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“Creo que moriré de poesía”.Nicanor Parra

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Estreno

Ganadora de tres premios en Venezia 2015La espera: un encuentro y dos pérdidas

La primera película de Piero Messina se presenta como un estilizado drama sobre el engaño tras la pérdida.

La espera (L’Attesa, 2015) es la historia de un encuentro y dos pérdidas, donde una madre (Juliette Binoche) que acaba de enterrar a su hijo invita a la novia (Lou de Laâge) de éste a pasar unos días en su casa, sin contarle lo sucedido. Una invitación que brota de la sorpresa, tras recibir su inesperada llamada en pleno velatorio, y se nutre de un doble deseo: resolver la incógnita del hasta entonces desconocido romance de su hijo, que despierta su curiosidad; y colmar el vacío dejado por la partida de su hijo, que en cierto modo la joven amante viene a ocupar.

Un embuste que rápidamente se convierte en doble engaño, densamente sostenido. Porque la verdad tarda en aflorar, ideándose la madre un par de fábulas sobre su hijo con las que pretende retener en el anhelo y luego alejar en la inquina a la vivaz jovencita, cuya espera se alarga y alarga por acción de una anfitriona de comportamiento tan cobarde como justificable, que a medida que avanza el tiempo se muestra cada vez más incapaz de enfrentarse tanto a la vergüenza de su mentira como a la verdad de su pérdida.

Dirigida por el italiano Piero Messina, que debuta tras colaborar como ayudante de dirección de Paolo Sorrentino en las igualmente suntuosas Un lugar donde quedarse (2011) y La gran belleza, la película parece ser una adaptación libre de La vida que te di (1923), del dramaturgo italiano Luigi Pirandello, amante de los actores que se desdoblan en caudal y los personajes que se abren en canal, convirtiendo “el análisis psicológico en buen teatro” (como reza el discurso por el que se le otorgó el premio Nobel de Literatura, allá por 1934). Aunque en esta versión cinematográfica a poco examen interior asistimos, porque escaso desarrollo de la psique se presenta, deslizándose la película casi sobre un tiempo muerto, a pesar de algún giro que se pretende dramático, pero solo lo es para los personajes.

Tampoco es que resulte fácil penetrar la intimidad del duelo desde la distancia fílmica, por lo que a veces resulta más acertado acecharlo de soslayo que intentar representarla de frente, empresa con la que tan fácilmente se cae en la imagen grosera, obscena o burda. Cosa de la que Messina parece ser consciente, como decantándose por unas formas estilizadas con las que logra dotar de solemnidad y gravedad a su historia, a golpe de imágenes deslumbrantes –los arrebatadores paisajes naturales, los espectrales espacios arquitectónicos– e imaginería sombría –el crucifijo circundado, el “pan” compartido, el cordero limpiado– , que incesantemente remite a la liturgia cristiana. Unos recursos ciertamente vistosos pero también palpablemente impostados –en una historia erigida sobre el engaño–, cuya insistencia lacera cual estigma el avance del relato, que parece nunca avanzar, y el compromiso del espectador, cuyos dientes hace rechinar.

Aunque quizás no haya que ver la película como un relato inextenso, que lo es, sino como un retrato in extenso, caleidoscópico, pluriforme, donde el rostro de Binoche es incesantemente apresado por la cámara y detenido en el tiempo. Un rostro que la cámara paraliza de frente y cuestiona de lado, refleja sobre espejos oblicuos y aguas cristalinas, sostiene ante el fantasma que le acecha y confronta a la joven que le escudriña, retuerce sobre el afligido cuerpo que lo porta y circunvala ante unas miradas ajenas sobre las que su propia mirada se detiene, buscando reconocer en ellas unos ojos familiares que no encuentra, que ya no están, que se han ido para siempre. Decía el director que no le interesaba perfilar el llanto mismo, sino “el momento en el que un rostro deja de llorar, pero aún se intuyen las lágrimas”. Y en este drama en suspenso, que convierte el tiempo en parálisis, parece haber consagrado todo su esfuerzo a fijar ese instante durante casi dos horas de metraje.

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