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Estreno

Dos días, una noche

La sencillez de esta película esconden temas universales y relevantes, como la confianza última en la bondad humana.

En el clásico de Sidney Lumet 12 hombres sin piedad, una de las películas más influyentes en el subgénero del drama judicial tanto en la gran pantalla como en su variante televisiva, medio en el que la historia se estrenó originalmente, el personaje interpretado por Henry Fonda debe convencer a los otros once miembros del jurado de que rectifiquen su veredicto inicial de culpabilidad en un caso de asesinato sobre la base del principio de la duda razonable. Se trata de un film fascinante que permite, bajo la estructura narrativa de la búsqueda del consenso, escudriñar la personalidad de doce personas reunidas por las circunstancias en un espacio asfixiante y desmenuzar la magnitud de un conflicto y de sus motivaciones, que van desde el prejuicio de clase hasta el egoísmo más salvaje, encarnado en el personaje que desea despachar con diligencia un asunto del que depende la vida de otra persona para no perderse un partido de béisbol para el que ya tiene compradas las entradas.

Los hermanos Dardenne, maestros del realismo social europeo durante las últimas dos décadas, retoman esa angustiosa premisa en su última película, Dos días, una noche, y la trasladan a un espacio abierto pero no menos opresivo; la ciudad belga de Seraing, escenario eterno de sus historias. Sandra (Marion Cotillard) está a punto de volver a su modesto trabajo en una pequeña empresa de paneles solares tras un período de baja por enfermedad cuando, un viernes por la tarde, recibe una llamada en la que le informan de que su puesto ha sido suprimido. La dirección de la empresa ha sometido a votación entre sus 16 empleados la alternativa de mantener el empleo de Sandra a cambio de que el resto de la plantilla renuncie a la prima anual de 1.000 euros, y sólo dos de los trabajadores han votado a favor de su compañera. Sandra se entera por uno de ellos de que su supervisor, villano invisible de la historia durante buena parte de la película, ha influido negativamente en la votación, y convence al director de la empresa de que repita la votación el lunes. Sandra tendrá el fin de semana para convencer al menos a siete de sus compañeros de que cambien el sentido de su voto y lograr así una raquítica mayoría que le permita mantener su puesto.

El título de la película es tan preciso y apremiante como la construcción narrativa que vertebra el relato. La cuenta atrás que vaticina el título se confirma inmediatamente con la llamada de teléfono con la que los Dardenne, sin muchas contemplaciones y en un alarde de economía narrativa, abren el film. A partir de ahí, se hace evidente la estructura episódica de la narración a medida que Sandra va recorriendo, puerta a puerta, las estaciones de este calvario personal. Es una decisión formal sorprendente para unos cineastas que, como abanderados del naturalismo cinematográfico, nos tenían acostumbrados a dejar que sus historias corrieran por derroteros más libres y espontáneos, y no por una senda tan bien señalizada como la de esta película. Una premisa tan estricta tiene la virtud de otorgar una tensión casi insoportable a la narración, lo que hace que el espectador no pierda nunca interés en lo que está viendo, ya que es casi inevitable llevar la cuenta de los síes y los noes que Sandra va cosechando en cada uno de sus careos con sus compañeros. Sin embargo, hay algo irremediablemente forzado en este armazón narrativo; mientras que algunos de los capítulos son genuinamente conmovedores y perturbadores (según la reacción de cada uno a la petición de Sandra), otros resultan artificiosos e improbables, especialmente en un inesperado giro hacia el final de la película que nos aparta con una sacudida de esa realidad de ficción tan característica del cine de los Dardenne. Las películas de estos dos hermanos pueden gustar más o menos, pero es difícil no creer en ellas; Dos días, una noche resulta, a ratos, sencillamente inverosímil.

 Obviamente, la otra nota discordante de Dos días, una noche respecto al resto de la filmografía de los Dardenne es la elección de Marion Cotillard, una intérprete de proyección internacional con un Óscar en casa, para el papel central de la historia. Debo reconocer que antes de ver la película tenía mis dudas sobre la capacidad de esta rutilante estrella de incrustarse de forma creíble en el universo provinciano e industrial de los Dardenne. Su asombrosa interpretación es, sin embargo, lo más auténtico de una película que, por sus autoimpuestas limitaciones formales, pide a gritos un aliento de verdad. Desde el primer instante resulta creíble que esos conocidísimos rasgos pertenecen a una mujer anónima al borde del abismo y no a la famosa actriz que la interpreta. La belleza irregular de su rostro no está realzada por el maquillaje, pero tampoco hay un intento, tan común en actrices famosas en busca de premios, de erradicarla mediante postizos y prótesis para crear la ilusión de fealdad donde no la hay. En el fondo, el gran logro de Cotillard es hacer que la popularidad y la belleza de su cara resulten irrelevantes ante la tragedia humana que se adivina bajo sus facciones. Quizá desde el trabajo de Kirsten Dunst en Melancholia de Lars von Trier no haya habido un retrato más veraz y demoledor de la depresión en el cine que el aquí compone Marion Cotillard. Conforme avanza el fin de semana y se acerca el momento decisivo de la votación, van apareciendo los síntomas de la enfermedad, la falta de aire, el entumecimiento de la garganta, que la actriz, en una nueva muestra de su dominio técnico, incorpora dolorosa pero admirablemente al lenguaje corporal del personaje. Aunque el premio en Cannes a Julianne Moore por Maps to the Stars de Cronenberg es irreprochable, el trabajo de Marion Cotillard en esta película habría merecido también ese reconocimiento, y no me extrañaría que su nombre acabe barajándose para el Óscar, un premio que le resulta esquivo desde que lo ganara por La vida en rosa en 2007.

Es evidente que bajo la sencillez de la historia de Dos días, una noche se esconden temas más universales y relevantes, como la confianza última en la bondad humana en situaciones límite, la dignidad del trabajo, la fe en los procesos democráticos, o los efectos perversos que éstos pueden tener cuando se someten al poder ignominioso de la corrupción, por mucho que ésta sea de tan bajos vuelos como en esta película. Es también la obra más luminosa de los cineastas belgas, quizá junto a su film anterior, El niño de la bicicleta, donde incorporaban por primera vez un rostro conocido, el de Cécile de France. Y es posible que, allá donde se estrene, Dos días, una noche sea la película más recomendable de la cartelera, pues me da la impresión de que los Dardenne son incapaces de hacer mal cine. Aun así, creo que ésta es su película menos sincera. Nunca más desconfiaré de su capacidad de trabajar con actores conocidos, de salir de sus habituales moldes formales, pero espero que, hagan lo que hagan en el futuro, regresen a esa verdad a veces insoportable que he echado de menos en algunas partes de esta notable pero imperfecta película.

Más sobre cine en: Cine al desnudo, blog de Alberto Ramos-Lorente.

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