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Estreno

Mel Gibson vuelve a las pantallas con una nueva hagiografía bélica de argumento pueril pero acción salvaje‘Hasta el último hombre’, el héroe según Mel Gibson

Nueva, narrativamente descompensada pero visualmente arrebatadora hagiografía bélica firmada Mel Gibson.

Diez años y mil declaraciones polémicas después de Apocalypto (2006), la rutilante y delirante estrella australiana Mel Gibson vuelve a las pantallas con una nueva hagiografía bélica de argumento pueril, acción salvaje y mensaje terco, Hasta el último hombre, con la que el director de Braveheart (1995) y La pasión de Cristo (2004) viene a recordarnos, en clave de parábola, aquello de que ego sum via et veritas et vita, donde el ego, por blasfemo que suene, hace referencia a él.

Cuenta para ello una historia bien real que debe sentir bastante cercana, si no en cuerpo al menos en alma: las hazañas del jovencito Desmond Doss, un devoto adventista del séptimo día oriundo de las montañas de Virginia que se alistó en el Ejército estadounidense con vocación patriótica, tras el ataque a Pearl Harbour; libró una ardua batalla moral y legal con sus superiores militares a causa de sus objeciones de conciencia, al tomar el quinto mandamiento (“No matarás”) como máxima vital; consiguió servir como médico en el Frente del Océano Pacífico, participando en la cruenta batalla de Okinawa; para terminar salvando a 75 de sus compañeros, sin llegar a tocar un fusil. Una gesta ideal para hablar de la importancia de la humildad, el poder sin límites de la fe, la valía del sacrificio, la determinación que otorgan las convicciones y todas esas virtudes que visten al héroe cristiano, del que Gibson debe considerarse un ejemplo más.

Por desgracia el director y sus guionistas (Robert Schenkkan y Andrew Knight) se afanan demasiado a la hora de perfilar estos valores a lo largo de los dos primeros tercios de la película, en las que asistimos a una sucesión de escenas de textura folletinesca, exposición pobre y mensaje tendencioso que pretenden relatar la dura infancia pueblerina y el controvertido adiestramiento militar de su protagonista, interpretado por un carismático Andrew Garfield que cumple con creces en el último tramo del filme pero carece de medida en los dos primeros, donde se excede en sus muecas dulzonas y miradas licuadas. Dos largos bloques narrativos en los que se nos presenta su relación con un padre alcohólico (Hugo Weaving) y violento que anticipa los horrores de la guerra; una madre devota (Rachel Griffiths) que advierte sobre las ventajas de la fe; un hermano con el que se comporta como Caín para después, tras una epifanía, transformarse en Abel; una novia preciosa (Teresa Palmer) por la que bien vale luchar; un capitán (Sam Worthington) y un sargento (Vince Vaughn) que pretenden ser de hierro pero terminan siendo de peluche; y todo un batallón de compañeros que empieza convirtiendo su vida en un infierno pero acaban resultando ser un cielo, cuando descubren que tienen junto a ellos al nuevo Salvador.

Aunque pocos se salvarán en el último y –ahora sí– impresionante tramo de la película, las cosas como son. Porque Gibson recrea la guerra como si del mismísimo Apocalipsis se tratase, sin un ápice de compasión hacia sus personajes, porque no hay lugar para la clemencia en el corazón del jinete del corcel bermejo. Y así, tras dos largos actos propios de un telefilm barato asistimos a un último bloque de campaña bélica cuanto menos memorable, una versión salvaje de las escenas más atroces de Starship Troopers (1997) o Salvar al soldado Ryan (1998), donde la estrella australiana se dedica a contorsionar las carnes y entretejer los cuerpos con vocación pictórica –manierista y arrebatada, a lo Tintoretto y El Greco–, pero con grandes dosis de metralla, sangre y fogonazos alrededor. Una imponente carnicería fílmica por la que aun así el señor Gibson consigue desarrollar su drama con claridad, en este tramo propulsado a tiple motor de explosión, ensuciándose las manos sin manchar la lente de su cámara y así conseguir invitarnos a vivir un largo y emocionante viacrucis en un Calvario cuanto menos espectacular, del que nuestro protagonista bajará cual Cristo de la Cruz.

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