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Estreno

En esencia se trata de una opulenta meditación sobre el Louvre‘Francofonía’, pasión por el arte

Aleksandr Sokúrov nos pasea por las galerías del Louvre a golpe de anécdotas históricas, reflexiones filosóficas y miradas poéticas.

Trece años después de su alabada El arca rusa (Russkiy kovcheg, 2002), donde recorría los pasillos del Hermitage de San Petersburgo colapsando épocas y realidades bien diferentes en un único plano secuencia, el director Aleksandr Sokúrov vuelve con Francofonía (2015) para bailar por los corredores del Louvre. Cierto es que desde su anterior incursión varias son las películas que nos han permitido visitar algunas de las pinacotecas más famosas de Europa, como la londinese (National Gallery, Frederick Wiseman, 2014) o la vienesa (Das große Museum, Johannes Holzhausen, 2014). Pero Sókurov ofrece un viaje museístico bien diferente a estos lúcidos paseos virtuales, más desordenado y caprichoso en su deambular, pero también mucho más sugestivo en el trayecto que desarrolla.

La película abre con unos títulos de crédito desplazados por la voz del propio director, en adelante omnipresente comentador del batiburrillo de imágenes por venir, sobre las que reflexiona sin cesar en voz alta como quien rumia unas ideas –más bien dudas– que se van formando a medida que se enuncian. Empieza hablando con el capitán Dirk, titubeando sobre el resultado final de la película a la que nos da la bienvenida, mientras el buque de su amigo se encuentra al borde del naufragio con una preciosa carga de obras de arte en sus bodegas. Temprana declaración de intenciones de un artefacto cinematográfico profundamente pregnante –donde el carguero hace las veces de divertida metáfora y poética crítica– y altamente autoconsciente, difícil de categorizar, que bascula sin orden pero con mucho concierto entre la ficción libertina, el documental ilustrado, el ensayo poético y la broma desvergonzada.

En esencia se trata de una opulenta meditación sobre el Louvre durante la ocupación nazi, episodio que el director dramatiza a partir del encuentro entre dos personajes históricos, cuya relación recrea con gran imaginación: Jacques Jaujard (Louis-Do de Lencquesaing), el funcionario francés encargado de la conservación del museo; y Franziskus Wolff-Metternich (Benjamin Utzerath), el militar alemán que debía gestionar la apropiación cultural del territorio conquistado. Enemigos en política pero camaradas en pasión, juntos conspirarían durante años con el objetivo de mantener intacta la vasta colección del famoso museo, dispersada entre diferentes châteaux de la región para salvaguardarla de bombardeos bélicos, antojos privados, saqueos planeados y fuegos vengativos… porque París no ardió, pero bien podría haberlo hecho (como tiempo atrás nos mostró René Clément).

A partir de este pasaje surge una de las preguntas más penetrantes del director, entre las infinitas que se hace: ¿qué tiene el Louvre, ergo la cultura francesa, para merecer un trato distinto al recibido por otros tesoros nacionales, como los de su Rusia natal? Y aunque no responde con rotundidad sí que apunta con habilidad hacia esa capacidad del pueblo francés para conseguir convertir su cultura nacional, por relevancia histórica y consciencia política, en parte del sustrato cultural de todas las naciones europeas (el paso del título provisional de la película, Le Louvre sous l’Occupation, al finalmente escogido, Francofonia, revela este trayecto inquisitivo). Una cuestión que no puede ser más actual, teniendo en cuenta cómo han afectado emocionalmente a los europeos de forma diferente, a pesar de ser igualmente condenados, los terribles atentados en París y los de Bruselas, a pesar de ser esta última ciudad su actual corazón político.

En cualquier caso, el tema de la ocupación nazi vertebra la obra, pero no la agota, dadas las incesantes derivas que toma su director a la hora de exponer sus anhelos y dudas. Porque junto a ello ofrece un interesante repaso de la historia del Louvre, a base de alguna infografía, varias imágenes de archivo y muchas miradas a cuadros, que comenta con lírica lucidez. También trufa su exposición con varios paseos por sus preciosamente abovedadas galerías, junto a los socarrones espectros de Napoleón (Vincent Nemeth) y Marianne (Johanna Korthals Altes), símbolo nacional de la Francia republicana. Comenta brevemente algunas de las obras de la pinacoteca que le llaman la atención, menos motivado por el orden discursivo que por sus propias inquietudes intelectuales, que contagia al espectador. Y pone sobre la mesa una larga serie de ideas, por desgracia apenas esbozadas, sobre la función –y la fruición– de los museos, y las tortuosas relaciones entre el arte, la historia, la identidad, la geopolítica y sobre todo la pasión, por la estética y por el conocimiento, que es en definitiva lo que mueve al director de un lado a otro, en este sosegado arrebato fílmico.

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