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Estreno

El televisivo Oliver Schmitz se adentra en las penumbras del sistema carcelario sudafricano‘Guardián y verdugo’, el drama de una nación

Una entretenida e interesante reflexión sobre uno de los periodos más oscuros de la historia del país, en el que apartheid y pena de muerte compartían un sombrío camastro.

Pretoria, Sudáfrica, 1987. En una noche de claroscuros similares a los de su propia alma, tras una persecución rabiosa bajo una lluvia plomiza, un asesina a 7 personas inocentes a sangre fría. Con este prólogo sin ambages abre Guardián y verdugo (2016), un drama judicial con tintes de thriller psicológico con el que el televisivo Oliver Schmitz se adentra en las penumbras del sistema carcelario sudafricano en los años inmediatamente anteriores a la transición democrática liderada por de Klerk y Mandela. Y a pesar de que el resultado no pasará a la historia del género, la película resulta una entretenida e interesante reflexión sobre uno de los periodos más oscuros de la historia del país, en el que apartheid y pena de muerte compartían un sombrío camastro.

Dadas las evidencias en contra del Leon Labuschagne (Garion Dowds), tanto para los fiscales (Andrea Riseborough) como para los espectadores, parece que el proceso judicial en su contra resultará sencillo y rápido. El propio acusado admite su delito, aunque no puede recordar el crimen y mucho menos concebir los motivos que le llevaron a cometerlo. Y su abogado defensor, Johan Webber (Steve Coogan), un reconocido adversario de la pena capital, tampoco duda de su culpabilidad. Pero encuentra en su profesión una posible explicación. Pues al parecer el joven Labuschagne, de 19 años de edad, lleva dos trabajando como guarda en el corredor de la muerte, habiendo participado en 164 ejecuciones, récord histórico en el país. Y Webber alega que la exposición de su cliente a una experiencia tan traumática, sin preparación ni asistencia psicológica, puede ser la causa de su incomprensible arrebato homicida.

Director de reconocido prestigio en su país natal por dramas sociales como Mapantsula (1988) y Life, above all (2010), Schmitz construye a partir de este planteamiento una película sobria, directa, con escasas intromisiones de la banda sonora y sin especial musicalidad en el montaje, que encadena escenas con recalcitrante compostura, con la eficacia del martillo de un juez. Investigación, juicio, flashback y vuelta a empezar, sin dar un paso atrás, pero tampoco un paso en falso. Aunque las escenas de investigación solo sirven para airear el drama, las del juicio ganan tracción en el tramo final, merced al gran trabajo de Coogan y Riseborough. Y las dedicadas a los recuerdos del preso ofrecen una interesante si bien nada sutil inmersión en los horrores del corredor de la muerte, con varias imágenes dedicadas a la brutalidad de unas prácticas que no solo arrebatan las vidas de sus víctimas, sino también cualquier vestigio de dignidad e humanidad que pudieran mantener. A lo que se añade una secuencia grotesca, que roza la comedia negra, en la que el joven guarda se ve obligado a enterrar siete cadáveres bajo la lluvia, con una brecha en la cabeza y una pala como única ayuda. Suficiente para colapsar la psique del más cuerdo.

Si demasiada sofisticación a la hora de sancionar un sistema (tanatopolítico) de producción de muertes en masa dispuesto por una sociedad que prefiere tirar su ropa sucia por la ventana (con una soga al cuello) antes que intentar limpiarla (económica y culturalmente), la película brinda a pesar de todo un interesante retrato, nunca verbalizado pero incesantemente mostrado, de la complicidad entre la pena de muerte como sistema de corrección demográfica y el apartheid como mecanismo de exclusión social, al presentarnos un corredor de la muerte habitado esencialmente por población negra y unos corredores dominados completamente por guardas de origen caucásico, que imponen su poder a grito afrikáans sobre unos reclusos a los que, por más que imploren, nadie parece entenderles, no ya compadecerles. Celadores que no solo vigilan y castigan a los prisioneros, sino también a sus propios compañeros, quedando todos sujetos a la mirada represiva (panóptica) estatal, que hace abiertamente la guerra en Angola mientras esconde con secretismo sus refriegas en casa.

A pesar de presentar un empaque más bien televisivo, sin especiales brillos ni los esperables poros de otros trabajos de su director, de imágenes más crudas y vivas, el guion de Brian Cox y la narración de Schmitz se desarrolla con suficiente soltura para mantener agarrado al espectador durante todo el proceso.

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