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Estreno

Al Pacino se ríe de la tragedia en La sombra del actor

Es una buena película, pero solo se puede disfrutar de ella si no se compara con «Birdman».

Habrá quien la quiera comparar con Birdman y errará en el tiro. Y no solo porque las comparaciones sean odiosas, sino porque, a pesar de que La sombra del actor también se centre en la crisis de un intérprete maduro y de que su arranque en el backstage de un teatro de Broadway recuerde, y mucho, al excelente filme de Alejandro González Iñárritu, son dos productos completamente distintos en su planteamiento y en sus objetivos. La sombra del actor, que desafortunadamente comparte título en español con una cinta de Peter Yates de 1983, adapta muy libremente la novela La humillación, de Philip Roth, y es uno de los mejores trabajos de Barry Levinson, el director de películas tan populares como Rain Man, Acoso o Good Morning, Vietnam, a quien pocas veces hemos visto tan inspirado.

Levinson ha tomado la historia de Roth para convertirla en otra cosa muy distinta, empezando por su personaje principal. Al Pacino tiene muy poco que ver, al menos físicamente, con ese gigantón calvo que el escritor describe en La humillación. El Simon Axler de Levinson es, además, algo más patético y está bastante más perturbado. Por otra parte, esta historia sobre un actor de teatro depresivo que pierde de manera inexplicable su talento y se lía con la hija lesbiana de sus mejores amigos se vuelve, en manos de Levinson, en una comedia bastante ácida y corrosiva, lo que la aleja definitiva e irremediablemente del drama existencialista de Philip Roth.

El lado más cómico de la tragedia

Hay mucho sentido del humor en La sombra del actor. Levinson ha cambiado situaciones y personajes (atención a Sybil Van Buren, la mujer que quiere asesinar a su marido, un personaje tremendamente dramático en la novela y cómico a rabiar en la película), y ha variado sensiblemente el argumento y, por supuesto, el desenlace de la historia. Levinson borda el tono de esta tragicomedia amarga que nos invita a reírnos con la caída en desgracia de un hombre en el ocaso de su vida, incapaz de distinguir entre el teatro y la vida. Risas que son como un cuchillo de doble filo y en las que subyace una turbadora radiografía sobre el fracaso.

El Simon Axler de Al Pacino tiene muy poco que ver en realidad con el Riggan Thomson de Michael Keaton. Mientras el segundo se enfrenta a la incertidumbre de encarar una nueva etapa en su carrera y conseguir que el público y la crítica se lo tomen en serio, el primero viaja a la deriva en un intento desesperado por agarrarse a la vida tras haber perdido su bien más preciado. Las similitudes entre uno y otro terminan a los cinco minutos de metraje. No hay comparación posible. Birdman es una gran película y La sombra del actor una buena película. Pero solo se puede disfrutar de la segunda olvidándose de la primera. Además, está Al Pacino, un actor a veces irritante pero que aquí se entrega con la generosidad de los grandes. A su lado, dos descubrimientos femeninos: Greta Gerwig (a quién ya vimos en la indie Frances Ha) como la amante lesbiana y Nina Arianda como la perturbada empeñada en que Axler se cargue a su marido.

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