El Hedonista El original y único desde 2011

“Todos los que parecen estúpidos, lo son y, además también lo son la mitad de los que no lo parecen.”. Francisco de Quevedo

Menu abrir sidebar

Estreno

Nacho Vigalondo ha vuelto a dar que hablar con su nuevo cóctel de géneros: "Colossal".Colossal, de Nacho Vigalondo: de lo grande y lo pequeño

Parece que Nacho Vigalondo ha conseguido hacerse un hueco en el panorama USA con su primer largometraje enteramente producido en Estados Unidos. "Colossal" propone una nueva formulación del universo del director cántabro, aunque los resultados se antojan más desiguales que nunca.

Colossal (2016), estrenada en cines hace unas pocas semanas, se ha celebrado como la consagración de Nacho Vigalondo, cineasta en pleno dominio de sus facultades creativas, al tiempo que “autor” de proyección internacional. En efecto, su nueva película ha conseguido el apoyo de capital estadounidense, canadiense y surcoreano, lo que parece reafirmar la carrera del cántabro en el mercado internacional. Colossal, que cuenta con el protagonismo de la estrella Anne Hathaway, retorna a la consabida práctica de Vigalondo: la mezcla y el descoyuntamiento de géneros populares para abrir sus narraciones a nuevos horizontes.

Hace pocas semanas escribía sobre el que considero uno de los vicios de la crítica española. La necesidad de lanzar ditirambos ante determinados estrenos “nacionales” empaña la labor de un gremio que, por un lado, parece perder los papeles y la necesaria distancia ante ciertos fenómenos y, por otro, termina perjudicando a producciones en muchas ocasiones modestas que no necesitan de halagos sobredimensionados, sino de una recepción que las valore en su contexto y justa medida.

Basta pasearse por los principales medios patrios para corroborar que Colossal ha sido el nuevo “ojito derecho” de la crítica española. El aluvión de buenas reseñas nos depara, además, sorprendentes consideraciones como esta: “La primera parte del filme […], maridando la épica y la intimidad del relato, depara una de las horas más genuinamente sorprendentes y encantadoras que ha dado el cine español en el siglo XXI.”

No es el único texto en el que se alude a Colossal como cine español. Habría que preguntar a los firmantes, muchos de ellos de sobrado prestigio: ¿qué concepto manejan de cine español al hablar de una película producida entre varios países, y en cuyo equipo técnico y artístico solo figura un español: el director-guionista? No se trata tampoco de un filme en que se traten tópicos o figuras adscribibles a idiosincrasias nacionales. Estamos hablando de una coproducción internacional en toda regla que basa su dispositivo argumental y sus referentes temáticos en géneros y figuras claramente legibles para un público global, como luego veremos.

Dejando aparte estos remilgos terminológicos, en sí de poca importancia pero, creo, reveladores de una dejadez teórica producto de entusiasmos excesivos, vayamos al meollo de Colossal.

La película, es cierto, tiene notables puntos de interés, pero temo que ninguno de ellos se sitúa en su texto sino en su contexto. Es decir: Colossal resulta sintomática de un cierto estado de cosas en el mercado cinematográfico actual y de una determinada cultura entre jóvenes creadores nacidos en España.

La cada vez mayor pujanza de una cultura globalizada ha conducido al florecimiento de toda una generación de cineastas que basan su poética en referentes que superan con mucho las barreras e idiosincrasias nacionales y que, en varias ocasiones, no quieren limitarse a trabajar en el marco de la industria española. Esta generación, cuyo primer y más legitimado exponente puede ser Amenábar, pero que incluiría en su nómina a otros como Vigalondo, Isabel Coixet, Juan Carlos Fresnadillo o Jaume Collet-Serra, no entiende el rol de creador si no es en un espacio trans-fronterizo, tanto económica como culturalmente. En todos ellos, el apego a tradiciones y tópicos hispanos importa menos que la proyección internacional que puedan alcanzar sus trabajos, con lo que se privilegia una clave de lectura que permita el acercamiento de un público familiarizado con las nuevas formas de cultura popular difundidas a lo largo y ancho del globo.

Otro aspecto contextual importante es el estreno de Colossal: antes de llegar a los cines figuraba en la programación del paquete televisivo Movistar+. En un marco como el actual, donde la anterior preponderancia de la sala de cine ha dado paso a una miríada de ventanas de exhibición que pelean por una cuota de mercado mayor, es significativo que una película opte por una vía mixta para intentar captar a un espectro de público mayor (o quizás, más concreto).

Colossal cuenta la historia de la treintañera Gloria, que vuelve de Nueva York a su pueblo natal para recuperarse de una crisis vital. Allí, junto a sus antiguos conocidos, descubre que es el origen de un raro suceso paranormal: cuando se persona en un parque infantil a una hora determinada, un monstruo gigantesco aparece en Seúl copiando los movimientos de Gloria uno por uno. Como si de una variación marciana del efecto mariposa se tratara, los actos mínimos y prosaicos de la protagonista tendrán un inesperado y magnificado eco al otro lado del mundo.

¿Qué valoración me merece, ahora sí, la propia película? Frente a un enjambre de comentarios que alaban la “madurez”, originalidad y riesgo de lo nuevo de Vigalondo, siento volver al desacuerdo. Lo absurdo de la premisa y el choque de géneros que implica (lo que la engarza con anteriores trabajos de Vigalondo, pero sobre todo con Extraterrestre, donde la ciencia-ficción y la comedia romántica de ribetes indies también colisionaban) prometen diversión y una sana irreverencia, cosas que Nacho Vigalondo nos había proporcionado con su seminal 7.35 de la mañana (2003) o en sus colaboraciones con Muchachada Nui y sus integrantes. Sin embargo, nos hallamos ante una película muy pautada, comedida y, lo más decepcionante, impostada.

El incidente que pone en marcha toda la trama pierde vigencia en ciertos tramos de la narración, para, finalmente, solucionarse con una suerte de “explicación” que, en lugar de despejar incógnitas (que no hacía falta despejar) cae en el ridículo por estar totalmente traída por los pelos. Podría interpretarse como chiste “pos-humorístico”, pero el tono con que se inviste no puede ser más solemne. Colossal acaba transformándose en una fábula sobre la superación personal que saquea a manos llenas todo un argumentario muy en boga en la actualidad, y que va desde el nuevo feminismo hasta las relaciones tóxicas.

Ningún problema en sacar a la palestra tales cuestiones. El pero reside en insertarlas armónicamente o en armar un conjunto en que las intenciones moralizantes (que no de madurez, si es que acaso existe un “cine maduro”) maten cualquier pretensión lúdica del conjunto. La carga de iconoclastia y gamberrismo que caracterizan al director aparece aquí muy mermada por el intento de que nos tomemos completamente en serio su propuesta, de que nos demos cuenta de que “aquí hay un mensaje”.

La película no aporta nada nuevo a las combinaciones entre intimidad y espectacularidad monstruosa que ofrecían, por ejemplo, Monstruoso (Matt Reeves, 2008)The Host (Bong Joon-ho, 2006). A todo esto, habría que dejar claro que el subgénero de monstruos y catástrofes, incluido el kaiju eiga del que bebe Colossal, siempre ha recurrido a la contraposición y el paralelismo entre historias particulares y la gran trama de la amenaza, sea esta un dinosaurio pos-nuclear, un tiburón, un volcán en erupción, el cambio climático o un rascacielos en llamas. Las cuitas personales que se espejean en macro-acontecimientos son la piedra angular de cualquier film perteneciente al subgénero. La novedad de los títulos antes citados reside en la conciencia y el subrayado de esta ligazón. Y sin embargo Colossal aborda este subrayado con menos fortuna que sus predecesoras: la premisa inicial es, al final, solo un pretexto para hablar de otra cosa; el potencial irreverente y ambiguo se diluye en un unívoco y tópico mensaje sobre el empoderamiento. Por lo demás, el guion, una vez descubierto el punto de partida, es previsible, y la narración y el tratamiento formal, convencionales y hasta cansinos.

Puestos a reivindicar un cine de género hecho por españoles (que no made in Spain) y que traspase fronteras, preferimos destacar las propuestas, con menos ínfulas pero mil veces más efectivas, de Jaume Collet-Serra (que se marcó una excelente pieza de terror acuático con Infierno azul).

Es posible que Vigalondo sea un realizador avispado al saber tomar el pulso a la industria  del cine en todas sus facetas, conservando además la habilidad de llevar sus obsesiones a la gran pantalla con el acuerdo de potentes nombres de la esfera cinematográfica americana. Cabe exigir, no obstante, algo más de crítica con los resultados de sus incursiones transnacionales. Probablemente muchos querrían que, con Colossal, Nacho Vigalondo tocase la grandeza, pero pienso que, por esta vez, sus rendimientos (artísticos) han sido muy pequeños.

Estreno

Todo esto
y mucho más
en Estreno
+