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ANDRZEJ WAJDA SE DESPIDE CON UN NUEVO 'BIOPIC' HISTÓRICOAdiós a Andrzej Wajda: ‘Los últimos días del artista: Afterimage’

Andrzej Wajda, el más relevante y longevo cineasta polaco, estrena este viernes su película póstuma, la biografía histórica 'Los últimos días del artista: Afterimage'.

Andrzej Wajda, patriarca del cine polaco y figura importantísima del cine mundial, entrega a sus 90 años el que ha sido su testamento fílmico, Los últimos días del artista: Afterimage (Powidoki, 2016). Los últimos años de vida de Wladyslaw Strzeminski, destacado artista que fue silenciado y apartado por el régimen comunista polaco durante el apogeo del estalinismo, son objeto de una cuidada recreación, servida con el habitual pulso del maestro Wajda. La lucha por la libertad artística y la relación entre el poder político y el arte, componen un relato en el que Wajda vuelca no pocas alusiones a su propia carrera como cineasta obligado a transigir con la burocracia comunista.

No es precisamente el cine polaco una atracción recurrente en la distribución cinematográfica de este país. Estas pasadas semanas, sin embargo, la cinefilia española ha podido familiarizarse con algunas de las joyas provenientes del país eslavo, merced a un ambicioso ciclo, promovido por Martin Scorsese y su Film Foundation, que ha visitado (y aún visita) las principales filmotecas y centros de arte españoles. Scorsese Presenta: Obras Maestras del Cine Polaco, que así se titula el ciclo, da la oportunidad al público de conocer a una serie de autores y películas de fuerte impronta estética y poderoso discurso. Entre ellos, el que hoy nos ocupa, Andrzej Wajda.

Nombre fundamental, no ya en su tierra de origen, sino en la historia del cine mundial, Wajda fue maestro y fuente de inspiración de otros muchos cineastas, que poco más tarde levantarían el vuelo y firmarían carreras internacionales de prestigio (así, Roman Polanski o Andrzej Zulawski). Su filmografía dio siempre, desde sus inicios en los primeros años cincuenta, cumplido testimonio de la Historia, las pasiones, traumas, temores y esperanzas del pueblo polaco, lo que con el paso de los años le convirtió en algo así como el cronista cinematográfico oficial de su país.

No siempre con el beneplácito de las autoridades de su país (Wajda mantuvo siempre unas tensas relaciones con el Partido Comunista Polaco, que gobernó el país entre 1945 y 1989), este veterano cineasta se impuso como tarea principal tomar el pulso a la Historia, la de su tierra natal y la de Europa. La creación de una épica fílmica nacional a través de un cine de formas rotundas e impetuosas se saldó con múltiples reconocimientos internacionales, varias nominaciones al Oscar incluidas o la Palma de Oro en Cannes por El hombre de hierro (1981).

La faceta de cronista del maestro Wajda no ha sido, como resulta evidente por lo ya expuesto, ajena a las veleidades políticas de cada momento histórico. Su oposición, en un inicio apenas explícita, al régimen comunista le llevó a defender los postulados de Lech Walesa y del sindicato Solidaridad, que a partir de los años noventa apuntalaron una nueva Polonia, abierta a la democracia liberal, el libre mercado y marcada por la influencia de la Iglesia Católica (recordemos que Juan Pablo II fue otro de los principales apologistas de Walesa). A medida que Wajda se implicaba más en el proyecto político polaco, que quería dejar atrás todo rastro de comunismo, su cine fue virando hacia una cada vez más evidente justificación política del nuevo régimen. Su última película, que ha resultado además su testamento fílmico, puesto que murió en octubre de 2016, encaja perfectamente con esta descripción.

Las últimas películas del veterano, dejando aparte notorios dramas intimistas como Miss Nobody (1996) o Tatarak (2009), son intentos poco disimulados de crear un canon que se adecue a las exigencias ideológicas de la presente Polonia, marcada por la herencia de Solidaridad y, más recientemente, de los conservadores hermanos Kaczynski. Películas como Pan Tadeusz (1999), Katyn (2006)Walesa. La esperanza de un pueblo (2013) se vuelcan en la fabricación de un panteón de héroes y mártires nacionales. Desde Lech Walesa hasta los miles de oficiales polacos asesinados en Katyn por los soviéticos durante la II Guerra Mundial, pasando por los personajes de Pan Tadeusz, obra literaria de referencia del romanticismo nacionalista polaco, el último jalón de su filmografía está poblado por protagonistas erigidos en iconos de una identidad patria que rechaza toda injerencia extranjera, representada por el zarismo o el comunismo ruso o el nazismo alemán.

Ocurre lo mismo con Los últimos días del artista: Afterimage, que se ocupa de la persecución que, a principios de los años cincuenta, el artista Wladyslaw Strzeminski sufrió por parte de las autoridades comunistas. Strzeminski, mutilado de guerra, escultor y pintor de vanguardia y uno de los impulsores de la relevante Escuela de Bellas Artes de Lodz (donde, oh casualidad, Andrzej Wajda comenzó sus estudios), se vio condenado en sus últimos años de vida a un progresivo ostracismo a causa de su oposición, vital y sobre todo artística, a los postulados del estalinismo que imperaba entonces.

Es muy significativo que, durante uno de los primeros encontronazos con el brazo político comunista (cuyos siervos son siempre retratados como ignorantes, sibilinos o cerriles), un funcionario pregunte al protagonista su lugar de nacimiento. Al contestar este “Minsk” (actual Bielorrusia), el funcionario comenta: “Ciudadano soviético”, a lo que responde con altivez Strzeminski: “¡No! Soy polaco”. La filiación entre un artista convertido por mandato imperioso en digno resistente con la ideología de la Polonia actual, que rechaza todo viso comunista (aunque sea para justificar un panorama político y social que nosotros no tenemos por qué aprobar), es meridianamente clara.

Nos encontramos con un filme de tesis, cuyo protagonista apenas abandona su faceta de mártir, enfrentado a un entorno abiertamente hostil, sin espacio para las ambigüedades. Eso hace que, a pesar de su primorosa reconstrucción de época y del habitual cuidado que Andrzej Wajda pone en la puesta en escena y los apartados técnicos, la película se resienta de previsibilidad, reiteración y monotonía. Si en anteriores trabajos Wajda conseguía un panfleto político más efectivo, era precisamente por extraer tensiones y matices de las situaciones que planteaba. En Danton (1982), donde se equiparaba subrepticiamente el enfrentamiento de Danton y Robespierre durante la Revolución Francesa con el de Solidaridad y las autoridades comunistas, se conseguía una gran película al otorgar al antagonista, el radical Robespierre, un amplio espacio narrativo y suficientes alicientes como para que el espectador pudiese entender y justificar sus razones.

Aquí no existe ese espacio para la matización o la duda. Comprendemos a Strzeminski, muy bien interpretado por el prestigioso actor polaco Boguslaw Linda, pero no obtenemos una visión de conjunto de una Polonia retratada en su faceta más gris, mísera e “insolidaria”. Apenas podemos despegarnos de un héroe que, desde la primera secuencia, parte con ventaja para desatar nuestra compasión y admiración: es cojo y manco, tiene una enorme fuerza de voluntad, una personalidad templada y un genio incontestable. Solo en las escenas en que Wajda se asoma tímidamente a su turbulenta vida personal, que incluye la (no) relación con su ex-esposa, la también artista Katarzyna Kobro, con su hija pequeña (Bronislawa Zamachowska) o con algunos de sus discípulos, el filme toma aire e insufla cierta complejidad a sus personajes. A este respecto, las escenas con la hija resaltan como las más duras, sutiles y conseguidas del relato.

En todo caso, la problemática histórica planteada por Wajda no carece de interés. El conflicto entre el pujante de arte de vanguardia, formalista y tentador de nuevos horizontes, y las consignas soviéticas que buscaban imponer un modelo de “realismo socialista” podría haber dado lugar a una apasionante película donde se explorasen las tensiones y servilismos entre arte y política. Pero ya no nos encontramos con el Andrzej Wajda de los años comunistas, ni siquiera con el de mediados de los ochenta.

Si acaso, podríamos buscar consuelo en la capacidad estética de un director que ha demostrado ser uno de los grandes demiurgos de la puesta en escena. No obstante, buena parte de esa energía ha desaparecido, y solo se vislumbra en las secuencias finales y en ciertos momentos aislados. La reivindicación de un arte de vanguardia queda, al igual que el resto de los elementos del relato, como otro recurso retórico al servicio de una ideología que todo lo invade.

Solo algunas secuencias que logran condensar eficazmente el trasfondo político o personal del relato (la intrusión de una bandera roja que impide, literalmente, a Strzeminski pintar, o el momento en que éste hace una ofrenda con flores bañadas en pintura) y el tratamiento del color en la fotografía de Pawel Edelman destacan entre los puntos fuertes de una despedida discreta, pero que no desmerece el empeño personal con el que el director encaró este proyecto (las concomitancias entre su carrera y la de Sztreminski se captan con facilidad).

Tampoco desmerece esta película el valor de una carrera artística que tantas veces ha conseguido hacer a los espectadores vibrar con el cine y que, por qué no, ha hecho al propio Cine vibrar. Wajda tituló su único libro Un cine llamado deseo (2007): creo que no hay mejor resumen para la obra de un hombre que se acercó al cine con una inconmensurable pasión, incluso a sus 90 años. Larga memoria, entonces, a Andrzej Wajda, y larga vida al gran cine polaco que él representó.

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