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Estreno

En la película de Luca Guadagnino por encima de todo destacan las actuaciones de Fiennes y Swinton‘Cegados por el sol’, deslumbrados por la carne

La nueva película de Luca Guadagnino sumerge al espectador en las turbulentas y fervorosas aguas del deseo.

Siete años hemos tenido que esperar para que Luca Guadagnino, tras impresionarnos con la fastuosa Io sono l’amore (2009), volviera a estrenar nueva obra. Cegados por el sol’ (A Bigger Splash) es un carnal thriller erótico que usa la tórrida película de culto francesa La piscine (Jacques Deray, 1969) como trampolín para saltar a aguas mucho más turbulentas y fervorosas, que acaban por salpicar la apacible superficie del relato (como el cuadro de David Hockney del que la película toma su título original). Una obra libidinosa, densa en hallazgos visuales, y con unos actores en estado de gracia que se dejan la piel encarnando a sus personajes, para terminar despellejados.

Marianne Lane (Tilda Swinton) está recuperándose de una reciente operación de garganta junto a Paul (Matthias Schoenaerts) en una pequeña isla siciliana. Ella es una bowiediana estrella del rock, él un intenso documentalista. En los seis años que llevan como pareja la pasión no parece haber disminuido, aprovechando sus vacaciones para tostarse desnudos al sol, rebozarse en el barro y amarse a la luz de la luna, todo muy idílico. Pero su aislamiento se ve perturbado por la llegada inesperada de Harry (Ralph Fiennes), productor y ex-amante de ella, antiguo compinche de él, que viene acompañado de su recientemente descubierta hija, Penelope (Dakota Johnson).

Los cuatro personajes de Cegados por el sol’  tienen toda una isla por descubrir, pero se ven atrapados en ese inestable cuarteto que conforman, una suerte de huis clos donde el espacio viene definido por las trayectorias del deseo. Con su seductora hija como cebo y su jovialidad como arma, Harry se inmiscuye en la vida de la pareja con el nada sutil objetivo de recuperar a Marianne, ante la comprensiva mirada de ella, y el hastío de un Paul que bastante tiene con evitar el alcohol, tras un periodo de excesos que le han dejado una larga marca en el costado, a modo de recuerdo. Y bueno, ya se sabe lo que sigue: los líos de la lujuria, el peso del pasado, las inseguridades del presente, y todos esos ingredientes que dan cuerpo a un buen drama, que en este caso se revela como un sensual thriller donde lo más oscuro pasa a plena luz del día, porque es entonces cuando el sol arde, las ropas caen y la piel se revela.

Por encima de todo destacan las actuaciones de Fiennes y Swinton. El primero da cuerpo a una suerte de maníaco extravagante sin pelos en la lengua, y lo hace dotándole de una energía que consigue hacer palpable el voraz apetito y la disimulada desesperación del personaje. Se mueve por la casa a golpe de convulsión, como ese Mick Jagger al que imita en una fantástica escena de baile espasmódico. Y se mete al espectador en el bolsillo, a la par fascinado y desquiciado por su agotadora vitalidad. En cuanto a Swinton, musa indiscutible del director, encarna con sobrado carisma a un personaje que el director ha decidido enmudecer con la excusa de un forzado descanso de sus cuerdas vocales. Una decisión creativa intrigante, al limitar sus posibilidades comunicativas en una película donde todos se expresan sin tapujos. Y que la actriz compensa con su deslumbrante gestualidad, demostrando que las palabras resultan superfluas en una película donde lo importante es el hablar de los cuerpos.

Guadagnino filma en Cegados por el sol’ este juego de seducciones y desengaños con un estilo exuberante, ostentoso, que rompe las normas del buen gusto a golpe de inesperadas florituras: chocantes zooms, planos frontales, drásticos cambios de escala, perspectivas forzadas, movimientos inestables. Y suma una pista sonora que juega más al descoloque que al acompañamiento. Lo hace sin abusar, dejando que estos arabescos y desajustes se entrometan de vez en cuando para romper expectativas, introducir inquietud y construir tensión, sin comerse la historia. Como el que acaricia un suave cuerpo para encontrarse, de vez en cuando, con una imprevista cicatriz. Y consigue esculpir varias imágenes brillantes, entre las que destaca una de las mejores representaciones de la lógica del deseo vistas en el cine: ese instante en que Paul, tras un sudoroso y desarropado paseo con Pen, la observa desde el margen contrario de una costa rocosa, situándose la mirada del director y del espectador siempre en un punto demasiado lejano o demasiado cercano al cuerpo desnudo de ella. Porque en el juego de la lujuria no hay término medio: o mantienes la distancia, o caes de bruces sobre carne ajena.

Parece que el director italiano ha encontrado en el territorio del remake un espacio ideal sobre el que maniobrar (por el momento anda fraguando su versión personal de Suspiria, el clásico del terror psicodélico de Dario Argento). En este caso, al menos, el resultado es un éxito. Como ese “Moon is Up” de los Rollings, que Harry baila y comenta en la película, no es una obra refinada, ni armoniosa, ni falta que le hace. Porque como la canción, retumba en el cuerpo y se pega a la memoria. Uno de los estrenos del año.

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