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Estreno

La Aventura estrena Berberian Sound Studio (2012) y The Duke of Burgundy (2014)El duque alado del estudio de sonido

Programa doble del director Peter Strickland, dos marcianadas con regusto setentero y cuerpo altamente estilizado.

Alabadas como obras de culto entre buena parte la cinefilia contemporánea, especialmente aquella devota del cine de género europeo de los años setenta, la breve pero sugestiva filmografía del británico Peter Strickland (Katalin Varga, 2009) ha pasado desapercibida para la congestionada cartelera española. Al menos hasta estas semanas, en las que una modesta distribuidora –por nombre La Aventura– se ha arriesgado a lanzar, con cierto retraso pero mucho arrojo, sus dos películas más recientes: The Duke of Burgundy (2014), en cines –selectos– desde el pasado viernes 15 de julio, y Berberian Sound Studio (2012), estrenada –por fin– este viernes 22 de julio. Una estupenda oportunidad para confeccionar un poderoso programa doble de cine hipnótico, de estilo fresco y contenido sombrío, idóneo para este caluroso verano del 2016.

The Duke of Burgundy es un drama psicológico centrado en los encrespados juegos sexuales entre Evelyn (Chiara D’Anna) y Cynthia (Sidse Babett Knudsen), ‘evil’ y ‘sin’, dos burguesas aburridas de alimentar la llama de Eros por el camino de la convención. De impecable diseño de producción, el relato se desarrolla en un espacio difícilmente localizable en la realidad, que recuerda a los ambientes bucólicos y recargados de las novelas de D.H. Lawrence y las películas rústicas de Joseph Losey o Ken Russell, así como los boscosos entornos de cierto cine de las Nuevas Olas del Este de Europa, de ascendencia literaria decimonónica (no en vano el rodaje se llevó a cabo en Hungría). Un universo pintoresco, vintage, demodé, habitado exclusivamente por mujeres de mediana edad dadas al sadomasoquismo soft y a la entomología hard (ese duque de Burgundy que da título a la obra no es otra cosa que un tipo de mariposa europea). Hobby, éste de la obsesión por los insectos, cuya resonancia simbólica en la película brota precisamente de su gran alcance estético, al conseguir el director erotizar, a golpe de miradas fetichistas y montajes sincopados, unos cuerpos a priori repulsivos, que terminan por resultar cautivadoramente hipnóticos tras pasar por sus manos. Cosa curiosa, porque precisamente el centro de la trama, esas perversiones sexuales de las protagonistas, son presentadas con gran timidez, antes fantasía erótica que realización física, sin sudores ni arrebatos, desviándose toda la sensualidad hacia el propio dispositivo audiovisual, cuya imagen se hace palpable gracias al incesante y delicado juego de filtros, desenfoques, brillos, reflejos y despliegues caleidoscópicos con los que el director colma la pantalla, mientras la banda sonora eclosiona en una serie creciente de capas donde se acoplan, con poderosa acústica, sonidos ambiente, ruidos larvados y tonadillas del dúo de pop alternativo Cat’s Eye.

Por su parte, Berberian Sound Studio (2012) narra la historia de Gilderoy (Toby Jones), un bonachón ingeniero de sonido inglés con el encargo de mezclar uno de esos filmes de fantaterror que los italianos producían a borbotones durante los setenta. El cruento contenido irá progresivamente haciendo mella en su equilibrio psicológico, de por sí debilitado merced al bullying al que es sometido por el resto del equipo, plegándose progresivamente realidad sobre ficción. Ingeniosamente, más allá de unos bellos títulos de crédito en negro y rojo –bastante similares, por otro lado, a los de la posterior The Duke of Burgundy–, Strickland nunca muestra otro metraje del filme cuyo sonido el protagonista viene a arreglar. Podemos escuchar pasajes de su banda sonora, y descripciones verbalizadas de cada secuencia, pero siempre estamos anclados al contraplano de la proyección, a su espectador, Gilderoy, que mira con fascinación y gesticula con estremecimiento ante una violencia que él mismo replica sobre todo tipo de verduras, que descuartiza cada vez con más saña. Una película que dialoga con obras maestras como El fotógrafo del pánico (1960) o La conversación (1974), pero sobre todo con el giallo italiano, ese género de cine policíaco-terrorífico que Mario Bava y Dario Argento engendraron y catapultaron a las cimas del cine de culto, y que Berberian Sound Studio aborda con visión destilada, ciertamente meta, desviando sus constantes hacia el territorio de la misma producción cinematográfica. Porque aquí las manos enguantadas en cuero manosean proyectores en lugar de cadáveres, y los cuchillos afilados despedazan coles en vez de cuerpos, erigiendo Strickland un marciano homenaje a unos modos artesanales de hacer cine, a estas alturas ya desaparecidos.

Dos películas extrañas, especiales –espaciales, diría–, de gran carga cinéfila, que abordan dos géneros setenteros sin inscribirse propiamente en ellos, abrazando sus convenciones pero desviando sus intenciones, para terminar confeccionando un filme erótico sin carne y una película de terror sin sangre. Con una puesta en escena altamente estilizada –llevada al paroxismo en las secuencias de montaje que incluyen, perturbadoramente hipnóticas–, y una narrativa escasamente entramada, en ambos casos asistimos a historias con mucha enjundia pero poco desarrollo dramático, sin pronunciados arcos de transformación de los personajes, a pesar de las radicales alteraciones por las que pasan. Porque en lugar de decantarse por unos relatos con giros drásticos e intrigas enrevesadas, Strickland desarrolla sus historias desvelando ligeras variaciones en el seno de la repetición –del ritual sexual, de la monotonía profesional–, forzando al espectador a encontrar el cambio –de los roles de poder, de la estabilidad mental– en el detalle, que refuerza por la vía formal, con gran gusto y mayor personalidad.

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