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Estreno

Tenso thriller egipcio donde un furgón policial funciona como único escenario de las desavenencias entre diversos manifestantes enfrentados.‘Clash’ of neighbors

Segundo largometraje del director egipcio Mohamed Diab, un intenso y compacto thriller de espacio confinado que se abre como retrato de las enredadas tensiones políticas y socioeconómicas que alimentaron la "Primavera Árabe" de su país.

Segundo largometraje del guionista (junto a Khaled Diab) y director egipcio Mohamed Diab, Clash (2016) llega a las carteleras tras un exitoso recorrido por varios festivales en 2016, habiendo abierto, sin ir más lejos, la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes del año pasado. Lo hace compartiendo vocación crítica con su exitoso y polémico debut, El Cairo, 678 (2010), pasando de unas calles cargadas por las injusticias sociales, con el acoso sexual como sinécdoque, a un Egipto en llamas tras el estallido de la revolución, con el caos ciudadano como hipérbole. Pero mediante un relato más afinado, un intenso y compacto thriller de espacio confinado con el que Miab pretende retratar algunas de las enredadas tensiones políticas y socioeconómicas que alimentaron la “Primavera Árabe” de su país.

La historia transcurre durante un caluroso día del verano de 2013 en el centro de El Cairo, en los días inmediatamente posteriores al golpe de Estado de las Fuerzas Armadas contra el presidente Mohammed Morsi y su Hermandad Musulmana, vencedores en los comicios electorales celebrados tras caer el régimen dictatorial de Hosni Mubarak a causa de la llamada revolución egipcia de 2011. Las calles son un hervidero de bandos divididos, de los que diferentes integrantes son progresivamente arrojados al interior de un furgón policial: dos periodistas por contestar, algunos vecinos por error, varios partidarios de la Hermandad Musulmana por agitadores, algún simpatizante del ejército por confusión, una madre por compromiso familiar e incluso un soldado por temor a la amenaza exterior. Aunque su destino es la cárcel nunca llegan a ella, porque a cada esquina surge una nueva manifestación. Por lo que se verán obligados a convivir durante horas en el reducido, asfixiante y caldeado espacio del cubículo policial, mientras asisten desde las ventanillas a la tormenta desatada en el corazón político de su país.

A medida que se llena con nuevos detenidos, el camión se convierte gradualmente en una suerte de microcosmos desordenado de la sociedad egipcia del momento. Y aunque el recurso del confinamiento pudiera parecer trillado —ya saben: Náufragos (1944), El ángel exterminador (1962) o Buried (2010)—, permite con acierto comprimir dramáticamente una amalgama de posiciones y personalidades enfrentadas que convierten la celda provisional que les ha tocado compartir en el escenario de una tensa danza de alianzas y renuncias, tanto políticas y personales, permitiendo que manifestantes de ambas facciones se encuentren entre sí, al menos temporalmente, para reflexionar con palabras sobre sus compromisos, mientras otros se mantienen aferrados con uñas y dientes a sus creencias. Un baile de posturas políticas que el movimiento de sus cuerpos por el minúsculo espacio no hace más que evocar, incluso provocar, ante una cámara que no tiene espacio para operar visualmente las fronteras que les separan, dejando claro que son mucho más anárquicas y caprichosas de lo que defienden.

Diab coreografía estos incesantes movimientos con determinación, valiéndose de la inestimable ayuda de Ahmed Gabr, cuya enérgica fotografía —por momentos propia de un Paul Greengrass— consigue que las paredes del furgón parezcan respirar al ritmo de los encuentros y desencuentros de los personajes que enclaustran, ensanchándose y encogiéndose según la tensión de cada escena, a la vez que el espacio se abre al exterior a través de las ventanas, como las ansias de libertad de sus prisioneros, como los anhelos de cambio de sus vecinos. Un cambio difícil de predecir cuando lo único que impera alrededor es el caos humano, la esperanza fanática, el miedo crónico. De los que se nutre Diab para ofrecer un tour de force narrativo tan enfático como el que su propia nación estaba pasando.

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