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Zahara: de los atunes, los vientos y sus gentes (I)

Primera de una serie de entregas sobre Zahara de los Atunes, con propuestas para disfrutar del verano.

Nos gustan los lugares sacudidos por el viento, junto al mar. Sus gentes tienen mucha cintura, fundamental si no quieres partirte en dos cuando zumba de verdad.

En Zahara de los Atunes, como en toda la costa gaditana, como en la vida, nunca sabes por dónde va a soplar, ni mucho menos cuánto va a durar el levantito, el levantazo o el poniente. Así que te adaptas a lo que va viniendo.

De esto saben mucho los zahareños y los zaharahuis, esos forasteros que llegaron para pasar 15 días y llevan 30 años en el pueblo.

La gente de Zahara es abierta y te recibe bien. No en vano han pasado por allí fenicios, romanos, turcos y berberiscos, y más recientemente japoneses de la lonja de Tokio.

De unos, los zahareños aprendieron el arte de la Almadraba, ese laberinto de redes marinas donde se detiene al atún a su paso hacia el Mediterráneo para desovar, se le engorda bien con caballa irlandesa para que su precio se dispare en las lonjas de pescado, y se le iza en la Levantá, en primavera.

Luego llega la fiesta del Ronqueo, el despiece tradicional del atún rojo salvaje de almadraba, que divide al bicho en cortes con nombres tan curiosos como galete y tarantelo.

Y de los nipones, los de El Campero, el Antonio, Gaspar, Juanito, han aprendido la forma de cortar con maestría la barriga veteada, “toro” en japonés, del atún.

Con esas técnicas y esas artes, Zahara organiza cada año, desde hace cinco, la Ruta del Atún, el acontecimiento gastronómico en el que participa todo el pueblo. Este mes de mayo, sólo en una semana, se han vendido 79.241 tapas, ¡casi ná!

Nosotros hemos probado lo más exquisito y os lo vamos a contar.

Y para hacer boca y aprovechando la marea baja y que soplaba fuerte y fresco el poniente, nos hemos dado unas buenas caminatas hacia Atlanterra, la Playa de los Alemanes y el Cabo Camarinal, por el Cañuelo de los Militares y el Parque Natural del Estrecho hasta la Duna de Bolonia, atravesando la zona vallada cual furtivos.

Nos hemos encontrado de todo: desde la arquitectura más vanguardista, hasta las vacas retintas, una raza privilegiada que pasta a sus anchas y se pasea por la playa cuando le da la gana.

Con la costa africana de fondo y los atardeceres más largos tras el Cabo Trafalgar.

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