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“Creo que moriré de poesía”.Nicanor Parra

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Estreno

Joe, el (mal) sueño americano

Nicolas Cage interpreta esta sombría película de David Gordon Green.

Siempre he pensado que una de las más admirables funciones pedagógicas del cine es la de descubrirnos profesiones remotas, formas de ganarse la vida desconocidas para nosotros por estar demasiado alejadas de nuestra propia realidad. Recuerdo cómo, de niño, aprendí que había un durísimo oficio al que llamaban estibador gracias al inolvidable Terry Malloy interpretado por Marlon Brando en La Ley del Silencio.

Más recientemente, me enteré de que hay gente que se gana la vida ofreciendo terapias que consisten en mantener relaciones sexuales con personas con discapacidad o con disfunciones sexuales. Se llaman asistentes sexuales y para mí su gremio siempre estará asociado al maravilloso y dignísimo retrato que de esa profesión hace Helen Hunt en Las Sesiones. No es difícil intuir que no todo el mundo es trigo limpio en la industria maderera, pero reconozco que tampoco sabía que hay personas que se dedican a matar con veneno árboles sanos pero poco rentables para dejar hueco a otros más lucrativos para el sector.

Eso es lo que hace Joe, el personaje interpretado por Nicolas Cage que da título a esta sombría película de David Gordon Green, al frente de un grupo de trabajadores que, hacha en mano, se entregan a la innoble tarea de emponzoñar la vida a cambio de un poco de dinero fácil. Se trata de una metáfora eficaz pero poco sutil del mortífero ambiente en el que se desarrolla esta historia. La película arranca con una escena durísima de agresión entre un padre y un hijo. Dos horas después, ese mismo padre habrá hecho de proxeneta con su hija muda y, en una secuencia insoportablemente explícita, le habrá abierto la cabeza a un mendigo por una botella de vino. No sé por qué nunca nos enteramos de cuál es exactamente el estado sureño de Estados Unidos en el que transcurre la acción, pero se me ocurre que puede ser el temor a una demanda judicial por espantar turistas. No creo que a nadie le queden ganas de visitar un lugar tan siniestro como el que nos pintan Gordon Green y Tim Orr, su director de fotografía, en Joe.

Es casi imposible no establecer un paralelismo temático y topográfico entre Joe  y otra reciente película de título monosilábico, Mud, de Jeff Nichols. Da la casualidad (y esto quizá explique el resto de paralelismos) de que tanto Gordon Green como Nichols fueron alumnos de Gary Hawkins, el guionista de Joe, en la Escuela de Cine de la Universidad de Carolina del Norte. Las dos películas se desarrollan en ese espacio casi mítico del sur estadounidense y tienen como eje de la narración una relación de adopción paterno-filial como huida de la realidad encarnada, en ambos casos, por el inmenso joven actor Tye Sheridan. Pocos rostros del cine contemporáneo definen mejor que el de Sheridan las turbulentas relaciones familiares (fue también el hijo del despótico padre que interpretaba Brad Pitt en El árbol de la vida de Malick); en este caso, Gary, su personaje en la película, se acerca a Joe no sólo en busca de una figura de padre interino que sustituya a Wade, su violento progenitor, sino de un sustento para su madre y su hermana, personajes borrosos en una película abrumadoramente masculina en la que los únicos personajes femeninos con algo remotamente parecido a una curva dramática son prostitutas.

En el fondo, la caracterización de personajes, principales o secundarios, no es el punto fuerte de esta película, que nunca acaba de aclarar los motivos de la animosidad del antagonista de la función, Willie (Ronnie Gene Blevins),  hacia Joe y su extensión afectiva, Gary. Es cierto que hacer el mal por amor al arte o porque no hay nada mejor a lo que dedicar el tiempo libre en el espacio que habitan estos personajes puede ser una conclusión razonable, pero resulta un tanto frustrante que a uno le presenten como hechos consumados una visión tan unidimensional de la vileza humana. Esa insistencia casi machacona en el fatalismo hace que la película se vea con un desapego un tanto incómodo para una historia que, por su naturaleza, debería resultar conmovedora.

Con Joe pasa lo mismo, pero al revés, que con las películas abocadas de forma fastidiosa a un final feliz; saber, o al menos intuir, que las cosas van a acabar mal por fuerza para casi todos los interesados le resta gracia al asunto incluso en los momentos de mayor tensión dramática. Nicolas Cage está sorprendentemente comedido, lo que siempre es de agradecer en su caso, mientras que Tye Sheridan demuestra una vez más que no sólo es insultantemente fotogénico, sino uno de los mejores actores jóvenes del momento. También es impecable el trabajo del elenco secundario, especialmente el de Gary Poulter, que interpreta al padre de Gary, un sin techo sin experiencia en la interpretación descubierto por un agente en las calles de Austin y que murió poco después de terminar el rodaje. Es una lástima que una película tan bien realizada (es admirable el trabajo de fotografía de Orr, crucial para crear el malsano entorno de la acción) e interpretada me dejara tan indiferente. Hay un atisbo de redención  al final de Joe, aunque sólo en un país que cree a pies juntillas en su propio sueño americano y en el mito del hombre hecho a sí mismo un empleo que consiste en envenenar la naturaleza puede contemplarse como el inicio de un futuro prometedor. Para mí, el gran fracaso de Joe es que, a pesar del extraordinario actor adolescente que interpreta a Gary, al salir del cine no le dediqué ni un segundo a pensar sobre cuál sería su auténtico destino.

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