como alternativa al sendero «amarillo» motiva muchísimo. Me divierte enormemente. Despierta el niño que hay en mí. Me siento como si estuviera en medio de un gigantesco parque de juegos. Me doy cuenta de que este camino alternativo es, probablemente, mucho mejor que el que tenía previsto en un principio y vuelvo a experimentar una sensación de felicidad, porque el destino de la ruta está siendo benévolo conmigo.

Poco después llego a una pista forestal relativamente ancha. Bajo el ritmo. Paso por el momento a aplicar un programa de austeridad en la escala creciente de mis emociones. Para ello, reinicio mi disco duro. Mis circuitos cerebrales se ponen en marcha. Se me ocurren ideas para nuevos proyectos, doy vueltas a problemas personales y (probablemente) les encuentro una solución.

Repaso mentalmente una vez más mi plan de senderismo para hoy. Será una ruta para conocer cabañas disponibles para excursionistas, es evidente: la cabaña Lustenauer Hütte, la Bregenzer Hütte, la Hochälplehütte… Me monto una bonita película en la cabeza. Las indicaciones del camino me guiarán. Las emociones vuelven a embargarme: floto en la agradable sensación de saber que ya no tendré que consultar mi mapa hasta el final de la ruta y que puedo dejarme llevar por la señalización del camino. Eso me hace increíblemente feliz, porque tengo la posibilidad de relajarme y pensar solo en la naturaleza y en mí mismo.

Por supuesto, ya me ha tocado vivir alguna que otra vez la experiencia de caminar en condiciones meteorológicas adversas y con una mala señalización. Uno se siente muy, muy solo en el bosque y en el mundo. Perdido. Abandonado. El síndrome de Hansel y Gretel. En esos casos, los miedos primitivos afloran inconscientemente a la superficie. ¿Tal vez Freud, austriaco, practicó senderismo? Me detengo y aspiro durante unos minutos, el silencio y los sonidos del bosque. El camino hacia la cabaña Lustenauer Hütte es profundamente romántico. Serpentea por bosques de viejos abetos rojos. Un aire ligero y brumoso resucita en mi mente las imágenes de antiguos cuentos. Esas imágenes de las que está impregnada nuestra idea de la naturaleza: los cuadros de los románticos, los relatos de los hermanos Grimm. También las señales del camino me levantan el ánimo. Las indicaciones del tiempo de marcha previsto no se han calculado para deportistas, sino para gente que camina a un ritmo cómodo. Aunque avanzo a una velocidad relativamente baja, voy mucho mejor de lo que indican los carteles. Llego a la Lustenauer Hütte en cincuenta minutos, pese a que para este trayecto se señala que se necesita una hora y cuarto. Me siento como un titán del senderismo, como si fuese veinte centímetros más alto. Una sensación genial. En la cabaña, el propietario, Peter, me tutea sin previo aviso y me hace sentir la cálida emoción de saberme bienvenido: ¡eres de la familia! Y también el «primero en el camino». Me elevo hasta el séptimo cielo y me siento como un auténtico escalador que hubiese sido el primero en alcanzar una cima. Por desgracia, después de tomar un refresco de aspérula olorosa de un color verde intenso, tengo que continuar mi camino.

Paso por la cabaña Bregenzer Hütte y me adentro, profundamente relajado, en angostos senderos. En algún que otro árbol junto al camino me salen al paso, con todo su brillo, los carteles con rayas rojas y blancas, los colores de la bandera nacional (¡dichosa Austria!). Me siento ilusionado como un niño al tocar una de las relucientes señales en un árbol, al acariciarla. Es una experiencia sumamente sensual, voluptuosa. Poco después, recibo una ración de caricias, en esta ocasión para los pies y para los ojos: en un árbol con tronco torcido hay una escalera esculpida. Otro elemento más del gigantesco parque de juegos que representa Vorarlberg. Así es: en el bosque vuelvo a ser un niño ansioso por saber qué se esconde tras la siguiente esquina; un niño que descubre, maravillado, el mundo (del senderismo).

En los últimos kilómetros de mi ruta se asoma por un instante otra emoción: el enfado. No he venido bien equipado y eso me saca de quicio. Para caminar debería haber traído mis calcetines de travesía, en lugar de unos calcetines finísimos y ultracortos de algodón, que con el primer traspié sobre un terreno húmedo absorben toda la humedad. Y hablando de traspiés: para subir a la cabaña Hochälplehütte, unos bastones no me habrían venido naaaada mal. Pero tengo que dejar atrás este enfado conmigo mismo. Puedo y debo deshacerme de él. La verdad es que podría haberme ahorrado la ascensión a la Hochälplehütte: no he disfrutado de la panorámica por culpa de la espesa niebla. Por si fuera poco, la cabaña está cerrada. En el descenso, vuelvo a sentirme un tanto frustrado porque no he disfrutado de mi recompensa en forma de cerveza. Pero observo cómo crece en mí una alegría por anticipado: tomaré el camino más rápido para volver a la Lustenauer Hütte, donde se encuentra mi amigo Peter. Y para disfrutar del plato del día: estofado de ternera con Semmelknödel (albóndigas de pan).

También un alto en el camino puede despertar intensas emociones. Soy un gran fan de los placeres del paladar. Y después de darme un homenaje, vuelvo a la naturaleza. En plena landa, con vistas a Dornbirn y al valle del Rin, me detengo y me sumerjo durante unos minutos en la calma y los murmullos del bosque. Escucho mi interior. Vuelven los sentimientos de felicidad. Respiro profundamente. El aire fresco inunda mis pulmones. Es una perogrullada, pero el senderismo tiene la ventaja de que se practica al aire libre. Y nadie puede cansarse de inhalar profundamente este aire.

Termino mi ruta en Bödele y reflexiono sobre el camino que he recorrido hoy y sobre el acto de caminar, en general. La sensación de estar sobre las nubes en un paraje de montaña no puede compararse con nada. Es extraño: también las rutas cortas pueden levantarnos el ánimo. La de hoy ha sido de cinco horas. No es necesario hacer una maratón (de senderismo) ni atravesar los Alpes para sumergirse en sí mismo. El director de mis emociones del camino de hoy ha sido la naturaleza. El título de la obra: «La genuina felicidad de caminar».”

Autor: Manuel Andrack

Más información en Austria

Escapadas

Escapadas

Rincones de Formentera

Gabriela Domingo

Si no le queda más remedio que visitar la isla pitiusa en pleno verano, intente encontrar un hueco en uno de estos rincones espectaculares. leer

Escapadas

Wadi Rum, planeta rojo

Gabriela Domingo

Si puedes prescindir tres días de una ducha en condiciones, adéntrate en el desierto. La recompensa: paisajes alucinantes solo para tus ojos. leer

Todo esto
y mucho más
en Escapadas
+