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Estreno

La nueva película del francés se presenta como una concienzuda reelaboración del cine de Polanski, De Palma o CronenbergEl amante doble (2017) de François Ozon: emparejamientos peligrosos

Continúa en cartelera la sugestiva y algo desmelenada nueva propuesta de Ozon, que esta vez toma como pretexto el thriller psicológico de toques bizarros para ahondar de nuevo en traumas familiares y espinosas relaciones sexuales.

Tras el pulcro ejercicio de caligrafía clásica de Frantz (2016), el prolífico François Ozon repite con la sensacional Marine Vacth en El amante doble (2017), un tan enrevesado como enfermizo thriller repleto de erotismo, traumas, psicoanálisis y variadas piruetas narrativas y estilísticas.

Nunca ha sido Ozon un cineasta de incidir en la misma jugada, aun cuando sus obsesiones suelen mantenerse intactas de película a película. Sí es cierto que, en ocasiones, o al menos eso opina este crítico, sus aciertos son mayores o menores, pero eso no quita para que siempre nos entregue filmes de sobrado interés.

Dicho esto, su nueva criatura, El amante doble, ha sido de lo más vapuleado de su última etapa creativa, que podríamos periodizar a partir del reconocimiento unánime suscitado por En la casa (Dans la maison, 2012). El estreno de la película en un escenario como Cannes, donde se tiende con demasiada facilidad al ditirambo exagerado o a la inmisericorde rajada, no ayuda a la percepción de una propuesta que, como siempre, busca expandir los eclécticos intereses del cineasta francés, que sabe combinar como pocos unas narrativas legibles, propias de un cine “para mayorías”, con trasfondos complejos, atrevidos y hasta provocadores.

La historia se centra en una antigua modelo, Chloé (Marine Vacth), atrapada entre sus traumas y dolores psicosomáticos, y un bizarro trío amoroso que incluye a su antiguo psicólogo, el pacífico y amoroso Paul, y el hermano gemelo de éste, el pasional y peligroso Louis (ambos encarnados con aura por Jérémie Renier). A partir de este planteamiento, los giros o twists de la trama, las secuencias oníricas, las situaciones de terror y suspense o de imaginería over the top, van progresivamente tomando el control.

Seguramente es lo que a gran parte del público festivalero, así como a un sector de la crítica especializada, no gustó de El amante doble. Sin embargo, y aun admitiendo que la trama a la que asistimos se acerca a la inverosimilitud, cuando no a la chorrada de ínfulas “psicologistas”, justo es reconocer que ésta solo ejerce de apoyo o pretexto para un despliegue estético con el que Ozon pretende acercarse a los turbios imaginarios de Polanski o Cronenberg (las concomitancias con clásicos como La semilla del diablo, El quimérico inquilino, Cromosoma 3 o Inseparables son evidentes) y, sobre todo, a las formas desbordantes de grandes creadores como Dario Argento o, por encima de todos, Brian De Palma. La historia que se nos cuenta, por muy banal que sea, no deja de tener la importancia que el maestro de todos los directores citados, Alfred Hitchcock, concedía a los soportes argumentales: el justo y necesario para crear atmósferas, configurar mundos estéticos autónomos, practicar un “cine de lo formal”.

Se ha acusado asimismo a Ozon de postureo y falta de autenticidad en su retome de referencias. Es posible. Pero eso revela una miopía que impide certificar que las anteriores incursiones ozonianas también adolecían de este problema. La aplaudidísima Frantz, filme que a mí me dejó bastante frío, no dejaba de ser un pastiche poco imaginativo del melodrama clásico (era un remake del filme de Lubitsch Remordimiento, de 1932), y la algo anterior Joven y bonita (Jeune et jolie, 2013), respondía en buena medida a la reelaboración de obsesiones presentes en el cine de Eric Rohmer o Luis Buñuel. Darse cuenta de la impostura del francés solo con El amante doble hace sospechar más bien de un cierto desprecio o displicencia hacia los referentes de los que en esta ocasión se parte.

Ozon resulta, si se me permite la paradoja, sincero en su impostura. Si las supuestas elegancia y sensibilidad de Frantz encajaban en el contexto del pastiche, la remezcla de tonos depalmianos se hace aquí igualmente saludable. Por otro lado, las imágenes provocadoras, el ostentoso virtuosismo formal de muchas secuencias, la muy aplicada puesta en escena (en la que abundan las disposiciones de figuras dobles, los espejos, las imágenes partidas o las composiciones simétricas) aportan un estilo visual tan poco habitual en el cine de Ozon y, en general, en la moda imperante actualmente, que resultan muy de agradecer. Al menos el que esto escribe no recuerda una película reciente que haga un uso tan intensivo de tales recursos. Visualmente, y a diferencia de otros trabajos mucho más anodinos de este cineasta, El amante doble resulta espléndida, muy disfrutable para aquellos espectadores que, antes que una historia impecable, prefieran dejarse llevar por el flujo de unas imágenes de retorcida y fascinante belleza.

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