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Estreno

A pesar de ser un biopic deportivo no es una historia de superación‘El ídolo’ de barro

Stephen Frears dramatiza la vida de Lance Armstrong como si de una películas de gánsteres se tratara.

Stephen Frears (Las amistades peligrosas, Los timadores, Alta fidelidad, The Queen) vuelve a la gran pantalla con El ídolo, una película modesta pero vigorosa, donde dramatiza las peripecias deportivas del norteamericano Lance Armstrong (Ben Foster), convertido en ídolo de masas tras vencer un cáncer y siete Tours de Francia, de los que sería finalmente despojado tras descubrirse el sofisticado programa de dopajes que le había permitido conquistar el maillot amarillo más veces que cualquier otro ciclista (quedando el record nuevamente en 5, con Induráin como la cuarta y última persona en conseguir dicho récord).

El guion no se anda con rodeos, ciñendose esencialmente a la faceta deportiva de Armstrong durante el periodo comprendido entre su primer Tour y el momento en que fue acusado definitivamente del fraude  deportivo cometido, que llevó a la anulación de todas sus victorias, y su escarnio público. A pesar de ser un biopic deportivo no es una historia de superación, con el habitual tono épico que se puede encontrar en este tipo de relatos (véase Eddie el Águila, ahora en cines). Sino que la narración se ajusta más bien al esquema clásico del cine gansteril, contando el ascenso vertiginoso y la caída precipitada de un villano de moralidad cuestionable. Es precisamente al elaborado sistema de dopajes y engaños creado por el ciclista a lo que la película presta más atención (como anticipa el propio título, The Program), recordando en su desarrollo a las tramas sobre el crimen organizado, con sus confabulaciones, intimidaciones, estafas y chantajes. Desde luego, que la historia del famoso deportista se adapte tan bien a las constantes del género criminal resulta, de por sí, inmensamente significativo.

Basado en el libro que el periodista David Walsh (Chris O’Dowd) publicó tras destaparse el fraude, la película prioriza los hechos sobre los sentimientos, especialmente los de su protagonista. El guion prácticamente esquiva su vida personal, y la inexpresiva interpretación de Foster bloquea el acceso a su vida interior, resultando difícil discernir lo que piensa o siente en cada momento, a pesar de la presión y los dilemas morales a los que se enfrenta incesantemente. Una opacidad psicológica que se podría ver como un defecto, dado que la película ciertamente podría haber ganado en profundidad si los creadores se hubieran lanzado a especular sobre la compleja vida emocional de su personaje. Pero que se intuye intencionada, consiguiendo transmitir al espectador esa frustrante sensación de impenetrabilidad que Armstrong mostraba en la vida real, ante los medios y el público. Con su expresión siempre calmada y su sonrisa eternamente amable, el ciclista consiguió dar una imagen de invulnerabilidad que le convirtió durante años en ídolo de masas, hasta descubrirse que no era más que una máscara que portaba para esconder una bochornosa mentira. Una farsa de la que terminaría siendo víctima, no solo al desvelarse la fechoría sino también al intentar limpiar su imagen. Porque esa inexpresividad durante mucho tiempo autoimpuesta acabaría jugando en su contra al pasar la historia de los podios ciclísticos a los platós televisivos, resultando su confesión ante Oprah Winfrey demasiado acartonada para ser tomada por sincera.

El director, que siempre se ha mostrado cómodo creando para la pequeña pantalla (en 2013 estrenaba para la HBO otra ficción sobre tejemanejes paralelos al deporte, El gran combate de Muhammad Ali), trabaja con unos valores de producción y unos recursos estéticos más propios del formato televisivo que del cinematográfico. Pero a pesar de su sencillez la película avanza con ritmo vigoroso. Cuenta con una banda sonora de hits cuyas letras irónicamente parecen hechas a medida para la ocasión, destacando “Everybody knows” de Leonard Cohen y “No surprises” de Radiohead. Y luce una fotografía de colores saturados y textura impoluta, la cual, especialmente en algunos pasajes de dinamismo forzado (con composiciones angulosas, zooms bruscos e imágenes aceleradas), parece insertar a Armstrong en el anuncio de alguna bebida energética, imaginario con el que su figura ha terminado encajando a la perfección.

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