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Estreno

El más popular creador de 'blockbusters' ofrece su particular visión de un importante episodio de la Segunda Guerra MundialChristopher Nolan nos embarca en el infierno de ‘Dunkerque’

Christopher Nolan aterrizó hace unas semanas en España con 'Dunkerque', su particular revisión del cine de hazañas bélicas a partir de la dura retirada de las tropas británicas de Francia en 1940.

Christopher Nolan ha conquistado de nuevo las pantallas y a gran parte de un público ya adepto sin renunciar a sus habituales armas. Su paso al cine bélico confirma las señas de identidad de su cine, para bien y para mal, así como corrobora su eficacia para vertebrar narraciones con gran sentido de la emoción y el espectáculo. La retirada de las tropas aliadas durante los inicios de la Segunda Guerra Mundial sirve a Nolan de pretexto para crear un gigantesco clímax de casi dos horas de duración, donde hace gala de su habilidad narrativa, pero también de su querencia por el efectismo.

Dunkerque (2017) y su creador, Christopher Nolan, atacan con toda la artillería pesada. Lejos de representar la definitiva caída que muchos de sus detractores esperaban, Dunkerque ha permitido a Nolan hacer lo que mejor sabe sin dejarse amilanar por las exigencias del género: batallas encarnizadas, reconstrucción histórica detallista y respetuosa, necesidad de realismo (o de hiperrealismo truculento, detalle obligatorio de todo filme bélico hecho tras la más que sobrevalorada Salvar al soldado Ryan de Spielberg).

Sin demasiado interés por el general contexto político del momento, la película se detiene en las duras jornadas que precedieron al embarco de Dunkerque, cuando las tropas aliadas quedaron acorraladas por el rápido avance alemán en junio de 1940. La necesidad de evacuar a casi medio millón de efectivos ingleses se vio dificultada por el mal tiempo en el estrecho de Calais, el cada vez más estrecho cerco que el ejército de Hitler imponía a la localidad sitiada de Dunkerque por tierra, mar y aire y, en fin, por las naturales tensiones de un gran contingente de soldados que, humillantemente derrotados, solo ansiaban volver a casa sanos y salvos.

Christopher Nolan se centra en unas pocas microhistorias, divididas en tres tramos de desigual cronología, pero montados en paralelo. Estos representan, precisamente, las tres vertientes del conflicto: la agónica espera en la playa bretona, la difícil travesía marítima y la cruenta batalla que se vivía en el aire entre los aviones de la RAF y la Luftwaffe. La contraposición de estos tres episodios genera un clímax continuado, al modo en que funcionaban las más recordadas macro-secuencias de El caballero oscuro y, sobre todo, Origen. El espectador asistirá, durante más de hora y media, a una exhibición de fuerza  y tensión enunciativa que no dará tregua hasta, casi literalmente, los créditos. La minuciosa reconstrucción de época, las habituales triquiñuelas argumentales de Nolan, capaz de rizar el rizo con tal de añadir suspense a su trama, y un apabullante diseño sonoro presidido por una omnipresente banda sonora del habitual Hans Zimmer, contribuyen a que público y crítica hayan ovacionado un filme que, como decimos, guarda más parecidos con la carrera anterior de Christopher Nolan de lo que en un principio podría parecer.

Sin rendir demasiada pleitesía a sus últimas predecesoras en el género, Dunkerque se fía de la fórmula que tantos réditos le ha dado a Nolan: juegos temporales, vuelcos narrativos, espectacularidad a todo coste (en gran parte basada en el montaje) y cierta pátina “intelectualizante” que parece legitimar productos que, con otro abordaje, serían vistos como carne de taquilla. La querencia por el golpe de efecto, el “más difícil todavía”, la pirueta formal y las salidas de tono solemnes (siempre encontramos alguna sentencia pseudo-filosófica o moralizante en boca de un personaje de sus películas), han hecho al cineasta inglés acreedor de la inquina (la mía) o los odios de parte del personal cinéfilo, que lo tacha de vendedor de humo o, peor, de efectista.

Y es cierto. Christopher Nolan es un director efectista. Profundamente efectista: basta dar un repaso a su filmografía y a su última criatura para dar fe. Pero al César lo que es del César. El efectismo tiene sus ventajas. No es la menor de ellas (perdón por el juego de palabras) la efectividad. Con todas mis reservas hacia el cine de Nolan y hacia el tipo de experiencia fílmica que suele proponer, hay que reconocerle su dominio del arte de engatusar al respetable. Con muchísimos peros (a continuación desgrano), Dunkerque es una experiencia emocional de primer nivel. Muy efectiva. El primordial objetivo, mantener al público abrumado y en tensión, se consigue de sobra. Y, frente lo que se ha dicho, se hace mediante la estrategia más vieja del cine: el montaje paralelo, el clásico esquema del “salvamento en el último minuto”. Tomando ese esquema, retorciéndolo y alargándolo a voluntad, pero sin traicionarlo, Christopher Nolan muestra, por un lado, lo que su fórmula tiene de vigorosa, pero por otro, lo enraizada que está en planteamientos narrativos de sobra transitados. Probablemente, el cineasta con el que más en deuda esté el Nolan de los clímax de Origen, Interstellar o del entero Dunkerque (el filme es todo él un clímax de sintagmas alternantes) es con David W. Griffith.

Da lo mismo, entonces, que Dunkerque esté concebida como un “parque de atracciones” con guerra de fondo. El concepto de espectáculo que adopta, por mucha panoplia trascendente que lo adorne, es el del brío y la potencia, el del proporcionar al espectador constantes cliffhangers que prolonguen su tenso placer. Este crítico no puede evitar reconocer que, viendo la película, se sentía arrastrado por la vorágine creada por la amalgama de relato al límite, imágenes espectaculares y banda de sonido atronadora. El conjunto de Dunkerque es muy poderoso. Sería hipócrita negarlo. Es por ello que no puedo estar de acuerdo con muchas reseñas que he leído donde se denigra la película por espectacular y efectista. El efectismo no es unívocamente malvado. Tampoco creo que haya que rechazar el espectáculo como tal. Lo espectacular es capaz de otorgar un valioso placer al espectador que ciertos críticos (al parecer hechos de distinta pasta del resto de los mortales) semejan no querer asumir. Como si todo placer fuese culpable y el cine solo fuese reflexión. Evidentemente, Christopher Nolan antepone una narración epidérmica y sensacionalista (no lo digo en sentido peyorativo) al trasfondo intelectual de sus argumentos.

Reitero: el cine tiene todo el derecho a no ser pura especulación racional. Pero la vida debe ser reflexiva. Es después de ver la película, una vez pasado por su “filtro placentero”, cuando conviene hacerse preguntas. De ahí vienen mis dos objeciones a Dunkerque.

La primera tiene que ver con la temática histórica y sus implicaciones. El retrato que hace Nolan de las actitudes mayoritariamente heroicas de los británicos, de su solidaridad y su espíritu de unión debe ser puesta en el contexto actual: ¿por qué hacer ahora una película, esta película, sobre Dunkerque? La elección de dar una visión centrada en la parte británica, dejando en sordina a los aliados franceses o, como señaló el New York Times, a ciertos colectivos que desempeñaron un importante papel en las huestes inglesas, como fueron los soldados provenientes de las colonias del Imperio, puede interpretarse como una visión cercana a postulados que han permitido, entre otras cosas, el triunfo de un ultra-nacionalista y xenófobo Brexit.

La segunda objeción es puramente cinematográfica. Después del carrusel de emociones al que hemos sido sometidos, ¿qué queda? La construcción de un artefacto pirotécnico es loable en sí misma. Pero la pirotecnia suele agotarse también en sí misma. ¿Qué aportará al espectador esta película en un segundo visionado, una vez despejados y sabidos todos los flecos de la trama? Su apuesta por una narrativa epidérmica es tan clara y literal que su disfrute parece circunscribirse a la experiencia única.

Así, una vez deshechos del subyugante espectáculo, toca preguntarse por lo que podemos filtrar. La historia que se cuenta, como ya he intentado probar, no difiere de los modelos clásicos. Los relatos de heroísmo, cobardía, patriotismo y sacrificio tampoco revisten nuevos matices. Solo ese trasfondo que parece ligarla al contexto presente es lo que merece que Dunkerque sea estudiada. Pero, claro, sea el punto de vista de la película intencionado o no (el mito de la solidaridad británica ante el empuje de las malvadas fuerzas extranjeras), nos reservamos muy mucho de alinearnos con él.

En resumen, si quieren pasar uno de los ratos más vibrantes que el cine les vaya a ofrecer esta temporada, no se pierdan la película. Por mucho que escriban otros ayatolás culturales, el cine también es evasión, espectáculo, emoción, suspense y disfrute. Dunkerque sabe proporcionarlo a manos llenas. Eso sí, alerta: como toda buena bebida alcohólica, conviene degustar con precaución.

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