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“Creo que moriré de poesía”.Nicanor Parra

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Estreno

El testamento operístico de Benjamin Britten

Un bellísimo montaje operístico de Muerte en Venecia, la última obra de un gran autor.

Benjamin Britten estrenó su versión operística de la novela de Thomas Mann La muerte en Venecia en 1973, dos años después de que Luchino Visconti la popularizara en el cine. Cuentan que Britten no quiso ver la película, aunque no pudo evitar recibir alguna información sobre ella pues muchos de sus amigos sí la vieron. Para alejarse lo más posible de un referente cinematográfico tan omnipresente, el compositor británico decidió que el personaje del joven Tadzio no fuese interpretado por un cantante sino por un bailarín. Una criatura etérea y muda que muestra su tentadora inocencia con el cuerpo en una ópera en la que la danza juega un papel esencial. Así, el objeto de deseo del viejo y atormentado escritor Gustav von Aschenbach no abre la boca para decir palabra alguna ni en inglés, el idioma de la obra de Britten, ni en francés o polaco, como ocurre en el filme de Visconti. Una decisión, sin duda acertadísima, que convierte a Tadzio en un personaje más idílico y menos terrenal. El testamento musical de Britten –Muerte en Venecia fue la última ópera que escribió- llega ahora al Teatro Real en un bellísimo montaje coproducido por el Gran Teatre del Liceu de Barcelona, donde ya pudo verse en mayo de 2008.

Britten compuso Muerte en Venecia, como casi todas sus óperas, para que la interpretara su compañero sentimental, el tenor Peter Pears. No era la primera vez que abordaba el tema de la homosexualidad, ya lo había hecho en Billy Budd o en Peter Grimes, pero si era la primera vez que lo hacía de una forma tan explícita. De hecho, al contrario que en la película de Visconti e incluso en la propia novela de Thomas Mann, el Gustav von Aschenbach de Benjamin Britten no esconde la verdadera naturaleza de sus sentimientos debajo de una “asexuada” búsqueda de la belleza y se atreve a decirle a Tadzio en un momento de la obra “te amo”. La puesta en escena que el gran director alemán Willy Decker ha creado para este espectáculo no hace sino subrayar ese tortuoso amor que lleva a Aschenbach a la desesperación y, finalmente, a la muerte. Decker, con la ayuda del coreógrafo Athol Farmer, mueve con suma elegancia a la gran cantidad de intérpretes que coinciden sobre el escenario. Su montaje es ágil, dinámico y de una gran belleza. Tal vez la dirección musical de Alejo Pérez, mucho más pausada, debiera haber ido también en esa dirección.

Y es que, en lo musical, la obra de Bejamin Britten no es precisamente fácil de escuchar. Sin embargo, cuenta con momentos de un gran lirismo y una sutil y brillante orquestación. A destacar las intervenciones del coro, la mayor parte de las veces fuera de escena, que le dan a este drama un cierto aire sublime de tragedia griega, en la que contrasta la rítmica y sarcástica intervención de los personajes populares (vendedores y pedigüeños) con la melancólica y reflexiva línea de canto del protagonista. Todo lo cual aporta un logrado efecto dramático que hace de Muerte en Venecia una de las obras maestras de su autor. La producción que se puede ver en el Real hasta el próximo 23 de diciembre es, además, muy potente en lo visual.

Muerte en Venecia de Britten es una espléndida demostración de que hay otras lecturas posibles para esta historia y otras bandas sonoras distintas del hermoso pero manido Adagietto de la Quinta Sinfonía de Mahler con que Visconti adornó su, tal vez, sobrevalorada película. Aún así, es inevitable encontrar más de un referente estético a la cinta de Visconti en el montaje de Decker. No así en la interpretación, pues la sobria recreación que el tenor británico John Daszak hace de Gustav von Aschenbach poco tiene que ver con el excesivo amaneramiento de Dirk Bogarde en el cine. El rol protagonista de la ópera de Britten es un papel muy extenso y de gran dificultad. Daszak es un auténtico especialista y, por momentos, nos hace pensar que estamos oyendo al mismísimo Peter Pears y su técnica de canto tan británica, que a veces recuerda más al teatro musical que a la ópera. Junto a Daszak destaca Anthony Roth Costanzo, uno de los contratenores de voz más potente y penetrante que hemos escuchado últimamente en el Real, como la voz de Apolo.

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