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Estreno

La sorpresa mágica de San Sebastián

Solo por llegar a su impactante e inesperado final merece la pena ver 'Magical Girl'.

Las apuestas valientes y arriesgadas a veces tienen su recompensa. A muchos nos sorprendió que Magical Girl y Carlos Vermut se hicieran con los dos principales galardones del palmarés de la última edición del Festival de Cine de San Sebastián, la Concha de oro a la mejor película y la Concha de plata al mejor director. Y seguramente la sorpresa se deba a nuestros propios prejuicios. Algunos críticos y algunos espectadores tendemos a catalogar determinadas películas como susceptibles de ser premiadas en un festival en base a criterios que no siempre responden a la realidad. Y es realmente grato saber que un trabajo tan radicalmente opuesto al cine que habitualmente se hace en nuestro país pueda ser también reconocido y premiado. Carlos Vermut es una rara avis y un descubrimiento comparable al que en su día fueron Iván Zulueta, Víctor Erice o el mismísimo Pedro Almodóvar.

De estas palabras habrá quien deduzca que Magical Girl no es un plato apto para todos los paladares. Y estará en lo cierto. La segunda película de Carlos Vermut tras ese heroico experimento llamado Diamond Flash, que se estrenó únicamente en internet y que, a pesar de ello, dio muchísimo que hablar, es una cinta original, inclasificable y muy alejada del tipo de cine que suele arrasar en taquilla. Y aún así, o tal vez precisamente por eso, es una de las películas más brillantes de nuestro cine. Vermut es un director hábil, ingenioso y audaz. Y como guionista es aún mejor. La trama de Magical Girl es sorprendente e imaginativa y está llena de giros imposibles de prever. También es oscura y posee trazos de un humor tan negro que seguramente dejará helado a más de uno. Habrá quién quede tan desconcertado que no sea capaz de valorar esta película como merece. Al resto, su asombroso guión y la fuerza de sus imágenes seguramente les persigan durante mucho tiempo.

La inquietante atmósfera que describe Magical Girl está habitada por personajes muy alejados de cualquier estereotipo. Hay un padre sin trabajo que debe criar solo a una hija con cáncer y que no puede costearle su último deseo: el carísimo vestido de la protagonista de una serie japonesa de dibujos animados. Hay una mujer muy atractiva que sufre un trastorno mental y que tiene una perturbadora tendencia al masoquismo. Y hay un profesor de oscuro pasado con una malsana obsesión por una alumna. No hay buenos o malos. Todos los personajes de esta película son víctimas y a la vez verdugos. Todos se aprovechan de alguien para conseguir un propósito y alguien se aprovecha a su vez de ellos. Todos son presos de las circunstancias de su vida. Y todos tienen comportamientos igual de imprevisibles.

En esta fábula sin héroes ni villanos que conjuga crisis y lados oscuros es más importante lo que no se ve. Carlos Vermut hace de la elipsis un arte y nos ahorra visionar escenas que imaginamos terribles. Con ello aumenta inteligentemente la tensión, pues no saber pero intuir es mucho más desasosegante que la explicitud. Todo en Magical Girl merece atención y paciencia. Puede que a ratos estemos perdidos y a ratos incómodos. Pero solo por llegar a su impactante e inesperado final el viaje merece la pena. Atención a esa larga secuencia en la que José Sacristán muestra por enésima vez lo grande que es. Junto a él, casi igual de inmensos están Bárbara Lennie y Luís Bermejo, acompañados por un elenco de impagables secundarios como Elisabet Gelabert o Israel Elejalde, habituales del teatro y la televisión y muy tristemente desaprovechados por el cine.

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