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Por los rincones menos conocidos de la SerenísimaVenecia respira, sueño Venecia

Cualquier día es bueno para volver a Venecia. Incluso en Carnaval.

Durante las 24 horas la marea sube y baja dos veces en Venecia; en función del coeficiente de mareas, la corriente de entrada y de salida es más o menos fuerte. Sólo los venecianos se dan cuenta de este fenómeno, que pasa desapercibido para los millones de turistas que visitan la ciudad. A los que, por otra parte, poco les importa este detalle.

Como si la laguna fuese una bella mujer reclinada, al inspirar infla el pecho y entra la marea; al espirar vacía los pulmones y la marea desciende. Así es como el agua de los canales recibe su recambio vital. Puede parecer banal, pero este “aliento” es fundamental para la supervivencia de la ciudad sobre la laguna. Sin él, la ciudad habría muerto hace mucho, mucho tiempo.

Desde hace algunos años frecuento Venecia con asiduidad: la posibilidad de poder tomar un tren cerca de casa y descender al cabo de solo dos horas en el centro de Venecia ha creado una dependencia frente a esta ciudad, una especie de síndrome de Stendhal, una cierta euforia que se produce cada vez que pongo un pie sobre una riva, el borde de los canales más grandes, donde históricamente atracaban los mercantes. Y ahí veo la respiración.

Pero la respiración de Venecia también es otra: es vivir Venecia. Esta ciudad es una de las más animadas y ricas en eventos a lo largo de todo el año. Tomemos un día cualquiera de cualquier estación y haciendo un ejercicio de fantasía veamos qué cosas se pueden hacer desde el alba hasta el anochecer en esta ciudad a veces irreal.

Por la mañana, por la ventana de la habitación de mi hotel llega un bullicio que me obliga a asomarme. Abajo, el canal de la Giudecca está repleto de barcas; está a punto de comenzar la regata de los pupparini. El pupparino es una embarcación de recreo que se usaba antaño en los canales como hoy se usa el coche en la ciudad. En pupparino se iba a hacer la compra, a pasear, a llevar y traer el equipaje y a darse un baño al mar. Estas barcas son hoy embarcaciones tradicionales y se utilizan en las regatas de “boga a la veneciana”, tipo la góndola. El nombre pupparin proviene de la forma de la popa asimétrica donde se coloca el remero.

Bajo al muelle del canal y espero la llegada del traghetto vaporetto, el transbordador a vapor, como lo llaman aquí, aunque de vapor no tenga ya nada, y me embarco. Próxima parada, I Giardini. Una cita ineludible es la Bienal de Venecia. El contexto donde se celebra es único en el mundo, entre el Arsenal y los Jardines, un espacio histórico donde se celebró la primera Exposición en 1895; y hasta hoy. Desde allí me dirijo hacia la Riva degli Schiavoni: hay un gentío. Superado el muro de gente asomada al agua veo otra regata, esta vez de catamaranes. Es la Copa América. La emoción es grande. La cuenca de agua frente a la Plaza de San Marcos se ha transformado en un campo de regatas que acoge uno de los eventos deportivos más prestigiosos del mundo. Pero el gentío me impide ver. Decido entonces buscar un punto privilegiado, ¡y sé dónde encontrarlo! Atravieso el canal y me dirijo a la isla de San Giorgio, subo a la torre y desde ahí disfruto de un espectáculo sensacional. Estoy incluso más alto que el helicóptero que cubre la regata para la televisión.

Pasado el mediodía, las fuerzas comienzan a flaquear y necesito comer algo. Los mejores lugares y más auténticos donde probar la cocina típica veneciana son los Bacari, las osterie o tascas típicas donde en otros tiempos se servía vino por copas y se comían cicchetti, algo parecido a las tapas españolas. Estos platillos se han transformado hoy en platos de restaurante: sardinas en salazón, agridulces con cebolla dulce; bigotti, una pasta con salsa de caparossoli, un tipo de almejas; bacalao, hígado estofado a la veneciana…, todo regado con un Prosecco fresco de las colinas colli trevigiani.

Una vez saciado y recuperadas las fuerzas, decido buscar un destino un poco más tranquilo en la isla de Torcello, un lugar remoto fuera del tiempo que se pierde en la Laguna Veneciana septentrional, a pocos kilómetros del centro histórico de Venecia. La isla de Torcello está prácticamente deshabitada, como mucho tendrá diez o quince habitantes. Desde la distancia, lo primero que se ve es la catedral dedicada a Santa María de la Asunción, una de las más antiguas construcciones veneto-bizantinas que se conservan en la laguna. De estilo románico, en su interior guarda magníficos mosaicos de estilo bizantino, pero es seguramente el aspecto “salvaje” de la isla lo que más atrae a los visitantes que buscan un oasis de paz. Me parece ver a Corto Maltés navegando entre los bajos de arena, y efectivamente diviso una goleta en lontananza…, ¿será él? ¿Corto Maltés?

Una vez desembarcado del vaporetto se puede divisar, en el punto donde el canal se bifurca, una bellísima casa roja con una torre alta. Es la casa donde vivió Ernest Hemingway (si sumo todos los lugares donde ha estado Hemingway, este hombre debe haber vivido al menos 400 años). Hoy esta casa no es sino la famosísima Locanda Cipriani. En esta casa Hemingway se inspiró en la laguna para escribir una de sus últimas novelas Across the river and into the trees, allá por 1950.

De regreso por el Gran Canal y tras una breve parada en Burano llego al Museo Guggenheim. La colección Peggy Guggenheim es uno de los museos más importantes del arte europeo y americano del siglo XX. El Palazzo Venier dei Leoni, una espléndida villa que se asoma al Gran Canal, fue la vivienda de Peggy Guggenheim en Venecia. El museo acoge la colección privada de esta mecenas, así como obras de arte de la colección Hannelore B. y Rudolph B. Schulhof, de la colección Gianni Mattioli, el Jardín de las Esculturas de Nasher y ocasionalmente exposiciones temporales. La Colección Peggy Guggenheim es propiedad de la Fundación Solomon R. Guggenheim, que la gestiona junto con los museos de Nueva York y el de Bilbao. En esta ocasión visitamos una exposición itinerante de Jakson Pollock dedicada al monumental mural que Pollock realizó para el apartamento neoyorkino de Peggy Guggenheim, entre el verano y el otoño de 1943.

Aprovecho que me encuentro en el barrio del Dorsoduro, para dar un salto a una de los más antiguos squèri, los astilleros venecianos. El Squèro di San Trovaso, frente al canal del mismo nombre, es unos de los lugares más antiguos y sugerentes de Venecia y permanece activo hoy en día, dedicado a la construcción y reparación de góndolas y otras embarcaciones típicas de Venecia. Este squèro es un edificio curioso del siglo XVII, de un estilo inusual para Venecia. Tiene la forma típica de las casa montañesas del Cadore (zona cercana a las Dolomitas), pues los carpinteros y expertos cortadores de madera llegaban desde esa región para trabajar con los maestros locales. Típica es también la inclinación de la cubierta que recubre una parte del espacio del astillero, que permite trabajar incluso con mal tiempo.

Desde la otra orilla del rio Trovaso, frente al squèro, sentado tras la cristalera de un bacaro, disfruto observando las idas y venidas de las góndolas acompañado de un excelente Spritz, el aperitivo a base de Aperol, Prosecco y una rodaja de naranja. La jornada toca a su fin y en mi programa está ir a cenar a otro bacaro.

Caminando entre callejones y callejas estrechas, diviso al fondo, al final de una hilera de casitas rojizas con sus balcones repletos de flores, un enorme crucero. Este es uno de los problemas de Venecia. Estos megacruceros pasan peligrosamente cerca de la Plaza San Marcos, arrastrados por dos remolcadores. Los ecologistas y las asociaciones para salvar Venecia están en constante lucha para impedirles el paso hasta allí. La nave supera completamente las casitas; me da la sensación que avanza sin detenerse, y si no se detiene será un desastre. Un trasatlántico de 300 metros de eslora y 50 de manga que sigue avanzando y pretende entrar en un canal de tan solo 3 metros de largo, poblado de góndolas que flotan tranquilas, atracadas frente a jardines privados. Sigue avanzando y los gatos, conscientes del peligro, huyen por los callejones; una señora anciana retira los zapatos puestos a ventilar en el alféizar; y el crucero sigue avanzando, choca contra el callejón, destroza las casas que parecen abrirse a su paso, destruye un puente tras otro…, y avanza, avanza…, pero ¿a dónde querrá ir? ¡Es un desastre y es también una pesadilla!

El tren frena bruscamente y me cae una bolsa en la cabeza; me despierto sobresaltado. Estaba durmiendo; de hecho la Copa América se celebró hace 3 años, la Bienal la visité hace 4 meses, el squero está cerrado por vacaciones…, Venecia provoca un efecto extraño. Estoy sudando cuando el altavoz anuncia “Venezia Santa Lucia”, me recompongo y salgo a la aventura…., pero a Corto Maltés juro haberlo visto realmente.

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Una respuesta a Venecia respira, sueño Venecia

  1. maribel vives dijo:

    Mil gracias por este excelente post, y estas excelentes fotos de Venecia. Yo a veces tambien me despierto soñando con el Palacio Fortuny de Axel Vervorst en Venecia!

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