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Estreno

El Día del Orgullo MineroGay

La película Pride no pretende ser gran cine. Su único objetivo es que la gente salga contenta de la sala. Y lo consigue.

Hay que reconocerle a los británicos su indudable talento para unir en el mismo lote conceptos tan aparentemente opuestos como la crítica social y la comedia. Sobran los ejemplos, empezando por Full Monty, terminando por Billy Elliot y pasando por títulos como El jardín de la alegría o Las chicas del calendario. La comedia social inglesa vuelve a estar de enhorabuena con el estreno de Pride (Orgullo), una película que promete convertirse en un clásico del género y que nos habla con sorprendente desparpajo de homosexualidad, tolerancia y lucha de clases. Pride puede llegar a resultar blandita, maniquea, empalagosa, emocionalmente manipuladora e incluso cursi. Pero también es bonita, divertida y conmovedora. Una comedia amable, socarrona y previsible, a cuyo encanto es difícil sustraerse.

Pride narra un suceso real como la vida misma e insólitamente desconocido, que tuvo lugar en la década de los ochenta bajo el mandato de hierro de la primera ministra Margaret Thatcher. En el verano de 1984, durante la manifestación del Día del Orgullo Gay en Londres, un grupo de homosexuales y lesbianas se dedicó a recaudar fondos para ayudar a las familias de los mineros, protagonistas de una larga huelga de cincuenta y dos semanas con la que intentaban evitar el desmantelamiento del sector del carbón propuesto por el gobierno conservador de Thatcher. El sindicato de los mineros se negó a aceptar el dinero y el grupo gay, lejos de cesar en su objetivo, se marchó a un pueblecito de Gales para ayudar a los trabajadores directamente sin intermediarios. Como resultado de todo ello, varios años después el partido laborista aprobó por fin, gracias al sindicato minero, que los derechos de los homosexuales fueran recogidos en su programa.

Con tan rocambolesco argumento, Pride no podía ser otra cosa que una comedia. Una festiva, entrañable y más que graciosa comedia sobre la solidaridad, el entendimiento y el derecho a ser como se sea. Políticamente correcta hasta en su incorrección, vocacionalmente comercial y hecha para gustar a la mayoría, Pride es, al menos, honesta y no esconde sus bazas para llegar al corazoncito de la gente. Sus toneladas de buen rollo y algún que otro momento de vergüenza ajena no empañan, sin embargo, esa sensación final de haber visto algo intrascendente y a la vez tan luminoso como un domingo en el parque. Pride no es gran cine, es verdad. Pero tampoco lo pretende. Su único objetivo es que la gente salga contenta de la sala. Y eso, nadie puede negarlo, lo logra con creces.

Por supuesto, y por eso lo dejamos para el final, lo mejor de Pride son los estupendos actores de su coral elenco. Y entre ellos, sin duda, los veteranos. Imelda Staunton, Bill Nighy, Dominic West o Paddy Considine (recomendamos escucharlos con sus voces en versión original, merece la pena) bordan unos personajes que exigen vis cómica y credibilidad dramática a partes iguales. Gracias a ellos, el merengue de Pride no empacha y termina dejando un buen sabor de boca.

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