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“Todos los que parecen estúpidos, lo son y, además también lo son la mitad de los que no lo parecen.”. Francisco de Quevedo

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Estreno

Un típico pueblo siciliano cambia de alcalde. El nuevo consistorio pretende acabar con las viejas lacras de la localidad, pero no lo tendrá nada fácil.Ficarra y Picone nos señalan ‘La hora del cambio’

El espíritu de la más ácida 'comedia all'italiana' asoma en esta sátira firmada por el popular dúo cómico que forman Salvatore Ficarra y Valentino Picone.

Siempre tuvo el cine italiano una especial fijación por tomar el pulso a la sociedad que le circundaba. La que fue una de sus manifestaciones más populares, la comedia all’italiana, vivió su apogeo desde los años cincuenta a la década de 1970. Su visión satírica, aguda y jocosa de la evolución de la Italia democrática parecía haber agotado su creatividad y mordiente a finales del siglo XX. Sin embargo, de vez en cuando llegan películas como La hora del cambio (L’ora legale, 2017), que hacen adivinar cómo las diatribas de directores como Dino Risi o Mario Monicelli, y de guionistas como Age y Scarpelli, se adaptarían al contexto actual. El dúo cómico Ficarra y Picone protagoniza y dirige un acercamiento, no por su envoltorio paródico menos vitriólico, a las miserias de la tan traída “nueva política”.

Ficarra y Picone representan lo que aquí fueron en su momento Martes y Trece. El grupo cómico comparte celebridad en Italia con otros como Aldo, Giovanni e Giacomo, protagonistas como ellos de populares largometrajes y también inscritos en tipos sociales del Sur: Sicilia, Cerdeña, Calabria. A diferencia de estos últimos, Ficarra y Picone han demostrado en su exitosa filmografía un mayor interés por el panorama social y político de su país. En su última incursión, han logrado su mayor éxito de taquilla y una inopinada circulación internacional por lo certero y actual de su sátira.

Como en España, el país transalpino ha sufrido y sufre las consecuencias de una crisis política y económica galopante, que ha derivado, entre otras consecuencias, en la aparición de nuevas formaciones políticas que reclaman una gestión de lo público más acorde con los intereses de la ciudadanía. Salvando todas las distancias (que son muchas) eso es lo que hermana a partidos como Podemos con el Movimento 5 Stelle. Y si, como por aquí, algunas localidades ya se han convertido en “alcaldías del cambio”, también en Italia los nuevos vientos han llegado a ciudades como Turín o Roma, con la correspondiente controversia.

Ficarra y Picone desarrollan, en un modelo a escala reducida, la dinámica del cambio político y su relación con la sociedad que le ha dado pie. Las conclusiones no pueden ser, tras ver la película, más desoladoras. Los mismos ciudadanos que, hartos de las habituales corruptelas, prebendas, contaminación, despreocupación administrativa y deterioro de lo público (todo tan siciliano, todo tan universal), apoyan la candidatura de un profesor idealista que promete limpiar el pueblo de sus antiguos vicios, se desencantan cuando el cargo electo cumple a rajatabla lo prometido. Son los propios habitantes de la soleada Pietrammare los que, cada vez con mayor virulencia, conspirarán para que las cosas vuelvan a su antiguo curso.

Es decir, en amarga conclusión del dúo cómico, el cambio no será posible si la sociedad persiste en sus valores y delictivas costumbres. Pietrammare (o Sicilia, Italia, España, suma y sigue) tiene, a fin de cuentas, el gobierno que se merece.

La hora del cambio acierta en su diagnóstico cuando apunta que las formas de lo político no terminan en parlamentos y consistorios, sino que también fraguan su territorio en el día a día. Los habitantes de Pietrammare, incluidos los personajes interpretados por Ficarra y Picone (dueños del café de la plaza mayor del pueblo), revelan su esencia cerril, conservadora y corrupta al comprobar que las razonables medidas de su nuevo alcalde afectan a su vida cotidiana, obligándoles a reciclar la basura, moderar el uso del coche o replantearse su apego al enchufismo, y a pagar cuando incumplen la normativa.

La interesante reflexión que alberga esta comedia está servida, eso sí, en un envoltorio no muy lucido y en ocasiones algo incomprensible para el público foráneo. Los espectadores poco habituados a los prototipos nacionales italianos que aquí se caricaturizan, entre ellos los que incorporan Ficarra y Picone (el primero de ellos podría ser el equivalente siciliano al ibérico “cuñado”) probablemente no terminen de conectar con una propuesta muy apegada a su tierra, y por tanto a la “broma interna”. Por otra parte, la unidad de estilo de grandes comedias como Sedotta e abbandonata (Pietro Germi, 1961), I mostri (Dino Risi, 1963), In nome del popolo italiano (Dino Risi, 1971) o Un borghese piccolo piccolo (Mario Monicelli, 1977) se pierde aquí por la necesidad de enganchar a todo tipo de público. La unidad humorística de la commedia all’italiana (realismo, vitriolo, agilidad de diálogo, uso de sobreentendidos y empleo ocasional del dramatismo) da paso a una ensalada en donde se mezclan el gag físico, los chascarrillos, el diálogo afilado a cuentagotas o la parodia de tono grueso, con innecesarios momentos musicales más propios de un videoclip. Lo que antes bebía de una gran tradición realista de la cultura italiana ahora se presenta bajo el signo de la peor ficción televisiva, después de todo la forma audiovisual que ha reinado en Italia durante las últimas tres décadas.

Por último, falta una mayor lucidez en el diagnóstico social antes mencionado. Si es pertinente apuntar a la responsabilidad ciudadana a la hora de cambiar el tejido político-social, también es cierto que la cuestión requeriría de una mayor profundización. La película, aunque lo parezca, no resuelve realmente las raíces del problema que plantea. ¿Son, en verdad, los ciudadanos los que crean a sus políticos o es el mandato continuado de ciertos políticos el que moldea una determinada ciudadanía? Esto es, ¿el ejemplo de ciertos personajes que, como Berlusconi, han influido en y contaminado el imaginario social italiano, no tendrá que ver en el hecho de que la población tolere aberraciones en sus representantes políticos y en sus prácticas de gobierno, e incluso las llegue a cometer? O, como la película quiere dar a entender, ¿son Berlusconi, la Mafia, la Iglesia, la oligarquía financiera, producto y reflejo de la veleidad popular, y hacen simplemente lo que el pueblo ya hacía? Nos encontramos con el dilema del huevo y la gallina, pero inclinarse, como Ficarra y Picone, por cargar toda la responsabilidad en los votantes y no en los votados redunda en beneficio del inmovilismo. Después de todo, muchos políticos de demostrada falta de ejemplaridad claman que sus faltas no son tales en tanto que sus votantes les legitiman, ya sea con acciones o con votos: basta con examinar los ejemplos patrios, con “grandes figuras” como Mariano Rajoy o Esperanza Aguirre a la cabeza. Quedarse con el planteamiento de que es la ciudadanía la que crea a su imagen y semejanza a los monstruos políticos es, de alguna manera, dejar la cuestión a medias y estancarse en el conformismo (todo está podrido, así que para qué cambiar nada…).

Ilustres antecedentes de commedia all’italiana, aun ofreciendo retratos poco halagüeños de la clase civil, no ahorraban en apuntes que otorgaban mayor complejidad y aristas a las cuestiones que planteaban. Fue el caso del cine del gran Ettore Scola, con películas como Feos, sucios y malos (Brutti, sporchi e cattivi, 1976) o La terrazza (1980), de toda la primera filmografía de Lina Wertmüller, o de Luigi Comencini, con cimas como Sembrando ilusiones (Lo scopone scientifico, 1972) o El gran atasco (L’ingorgo, 1979).

Si en su tramo final “La hora del cambio” parece recuperar ese tono entre bufo y pesimista que hacía grande al género cómico italiano de mediados de siglo, sus formas escasamente imaginativas la rebajan a un aceptable entretenimiento con un trasfondo demoledor. Además, ese trasfondo, por más que lo diferencie de otros productos más ligeros que barren las taquillas italianas, no termina de otorgar al filme la suficiente enjundia como para resultar verdaderamente revulsivo. Aunque, quizás, solo estemos ante una comedia… Véanla, ríanse, y saquen sus propias conclusiones.

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