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Estreno

Denis Villeneuve se la juega con la segunda parte del clásico por antonomasia de la ciencia-ficción contemporáneaBlade Runner 2049 (2017): las secuelas de ‘la Secuela’

La tan esperada como temida continuación de 'Blade Runner', la mítica película de Ridley Scott, ha aterrizado en nuestras pantallas. Las críticas y alabanzas al trabajo de su director, Denis Villeneuve, probablemente soslayen lo verdaderamente interesante del producto, su carácter de 'secuela con pedigrí'.

Con un poco menos de hype alrededor, escribimos sobre uno de los grandes estrenos de esta temporada. Blade Runner 2049 supone una de las grandes apuestas del Hollywood serial contemporáneo: una película que, sin ocultar su carácter subordinado respecto al venerado original, pretende tocar nuevos picos de calidad dentro del ámbito del cine estandarizado.

El hecho de barbotar mis pareceres en torno a películas (lo que se suele llamar escribir crítica de cine) sin atarme rigurosamente a las fechas de estreno y los dictados de la cartelera otorga, creo, una humilde y pequeña ventaja: no dejarse llevar por la precipitación de juicio que suele acompañar a la inmediatez de los estrenos. Al tiempo, permite pensar la película en cuestión con una cierta distancia, pudiendo (o al menos intentando) pronunciar un juicio original que no se contagie de los muchos lugares comunes con que, debido a la tiranía de las distribuidoras y a la ráfaga de pareceres que ocasiona Internet, se inviste cada novedad fílmica.

Eso es precisamente lo que ha ocurrido (lo que se planeaba que ocurriese) con Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017), el hype de la temporada. La expectación de fans, cinéfilos y otros mamíferos mutó rápidamente en las dos reacciones arquetípicas y esperables tras la visión de la nueva criatura: regocijo o decepción. Más interesante que averiguar si el filme de Villeneuve está la altura del de Ridley Scott es llamar la atención en el cuidado y la campaña que ha rodeado toda esta película. Esto es, las comparaciones con el original llevarán siempre a un punto muerto, puesto que, como en el caso de este, solo el pasar de los años marcará el impacto y sus valores cinematográficos de esta segunda parte. Centrarse en los procesos de promoción, bien que superficialmente, supone admitir que la maquinaria publicitaria de las grandes industrias juega hoy un papel importantísimo en cómo una película debe percibirse.

Ya me sucedió con otros productos recientes de Hollywood, sobre todo algunos cuya carrera hacia los Oscar parecían hacerlos necesitados de legitimación vía el aprecio de las audiencias. Fue el caso de El renacido (The Revenant, Alejandro González Iñárritu, 2015) y de La La Land (Damien Chazelle, 2016): filmes cuya giras de promoción los vendían más como acontecimientos que como simples películas, cosa que, después de todo, eran. Ni El renacido era el rescate y culminación del género de aventuras que se prometía (su esquema argumental era archiconocido, y solo la estética fotográfica de Lubezki le daba su toque distintivo), ni La La Land era el musical definitivo que volvía a poner de moda las películas de Vincente Minnelli o Stanley Donen (se trataba más bien de una comedia indie aderezada con unos fatuos números musicales).

En esta ocasión, la jugada de Ridley Scott, ahora productor de la cinta, y del gigante Sony, pasa por transmitir la idea de una continuación de calidad. El Blade Runner primigenio generó con el tiempo todo un culto que pasaba por la reivindicación de los valores estéticos de la cinta, por su capacidad visionaria en cuanto a la distopía imaginada y, muy importante, por el sustrato filosófico que se le achacó. El universo del cyberpunk, los debates en torno a la esencia humana, la disputa moral que abre el mundo de la robótica… todo eso fue objeto de fetichización e incluso de sesudos estudios, que auparon la película al olimpo de lo intocable. Quiero remarcar que eso no fue espontáneo, y que Blade Runner cosechó unos resultados relativamente modestos en su paso por la taquilla de 1982. Urgía, entonces, obrar en consecuencia con la fama adquirida por el producto.

Para que nos hagamos una idea, basta con pensar en la suerte que corrió la anterior obra de Scott, la escalofriante Alien, el octavo pasajero (1979), una película de notable influencia estética, parecidos rasgos distópicos y, si me apuran, idéntico caudal filosófico que su predecesora -por no hablar de su calidad, que considero superior al film del 82. Al poco tiempo, esta obra cumbre del terror espacial fue objeto de una continuación que, lejos de proseguir con devoción y respeto el camino marcado por su embrión, derivaba la apuesta hacia terrenos más lúdicos y espectaculares. Las siguientes incursiones siguieron jugando al despiste, cuando no a la hibridación, ya se tratase de películas encargadas a realizadores de pedigrí, o puros productos de exploitation, como la saga Alien vs. Predator. Tal es así que cuando el propio Ridley Scott filma la precuela Prometheus, dando al conjunto unas ínfulas de trascendencia muy pronunciadas, la audiencia mayoritaria rechaza el producto, y solo se reconciliará a medias con él cuando en Alien: Covenant se vuelva en parte a los terrenos del gore y del slasher interestelar. La temática y el impacto en la cultura popular de Alien no fue el mismo, en términos cualitativos, que Blade Runner. Mientras que la primera bebía de un subgénero poco prestigioso, los referentes y las exégesis de la segunda apuntaban a un estatus de mayor lustre: Alien, producto de culto pero con vertiente exploitationBlade Runner, clásico de culto pero material inviolable.

Como vemos, para la industria de Hollywood, que se mueve por imperativos económicos y de optimización de recursos para obtener beneficios, esa artificial distinción no existe. Prueba de ello es que tenemos desde hace una semana en los mejores cines una continuación de Blade Runner -y, por cierto: ¿vendrán más a partir de ahora? Eso sí, aun poniendo en marcha la secuela, es conveniente vestirla adecuadamente para no hacer pensar que se ha obrado un nuevo sacrilegio en nombre de la ganancia. Incluso muchas críticas, sospechosamente aparecidas antes del estreno en salas en EE.UU., abundaban en este parecer.

De este modo, Blade Runner 2049 se presenta como el producto de lujo que sentará un nuevo estándar de calidad en la era de lo franquiciable. La elección de un director de reconocido oficio, patente habilidad visual y un cierto mundo estético propio (algo así como el Ridley Scott de los inicios) como Denis Villeneuve, el cuidado reparto con Ryan Gosling a la cabeza y Harrison Ford en un discreto pero relevante rol secundario, la producción ejecutiva del propio Scott, y la colaboración en el libreto del autor del guion original, Hampton Fancher, certifica que se ha buscado crear una cinta que reúna oficio, espectacularidad y tintes de prestigio artístico. El ritmo pausado de la narración, la dosificación de las secuencias de acción, el privilegio a los efectos atmosféricos (en lo que intervienen una dirección artística y una fotografía excepcionales), los guiños disimulados al original, sin promover la histeria fan, el contenido registro interpretativo… todo conspira para hacer ver al espectador que esto no es una secuela más.

Y sin embargo, sí que lo es. Todo lo que tenía Blade Runner si no de novedoso, sí de loable, consistía en todos estos rasgos señalados. Aunque el esfuerzo creativo ha sido grande y nos encontramos ante un producto de gran vistosidad y esforzado valor estético (a veces estetizante), no podemos evitar sentir el dejà vu general. Blade Runner 2049 está bien, pero no deja de ser un producto aplicado que ha cumplido lo mejor que ha podido con un encargo que, no nos engañemos, se remite a propósitos crematísticos. Con rugosidades y altibajos (no seré yo el que defienda el cursi monólogo final de Rutger Hauer), Blade Runner respiraba autenticidad, proporcionaba aire fresco al cine de Hollywood de la era del blockbuster. La película de Scott, Villeneuve y compañía, no. Crea una réplica, a ratos fascinante y ratos cargante, de los modos del original. No vemos la autenticidad del esfuerzo artístico, vemos el esfuerzo por la autenticidad artística. La cinta es una réplica modélica, pero no pasaría un test de Voight-Kampff.

Vamos cerrando. Ojalá todos los remakes, reboots, secuelas, precuelas, spin-offs y demás fuesen como este Blade Runner 2049. También, ojalá que la industria del entretenimiento intente buscar otros Blade Runner que no echen mano de su catálogo anterior. Menos replicantes y más originalidad.

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Blade Runner 2049 (2017): las secuelas de ‘la Secuela’

Gabriel Domenech

La tan esperada como temida continuación de ‘Blade Runner’, la mítica película de Ridley Scott, ha aterrizado en nuestras pantallas. Las críticas y alabanzas al trabajo de su director, Denis Villeneuve, probablemente soslayen lo verdaderamente interesante del producto, su carácter de ‘secuela con pedigrí’. leer

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