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Estreno

Grace de Mónaco

Ni siquiera el talento de Nicole Kidman justifica esta película. Pero mitómanos, hay que verla.

‘Esta película es un relato de ficción inspirado en hechos reales’, anuncia precavidamente un rótulo al inicio de Grace de Mónaco, la película del director francés  que inauguró con más bombo que lustre la recién terminada edición del Festival de Cine de Cannes. Es una advertencia habitual en películas biográficas con la que los cineastas pretenden curarse en salud ante cualquier inexactitud histórica que puedan cometer o para justificar las posibles licencias que puedan tomarse a la hora de contar la historia; en el caso de esta película, se trata más bien de una declaración de principios que exime de todo compromiso con la realidad a escenas tan dispares como la presencia de Charles de Gaulle en un baile de la Cruz Roja al que nunca asistió o la espontánea decisión de la Princesa Gracia de echarle una mano a una vendedora callejera en plena hora punta en el mercadillo local. El francés que quiso reinar o Panadera por un día habrían sido títulos tan certeros y adecuados como el auténtico, pues resulta asombroso que una película con un título tan rotundo diga tan poco de la mujer, pública y privada, que le da nombre.

La historia arranca con un luminoso plano en el que vemos a Grace Kelly, de espaldas, en el momento en el que termina el rodaje de Alta Sociedad, la última película que hizo antes de su exilio real a Mónaco. Con los aplausos del equipo de la película mezclándose con un noticiario radiofónico que anuncia las nupcias de la actriz con el Príncipe Raniero III, la cámara persigue a la actriz hasta su camerino, donde vemos por primera vez su rostro (en los rasgos de Nicole Kidman, quizá demasiado célebres para crear la ilusión de la transformación) reflejado en un espejo. Para cualquier admirador de Douglas Sirk, entre los que se incluye este servidor, es un preludio prometedor de lo que podría haber sido esta película: un retrato estilizado de una mujer que fue, ante todo, un reflejo radiante de la realidad. La metáfora del espejo, utilizada magistralmente por Sirk en tantas ocasiones, especialmente en Imitación a la vida, habría sido perfecta para contar la historia de una mujer que, antes de cumplir los 30 años, había tenido dos vidas con las que la mayoría de las personas sólo pueden soñar. Sin embargo, el melodrama sirkiano exige sutileza en su factura para poder funcionar; y sutil no es precisamente el adjetivo con el que puede describirse una película en la que las emociones, a falta de otro recurso, tienen que escribirse, literalmente, en tarjetas mnemotécnicas.

Tras esa vacua pero esperanzadora secuencia inicial, la narración da un salto temporal de cinco años y se sitúa en un momento de agitación política para el Principado, amenazado por una posible intervención militar y la inminente anexión a Francia, sacudida internamente por la Guerra de Argelia y cansada de ver cómo sus empresas eluden sus obligaciones tributarias instalándose en el pequeño paraíso fiscal de los Grimaldi. La crisis política monegasca, estirada en la película más de lo que los libros de historia sugieren y mucho más de lo que una película tan liviana como ésta puede soportar, le sirve al temerario guionista Arash Amel para sacarse una disparatada trama de intriga política centrada en la figura de una (quizá) malvada gobernanta (Parker Posey) y de la princesa Antoinette (Geraldine Somerville). Es posible que la hermana mayor de Raniero (Tim Roth, entre reflexivo y arrepentido de verse en este fregado) no fuera trigo limpio y que estuviera resentida por el incondicional apego de las monarquías europeas a la Ley Sálica, pero construir la apoteosis narrativa en torno a este personaje un buen rato antes del final de la película me parece un gesto cruel y una falta absoluta de miramiento con la paciencia del espectador.

En un tosco paralelismo con el revuelo político que la rodea, la princesa Gracia aparece aquí en un constante estado de desasosiego, indecisa entre la tentación de regresar a Hollywood para rodar Marnie, la ladrona con Hitchcock y sus obligaciones palaciegas. Por suerte para Raniero y Tippi Hedren, Gracia decide quedarse y tomar cartas en asuntos de estado, para lo que recurre a la ayuda del Conde Fernando D’Aillieres (Derek Jacobi), una especie de Pigmalión relamido que imparte clases de protocolo y etiqueta y que impone a la princesa, una actriz profesional con un Óscar en casa, un método de interpretación basado en las tarjetas que antes mencionaba que pondría los pelos de punta a Stella Adler. Entretanto, y sin venir ni más ni menos a cuento para la marcha de la película que la trama central, Dahan y su eufórico director de montaje nos ofrecen fogonazos de la vida de la protagonista, como su imprudente comportamiento al volante en las sinuosas carreteras del Principado, su peculiar forma de ensayar el papel de un guión cinematográfico y la pasmosa indiferencia que parecen despertar en ella sus hijos Carolina y Alberto.

Dahan había demostrado ya sus antojos formales, especialmente su gusto por los primeros planos y un montaje caótico, en La vida en rosa, otra biopic sobre una célebre figura femenina por la que Marion Cotillard ganó un Óscar en 2008. Sin embargo, y a pesar de todos sus defectos, La vida en rosa es una película mucho más digna que Grace de Mónaco. Aquí, los primeros planos de partes del rostro de Nicole Kidman sobrevienen de forma aleatoria y desconcertante tras largas secuencias rodadas a una distancia más prudente y convencional; el corte entre escenas no responde a menudo a ninguna lógica narrativa; y la banda sonora, indiscriminadamente atronadora, parece salir de una partitura escrita para otra película. Nicole Kidman, más entregada que brillante en este papel, luce como pocas actrices contemporáneas podrían hacerlo el icónico moño al que la princesa de Mónaco dio un nombre, pero su interpretación no se acerca en ningún momento a la simbiosis entre actor y personaje que toda película inspirada en una figura real debería alcanzar. El desatino de Dahan a la hora de dirigir a una actriz a la que indudablemente admira es tal que en alguna escena, como la ya citada en la que la princesa Gracia ensaya el papel de Marnie en la soledad de su habitación, no es posible reconocer ni a Kidman la actriz ni a Grace Kelly/Gracia el personaje. Una intérprete de la estatura de Kidman necesitaría un guión más meritorio y a un mejor director para un empeño como éste; una figura como la de Grace Kelly merecía una película más noble para revivir su memoria. Por razones obvias, muchos han comparado la película de Dahan con Diana, el descalabro monárquico del año pasado, y se ha extendido la idea de que las dos películas son igual de malas. No estoy de acuerdo. A mí me parece que Grace de Mónaco es ligeramente peor y, quizá por eso, infinitamente más entretenida y recomendable.

Más sobre cine en: Cine al desnudo, blog de Alberto Ramos-Lorente.

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