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Estreno

Helen Mirren, la parte que supera al todo

En La dama de oro Helen Mirren vuelve a dar toda una lección de interpretación.

¿A quién debe pertenecer el arte? ¿Es una mercancía o un bien común? ¿Es justo restituir a los herederos de los propietarios expoliados por el nazismo piezas que cuelgan desde hace años en las salas de los museos públicos? Simon Curtis, el director de Mi semana con Marilyn, plantea algunas de estas interesantes cuestiones en La dama de oro, su último trabajo tras las cámaras. Curtis narra la historia real de una mujer embarcada en un proceso legal contra la administración austriaca para recuperar los cuadros robados a su familia durante la Segunda Guerra Mundial. Lamentablemente, al realizador británico parece interesarle más el almibarado sentimentalismo de esta historia sobre una judía que clama justicia y venganza que el debate sobre la propiedad del arte. Curtis no profundiza excesivamente en el tema y no responde a interrogante alguno, con lo que pierde la oportunidad de darle trascendencia a una película tan correcta y entretenida como escasamente original.

Si merece la pena ver y recomendar ver La dama de oro es, sin duda, por el gran trabajo de su protagonista. Helen Mirren vuelve a dar toda una lección de interpretación metiéndose por enésima vez en la piel de un personaje real. La actriz británica da vida a Maria Altmann, una judía austriaca descendiente de la familia Bloch-Bauer, que perdió a sus padres en un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial y que se vio obligada a escapar a los Estados Unidos para salvar su vida. Pero Maria no perdió solo a su familia a manos de los nazis. Todo su patrimonio fue expoliado, incluyendo cinco cuadros de Gustav Klimt, entre ellos el famoso retrato de la tía de Maria, Adele Bloch-Bauer, más conocido como La dama de oro. Sesenta años después de emigrar a América, la muerte de su hermana será el detonante para que María indague en su pasado y se decida a reclamar los cuadros de su familia. Un abogado llamado Randy Schoenberg, descendiente del músico Arnold Schoenberg, le ayudará en este duelo entre David y Goliat en el que las autoridades austriacas son los malos de la película y las norteamericanas los defensores de las causas justas.

Hay cierto tufillo aleccionador en la narración de Curtis. Y no solo por ese retrato tan simplista entre los sistemas judiciales de Austria y Estados Unidos, sino también por la falta de matices en la personalidad de un personaje tan atractivo y contradictorio como el de Maria Altmann. Curtis quiere dejar claro en todo momento que sus motivaciones no fueron económicas, pero la realidad es que al final Altmann se llevó La dama de oro del museo Belvedere de Viena, en contra de los deseos de su tía, y se la vendió al heredero de un imperio de la cosmética. Muy por encima del discreto, aunque digno, resultado de Curtis está, como decíamos, la interpretación de Helen Mirren. La actriz convierte a su algo desdibujado personaje en una mujer de carne y hueso, y solo cuando ella está presente en la pantalla La dama de oro se crece para acercarse a la promesa de película que podría haber llegado a ser. Mirren está rodeada de un elenco de actores muy conocidos, entre los que destacan Ryan Reynolds, Daniel Brühl, Katie Holmes y la actriz canadiense de ascendencia austriaca Tatiana Maslany, que interpreta el personaje de Maria Altmann en su juventud.

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