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“Creo que moriré de poesía”.Nicanor Parra

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Estreno

La eutanasia no es cosa de risa… ¿O sí?

Vejez y eutanasia tratados con delicadeza tacto y buen gusto en la comedia 'La fiesta de despedida'.

En estos tiempos nuestros en los que ser joven se ha convertido en un valor en sí mismo, que los protagonistas absolutos de una película sean un grupo de ancianos puede ser algo tan atrevido como arriesgado. Si además juntamos tercera edad con eutanasia y comedia la cosa parece tomar tintes auténticamente transgresores. Afortunadamente, La fiesta de despedida conjuga todos estos elementos con las dosis necesarias de delicadeza, tacto y buen gusto. El resultado es una cinta que invita a la sonrisa y a la reflexión, con momentos divertidos y conmovedores, y con un elenco realmente excepcional.

La fiesta de despedida es una producción bastante insólita en nuestras carteleras por muchas razones. Como decíamos, no es frecuente ver películas sobre esa edad en la que las personas parecen condenadas a la invisibilidad. La eutanasia tampoco es un tema recurrente en el cine. Y, para colmo, pertenece a una cinematografía, la israelí, de la que nos llegan los títulos con cuentagotas. Dirigida al alimón por Tal Granit y Sharon Maymon (es su cuarta colaboración y la primera que llega a nuestro país), La fiesta de despedida sigue a un grupo de ancianos que vive en una residencia de Jerusalén y que decide crear una máquina para practicar la eutanasia con el objetivo de ayudar a un amigo muy enfermo. El rumor sobre la existencia de esta máquina se propaga y otros ancianos empiezan a pedir ayuda al grupo. Esto les plantea un dilema moral, pues no todos ven las cosas de la misma forma, que alcanzará su punto álgido cuando la mujer del inventor del aparato, enferma de alzheimer, le pida a su marido que la use con ella.

El tema es, como puede suponerse, espinoso y duro. Pero Granit y Maymon lo aligeran con un tono de comedia negra bastante sutil y divertido, que realmente a nadie puede molestar. De hecho, la cinta se alzó con el Premio del Público en el Festival de Venecia y con la Espiga de Oro en la Seminci de Valladolid, y en ambos festivales la gente que asistió a las proyecciones se río a carcajadas. En realidad, los momentos más hilarantes están condensados en la primera parte de la película. Después, La fiesta de despedida se vuelve mucho más dramática pues los asuntos que aborda requieren necesariamente cierta seriedad. La risa, en cualquier caso, se agradece a pesar de la aparente contradicción que a priori puede existir entre comedia y eutanasia. Los directores rompen tabúes y logran algo muy difícil, hilar el humor con un argumento tan controvertido y doloroso sin que resulte desconcertante.

La fiesta de despedida pasa de la risa al llanto con sorprendente naturalidad y nada en ella chirría. Tal vez la licencia de ese número musical conjunto, muy en la línea del que incluyó Paul Thomas Anderson en Magnolia con un tema de Aimee Mann, pueda resultar un tanto extraña y gratuita, aunque desde luego tampoco estorba. El filme es, fundamentalmente y a pesar de su tono tragicómico, una reflexión sobre la vejez y la libertad de decidir si se quiere vivir o no. Pero también es una celebración del amor a cualquier edad, en la que Granit y Maymon dejan también espacio para mostrar la homosexualidad entre ancianos. Una película más que recomendable para pasar un rato alegre y triste a la vez, rodada con inteligencia y sensibilidad, y protagonizada por un grupo de cómicos muy conocidos en su país y apenas por estos lares, que merece la pena descubrir.

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