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Estreno

El brasileño Kleber Mendonça Filho firma un precioso drama cotidiano sobre la desintegración material y moral‘Doña Clara’, la memoria del tiempo pasado

Precioso drama cotidiano con alma de thriller centrado en el pulso de una mujer contra unos promotores inmobiliarios.

El debut de Kleber Mendonça Filho, la impresionante Sonidos del barrio (2012), anunciaba la llegada de una nueva mirada al cine brasileño, presentando a un director capaz de condensar las espinas y rosas de toda una sociedad en el perímetro de una simple calle residencial. Pocas películas contemporáneas se han mostrado más eficaces a la hora de poner en forma las experiencias cotidianas de un país marcado por las fronteras (sociales, culturales, raciales, económicas, territoriales, experienciales), los miedos (al extraño, al querido, a uno mismo) y las ansias (cambio, estatus, afecto, posesión). Mirada que madura en su segunda película, Doña Clara (2016), de textura más sutil y nervio más pacífico que su antecesora, pero igual latido interior.

La historia nos invita a seguir a la protagonista que da título a la película, Doña Clara, interpretada por la matriarca del cine brasileño, Sonia Braga, uno de esos rostros del cine en cuyas facciones, como ocurre con las de Isabelle Huppert, parecen colapsar devoción, belleza, dignidad y fiereza. Crítica de música retirada, la casa de Clara, un precioso apartamento costero construido en la década de 1940 sobre la chic Avenida Boa Viagem, que bordea el océano, es la última propiedad que le falta por adquirir a una constructora para poder demoler el edificio y plantar en su lugar un lucrativo complejo residencial. Y aunque todos sus vecinos se han mudado, seducidos por las ofertas o cansados de las presiones, ella resiste con tenacidad numantina, porque su hogar no tiene precio y su entereza no tiene fisuras, manteniendo un tenso pulso con los espinosos contratistas, que harán todo lo posible por desplazarla.

Superviviente de un tiempo analógico en el que las fuerzas de lo virtual (lo efímero, inestable, desechable, actualizable, aséptico) todavía no habían consumido como un cáncer las conciencias y querencias de una sociedad azotada por el huracán capitalista de la acumulación flexible y la destrucción creativa, doña Clara representa una sensibilidad quizás pretérita, donde los objetos no solo eran materia, sino también, sobre todo, experiencia, memoria, posibilidad. Donde una cómoda conmemora un romance, un vinilo evoca un viaje, un coche se tiene por miembro de la familia y una casa por sumario de una vida. Donde la identidad personal está inscrita en cada uno de los objetos y cuerpos que se han tocado, con los que se ha interactuado, en los que se ha dejado huella, sangre, sudor, lágrimas y deseo. Y que por ello, por todo ello, no se quieren perder.

A pesar de que su trama rehúye la acción, en el sentido espectacular del término, y su puesta en escena se construye sobre la contemplación, con gestos suaves y tiempos dispersos, la película se desarrolla como una suerte de thriller de invasión doméstica, bastando una simple imagen (en la que se revela todo lo que se esconde al final de la escalera, material y socialmente) para hacernos sentir tan vulnerables y ultrajados como el protagonista de Perros de paja (Sam Peckimpah, 1971). Sensación de la que el director nos hace partícipe invitándonos durante las dos horas previas a vivir dicho espacio junto a la protagonista, convirtiéndolo, por efecto del afecto con que la cámara lo transita, en nuestro hogar. Porque más allá de su vaporoso contenido dramático, Doña Clara nos invita a reflexionar sobre los vínculos emocionales que establecen los cuerpos con los lugares que habitan, incluido el cuerpo del propio filme, que cruza, circunda, inspecciona, acaricia, conecta y eleva el espacio de una casa que convierte, ante nosotros, para nosotros, en experiencia sensible.

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