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Estreno

Adaptación cinematográfica de la laureada obra de teatro escrita por August Wilson‘Fences’, esculpiendo el drama

Denzel Washington adapta a la gran pantalla la laureada obra de teatro escrita por August Wilson, con poca imaginación fílmica pero mucha garra dramática.

Adaptación de la laureada obra de teatro escrita por August Wilson en 1983, galardonada con el Premio Pulitzer al Mejor Drama y con varios Tonys tanto el año de su estreno como el de su reposición, Fences (2016) es un ejemplo perfecto de buen teatro filmado, tan poderoso en lo dramático como limitado en lo fílmico. Se trata, en esencia, de una transferencia a la gran pantalla del montaje estrenado en el gran escenario de Broadway, allá por 2010, en el que participó buena parte del elenco protagonista, incluidos Viola Davis y Denzel Washington, que ganaron sendos Tonys a la mejor actuación por aquel trabajo sobre las tablas. Y el tributo es tan fiel, por respeto o carencia de imaginación (¿chi lo sa?), que en los créditos del guion solo se menta al propio Wilson, que murió 11 años atrás. Aunque no es el único Pulitzer acreditado, apareciendo como co-productor otro escritor de prestigio, Tony Kushner, cuyos Ángeles en América llevaría a la pequeña pantalla Mike Nichols con soberbia mano.

Pero mejor no nos vayamos por las ramas para hablar de una obra tan sujeta a sus raíces. En su tercera película como director, tras Antwone Fisher (2002) y The Great Debaters (2007), Denzel Washington encarna, dando voz y canas, a Troy Maxson (¡ojo al dato!), un padre de familia afroamericano que dedica sus días a trabajar como basurero en el Pittsburgh de los años 50 y las tardes a relatar batallitas en el patio de su casa. Historias sobre sus pinitos como estrella del béisbol, sus frustraciones laborales y sus traumas personales, con las que pretende sentar cátedra sobre la vida pero solo consigue revelar su imperiosa necesidad de convertir en relato ejemplar lo que a escondidas siente como una sucesión de naufragios. De esos que llevan a ver cada arruga como el rastro de una cicatriz en lugar del recuerdo de un gozo.

Víctima de unos prejuicios raciales que han actuado, a la vez, como pared infranqueable contra sus aspiraciones y muro de contención para su autoestima (las ‘vallas’ del título), Troy se nos presenta como una figura invisible en la América WASP en que le ha tocado vivir, pero inabarcable en el hogar que se afana por habitar, cuyos reducidos espacios colma con su incesante cháchara y desbordante personalidad, mientras sus hijos (Jovan Adepo y Russell Hornsby) y su mujer (Viola Davis) bregan con el torrente. Ellos a chispazos, intentando encontrar algo de amor en una figura paterna que de querer curtirles ante la vida termina por machacárselas, legándoles tan solo traumas e iras. Ella con estoicidad, exhibiendo una combinación de fuerza y ternura que le permiten sobrevivir con dignidad al huracán y vivir con gracia las iridiscencias de su marido.

Relato clásico sobre las espinas y veladuras de un patriarca, Fences se desarrolla con contundencia dramática, merced a las robustas interpretaciones de un elenco principal decidido a lanzar diálogos como dardos y monólogos como rocas a lo largo de las más de dos horas de metraje. Una pena que el director deje que sus actores tomen tan poco cuerpo, restringiendo su puesta en escena a una sucesión de primeros planos de los que él, en tanto que protagonista, es el principal destinatario, y por los cuales las relaciones entre sus personajes, en tanto que reveladoras, se sienten deslavazadas, por más que el incesante parlamento entre ellos quiera entretejerles hasta la estrangulación. El director restringe sus localizaciones prácticamente a un escenario, la casa del protagonista, por la que mueve entre escenas a sus personajes, pero rara vez durante ellas, privilegiando en exceso sus rostros parlanchines. Lo que impide a su vez disfrutar con plenitud del cuidado diseño de producción de David Gropman y la preciosa paleta fotográfica de Charlotte Bruus Christensen, cuyas imágenes, que por momentos recuerdan en textura a la mejor pintura afroamericana del siglo XX (Allan Rohan Crite o Ernie Barnes, de quien pudimos hace poco disfrutar de un aperitivo en Michelle & Obama), nunca vibran con su pulso.

Pero aún así el director logra que corra mucha sangre por las venas de la película. Una sangre espesa, densa, rojiza, que nos llega en forma de palabras cargadas de sentido a través de las voces de unos actores que parecieran estar esculpiéndolas en rasposo granito para darnos una de cal y otra de arena, consiguiendo que sus personajes, a pesar de sus anclajes vitales, nunca se sienten como una carga para el entretenido espectador.

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