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“Para ser realmente grande, hay que estar con la gente, no por encima de ella.”. Montesquieu

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Escapadas

La menos griega de las islas griegasCreta, la isla de los felices

Un destino turístico con todos los ingredientes para enamorar al visitante

A Creta se puede ir para disfrutar de unas playas fabulosas, paisajes hermosos y buena comida. Pero esto, con ser mucho, aquí no sería nada. Para gozar de esta isla como merece hay que estudiar antes. De lo contrario, pasaríamos por sus yacimientos como si hubiéramos visitado las obras de la M-30. No sabríamos que su mejor momento pasó en el siglo XVI antes de Cristo, y que esos montones de piedras que vemos aquí y allá son impresionantes vestigios del periodo minoico. Tampoco nos emocionaría estar en el lugar donde Teseo dio muerte al Minotauro, ni podríamos situar a Ariadna con el ovillo en la mano, ni sonreír imaginando los revoloteos desafortunados de Ícaro, ni comprender por qué Zeus raptó a la bella Europa para traerla hasta aquí…

Recorrer Creta es leer las páginas del mejor libro de historia. Mucho antes de la civilización griega, estuvo la suya. La gente de esta isla, pacífica, refinada y culta, dominaba la navegación no para conquistar al prójimo, sino para traer y llevar riquezas. De aquella lejana civilización quedan restos por todas partes y hay que verlos sabiendo lo que los arqueólogos saben y especulando con lo que ignoran.

En Creta quedan huellas de los muchos que han pasado por ella. Es la suerte y la desgracia de ser una hermosa isla mediterránea, situada en medio de las rutas comerciales de países invasores y guerreros. Así que, además del arte minoico, abunda el micénico, el griego, el romano, el bizantino, el musulmán… y el de gentes de reconocido buen gusto, como los venecianos.

Paradas imprescindibles del viaje a Creta

Lo más probable es que aterricemos en Heraklion, la capital, una ciudad que no llega a los 140 000 habitantes (en toda la isla viven unos 600 000); tiene su encanto: murallas, fortaleza, edificios venecianos y la fuente Morosini, de 1628, con sus piletas y chorrillos tan alegres.

Pero lo imprescindible aquí es ir al Museo Arqueológico, y sin prisas. El visitante abandonará las salas por agotamiento físico, nunca por aburrimiento porque hay piezas emocionantes, desde el Neolítico hasta los tiempos del Imperio romano. Abundan los tesoros: bellísimas figuras, como la de la diosa con serpientes en los brazos, o el saltador de toros con el movimiento congelado en el instante preciso, o el disco de Festo (1850 a de C.), con sus enigmáticas inscripciones jeroglíficas. En esa época ya se conocía la escritura en Creta, lineal A, aún no descifrada, que nos sirve para situar la isla en la historia y no en la prehistoria.

Y también están los frescos de Cnossos, un palacio que gusta tanto como disgusta. De él salieron gran parte de las joyas que conserva el arqueológico. Pero la restauración de Arthur Evans, a principios del siglo XX, lo dejó como nuevo. Está bien para hacernos una idea de cómo debió de ser, porque sin duda el insigne arqueólogo sabía muchísimo del asunto, aunque duela ver que se le fue la mano.

Por suerte hay otros palacios impresionantes que dejan la fantasía para el visitante, como el de Festos, el de Malia, el de Hagia Triada.

Los palacios cretenses fueron asentamientos poderosos, con multitud de estancias en torno a patios, donde se llevaban registros contables de sus bien abastecidos almacenes de aceite, de cereales… El viajero hará bien en recorrerlos piedra a piedra y con la imaginación abierta de par en par.

Los restos minoicos no solo son espectaculares, son lo más exclusivo de la isla, algo que no encontraremos en ningún otro lugar.

En un salto de varios siglos hay que llegar a Gortina, una ciudad helenística y romana que tiene sus leyes grabadas en piedra. Parece que el derecho del siglo V a. de C. regulaba lo mismo que el de ahora: divorcios, herencias, propiedades, personal doméstico. Cerca está la basílica de San Tito, del siglo VI, una de las primeras iglesias bizantinas. Y en las proximidades, restos de un laberinto, que podría ser… o no. Hay un frondoso árbol, un plátano que nunca pierde la hoja, porque Zeus y Europa hacían el amor bajo su sombra; que también podría ser… o no.

Monasterios para quedarse

Muy posteriores son los monasterios de Creta, siempre en los mejores sitios, y tan bellos que incluso las personas de pasiones viajeras pueden entender que alguien quiera quedarse anclado en ellos. Es obligatorio visitar el de Arkadi, del siglo XVI, con una fachada renacentista de lo más elegante, famoso por la tragedia que Victor Hugo se encargó de publicar, preocupado por echar una mano a los cretenses sometidos por los turcos. 864 personas se hicieron estallar antes que rendirse. Creta no fue griega hasta 1913, después de pasar años diciendo que no quería estar bajo la dominación otomana.

Hoy, en el montañoso paisaje de la isla, aparecen como guindas las cúpulas de sus iglesitas, algunas no tienen más importancia que la que le quieran dar sus fieles, pero entre ellas hay sorpresas. Como la de San Juan Teólogo, de mil trescientos y poco, con sus frescos de pies a cabeza. Preciosa.

La vuelta a Creta

Creta es la más grande de las islas griegas no solo en historia, sino también en tamaño. De este a oeste mide 265 km, pero sus muchas montañas y unas carreteras retorcidas hacen que cualquier desplazamiento se alargue y se alargue. Mejor. Aquí se viene a disfrutar. A cada momento encontraremos algo que merezca una parada.

Para conocer bien la isla es imprescindible alquilar un coche. Conviene no preguntar cuántos kilómetros hay hasta nuestro próximo destino, sino cuántas horas. Las carreteras son de ir a 40 en el mejor de los casos; una recta es una rareza.

Creta no es tan turística como otras islas griegas. Si exceptuamos julio y agosto, el resto del año es el paraíso. El clima es magnífico y los cretenses son expertos en tratar a los turistas con esa amabilidad elegante, sin pasarse ni quedarse cortos.

Tenemos que recorrerla de lado a lado y ver sus bonitas ciudades, como Chania, con un puerto veneciano espectacular. Y aunque no seamos de tostarnos a la plancha, en el viaje a Creta hay que recorrer sus playas. Las hay con comodidades y también otras difíciles de olvidar. Balos es una de ellas. Está en la punta noroeste de la isla. Se accede por una pista de tierra y piedras de unos 8 km, luego hay que caminar 2 km más. Lo peor de la vuelta no es la subida endiablada, sino dejar atrás las aguas transparentes, azules y verdes, una lengua de arena blanca, unos islotes con acantilados… Merece la pena el esfuerzo.

Al suroeste, otra de las playas que no se pueden creer: Elafonisi. Aquí la arena es rosa y el agua, de todos los colores. La flora protegida que brota de milagro sobre las dunas está llena de sorpresas. Mejor si vemos atardecer en este paisaje.

Los turistas que recorren la garganta de Samaria, la más larga de Europa, también llegan a otra playa de película. Este camino es un palizón que en temporada turística conviene cambiar por otro con menos compañía: el desfiladero de los Muertos. Al lado está el yacimiento minoico de Zakros, muy interesante, y un montón de encantadores restaurantes con la banda sonora del mar.

Los antiguos llamaron a Creta la isla de los felices. Si no lo son, lo parecen, o al menos no les faltan razones para serlo.

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